El amor en juego

Capítulo 12: Rowan

La beso sin darle tiempo a pensarlo y, en cuanto su boca responde, sé que no me equivoqué.

Paris no se queda inmóvil ni me aparta de inmediato. Hay sorpresa en la tensión inicial de su cuerpo y también una respuesta clara, contenida y breve que no nace de la cortesía ni de la inercia. Sus dedos se cierran en la tela de mi camisa y la presión no es rechazo. La acerco con firmeza, consciente de que estoy cruzando una línea que ninguno de los dos nombró, aunque ha estado presente desde que regresó a la isla.

En su respiración percibo lo que vi segundos antes en su mirada: deseo, sí, junto a una resistencia que intenta imponerse. Ese conflicto la atraviesa y lo noto en la forma en que su cuerpo avanza un centímetro y se retrae al siguiente. No pienso. Si lo hiciera, me detendría.

Se aparta con un empujón leve que no coincide con la intensidad de lo que acaba de pasar. Su mano queda apoyada en mi pecho y pronuncia mi nombre en voz baja, con advertencia.

—Rowan…

La puerta principal se abre antes de que pueda responder.

—¿Paris? —dice una voz femenina desde la entrada—. Espero que no estés desnuda o llorando porque no estoy preparada para la primera. Tuve un vuelo horrible.

Paris se separa de mí con rapidez y gira hacia la entrada, todavía alterada.

Una mujer entra con un bolso cruzado al hombro. Se detiene al vernos, mide la distancia entre nosotros y sonríe con ironía.

—Ah. ¿Acabo de interrumpir algo?

—¿Gina? —dice Paris, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?

—Decidí que ciertos contratos no se discuten por teléfono y que confiar en tu criterio cuando estás en tu isla sentimentalmente conflictiva es un riesgo innecesario. Sorpresa.

—Sí lo es.

Cruza los brazos y me examina con una curiosidad que no intenta disimular.

—Espero no haber arruinado nada importante.

Paris tarda un segundo en recomponerse.

—No avisaste que venías.

—Porque si avisaba me ibas a decir que no hacía falta y yo ya había comprado el pasaje. Además, claramente llegué en un momento interesante.

Sus ojos van de Paris a mí y regresan.

No intervengo. No la conozco y no sé qué lugar ocupa exactamente en la vida de Paris; por la seguridad con la que entra entiendo que no es una visita casual.

—La puerta estaba abierta —añade Gina—. En Nueva York eso equivale a entrar sin culpa.

Paris se pasa una mano por el cabello.

—Podrías haber llamado.

—Podría; entonces no tendría esta historia para el vuelo de regreso. —vuelve a mirarme—. Y tú eres…

—Rowan —me presento con formalidad—. Me encargo de las remodelaciones de la casa.

Gina asiente con lentitud.

—Encantada. Yo me encargo de que esta mujer no firme contratos desastrosos ni escriba finales trágicos por impulso.

Paris suspira.

—Gina, por favor.

—Está bien, me callo. Solo necesitaba dejar la maleta y asegurarme de que no estuvieras huyendo de la isla sin vender nada. Continúen, no existo.

Sale de la habitación y deja un silencio distinto al de antes, más incómodo ahora que sabemos que no estamos realmente solos.

Paris se vuelve hacia mí y en su expresión ya no queda rastro del deseo de hace unos segundos.

—No vuelvas a hacer eso —dice con firmeza.

No alza la voz, no necesita hacerlo.

—Lo siento —respondo, y no es automático.

—No puedes besarme sin más.

—No fue sin más.

Levanta la vista y sus ojos brillan, no solo de enojo, también de algo que intenta contener.

—No intentes justificarlo.

Respiro antes de hablar, consciente de que esta vez no puedo refugiarme en excusas juveniles.

—No lo justifico. Solo digo que no fue un impulso vacío. Vi lo que había en tu mirada.

—Te equivocaste.

Mantengo sus ojos un instante. Su respiración aún no recupera del todo el ritmo y sus manos siguen tensas.

—No fui el único que reaccionó.

El comentario queda suspendido entre nosotros. Ella cruza los brazos.

—Eso no cambia nada.

La observo mientras intenta recuperar el control y me paso una mano por la nuca, consciente de la contradicción que me atraviesa. Parte de mí sabe que debería haberme contenido, que besarla sin haber hablado antes del pasado no es la forma correcta de acercarme. Otra parte se niega a arrepentirse de haber confirmado lo que sospechaba desde que volvió.

Durante años reduje lo nuestro a un error juvenil para poder seguir adelante sin cuestionarme demasiado. Me resultaba más cómodo pensar que fue intensidad mal gestionada en lugar de aceptar que tomé una decisión cobarde. Salí con otras mujeres, acepté citas que cumplían con todos los requisitos razonables y aun así siempre detectaba un margen invisible que no lograba cruzar. No era falta de interés, sino ausencia de algo más profundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.