El café termina de subir y apago la hornalla antes de que se derrame. El aroma se expande por la cocina y me permito concentrarme en ese detalle mínimo, en algo práctico y concreto que no tenga relación con recuerdos ni con decisiones pendientes. Necesito esa sensación de normalidad para no pensar demasiado en Rowan. Después de ayer, de tenerlo cerca cuando lo ayudé, vino a mi mente el deseo de besarlo y eso es algo que no puede pasar.
Finn está junto a la ventana observando el jardín con atención profesional. No mira de manera superficial; evalúa proporciones, entradas de luz y posibilidades de redistribución. Lleva una camisa clara arremangada hasta los antebrazos y pantalones de lino que ya tienen polvo de obra. Es atractivo, de eso no hay duda. Tiene rasgos definidos, barba prolija y una postura segura que transmite confianza sin arrogancia. Podría aparecer en la portada de una revista especializada sin desentonar. Lo noto con claridad, pero esa constatación no despierta nada más en mí. Reconocer que alguien es atractivo no implica desearlo, y con él todo se mantiene en un plano cómodo y ordenado.
Le alcanzo la taza.
—Gracias —dice después de probar el café—. Esta casa tiene una estructura excelente. Si alguien la compra con visión, puede transformarla en algo muy valioso.
Me apoyo en la encimera, cruzando los tobillos.
—La mayoría solo ve la ubicación.
—La ubicación importa, pero no es lo único. La orientación, la ventilación cruzada y la altura de los techos. Tu abuela sabía elegir.
Asiento sin aclarar que mi abuela no pensaba en ventilación cruzada cuando la compró. La eligió porque desde el balcón se veía el mar y porque el viento refrescaba las habitaciones en verano. Su criterio era emocional, no técnico y mi abuelo solo quiso complacerla.
—Yo no entiendo de eso.
Finn recorre con la mirada las paredes y luego vuelve a mí.
—He estado pensando en un proyecto personal —dice con naturalidad—. Quiero escribir un libro.
Lo observo con interés genuino.
—¿Algo técnico?
—No exactamente. Quiero hablar de viajes y de la manera en que la arquitectura influye en la forma en que vivimos. No desde los planos, sino desde la experiencia. Lo que un edificio provoca en quien lo habita o lo visita.
La idea me resulta más atractiva de lo que esperaba.
—Si lo haces así, vas a necesitar más que datos —le digo—. Tendrás que contar historias.
—Por eso quería hablar contigo.
Su tono no es adulador ni insistente, simplemente directo. En estos tres días hemos conversado bastante sobre ciudades, barrios y cambios urbanos. Es fácil hablar con él porque no hay historia previa ni emociones mal resueltas. No necesito medir cada palabra.
—Si vas a escribir sobre viajes, tendrás que elegir un eje claro —continúo—. No puedes abarcar todo. ¿Arquitectura y memoria? ¿Identidad? ¿Pérdida?
—Arquitectura y memoria —repite, pensativo—. Me interesa esa idea.
—Entonces tendrás que hablar también de lo que cambia en uno al volver a un lugar. No solo del edificio.
Finn asiente con atención real, no fingida.
—Eso es justo lo que necesito. Alguien que me obligue a profundizar y me dé consejos.
Me doy cuenta de que disfruto esta conversación porque no está cargada de expectativas. Finn es atractivo, sí, y tiene una inteligencia estructurada que resulta interesante, pero no siento ninguna tensión. Es una presencia agradable y nada más.
La puerta principal se abre y el sonido atraviesa la cocina con una claridad que me tensa de inmediato. No necesito mirar para saber quién acaba de entrar.
Escucho los pasos en el pasillo antes de que Rowan aparezca. Cuando finalmente entra en la cocina, su mirada se detiene en nosotros sin prisa.
—Buenos días.
—Buenos días —decimos Finn y yo al unísono.
—Pensé que estarías en el hotel —le dice a Finn.
El tono es neutro, aunque la mandíbula está más rígida de lo habitual.
Finn sostiene la taza con tranquilidad.
—Iré en un rato. Quería hablar con Paris y conocer esta casa.
Rowan me mira apenas un segundo antes de volver a él.
—¿En tres días ya tienen proyectos conjuntos?
No suena a broma, pero tampoco es un ataque abierto.
—Estoy pensando en escribir un libro —explica Finn—. Le estoy pidiendo consejos.
Rowan asiente despacio.
—Entiendo.
Permanece allí unos segundos más, evaluando la situación completa. No interviene ni interrumpe, pero tampoco se retira de inmediato. Su presencia modifica el ambiente sin necesidad de palabras.
—Cuando termines, pásate por la obra. Tenemos que revisar los planos del ala norte —dice finalmente.
—Voy enseguida.
Rowan se dirige hacia el interior de la casa y desaparece por el pasillo. La conversación pierde naturalidad después de eso, aunque Finn intenta mantener el mismo tono relajado.