El amor en juego

Capítulo 14: Rowan

—Vaya, no esperaba encontrarte aquí, Declan —digo tomando asiento a su lado—. A Finn sí, porque le gusta socializar.

El aludido le da un sorbo a su cerveza y sonríe con esa expresión relajada que adopta cuando sabe que tiene algo que comentar.

—Claro. Pero entiendo a Declan, porque es un hombre felizmente casado que adora volver a casa para estar con su esposa y su hija. Yo soy soltero que no tiene ni un perro en casa.

Pido una cerveza al camarero y apoyo los codos en la barra.

—Mi mujer me dijo: “Cariño, saldré con amigas. La niña está con la vecina. No llegaré tarde. Te amo”.

Finn suelta una risa breve.

—Y él ni siquiera sabe qué amigas.

Enarco una ceja. Declan se encoge de hombros, tranquilo.

—Jenny tiene varias amigas, así que es difícil saberlo con exactitud, pero confío en ella. ¿Y tú, qué onda, Ro? —me señala con la botella—. ¿Tu madre sigue buscándote esposa?

Ruedo los ojos antes de responder.

—Acabo de comer con ella y por eso me vine al bar. No hay ninguna mujer que me interese convertir en esposa en esta isla, pero ella hace listas por las dudas.

—¿Ni siquiera a Paris Levigton? —pregunta Finn de repente.

Lo miro intentando descifrar si está tanteando el terreno, si realmente le interesa o si solo quiere burlarse. Me arrepiento de haberle contado la historia; debí suponer que tarde o temprano saldría el tema.

—¿Qué hay con ella? —pregunta Declan, volviéndose hacia mí—. ¿Estás interesado en la escritora?

Declan no sabe nada. Jenny no le contó, yo tampoco. Nadie lo hizo, y por la expresión de Finn estoy seguro de que asumió que ya estaba enterado.

Tomo mi cerveza y le explico la versión corta, procurando no sonar como el antagonista de mi propio relato. Declan escucha con atención, sin interrumpir, y eso me obliga a escucharme a mí mismo mientras hablo, algo que no siempre resulta cómodo.

—Mierda. No puedo creer que Jenny no me dijera nada. Ella me cuenta todo lo que pasa en esta isla. No hay nada que no sepa.

—Es un silencio a voces —declara Finn—. Rowan se encargó de que así fuera y veo que Jenny es leal a su amiga.

—Me siento ofendido y no soy Paris —musita Declan—. Con razón la otra noche había tensión en la cena y ella parecía deseosa de clavarte un tenedor. Nunca te habría invitado a cenar de saberlo.

Ruedo los ojos.

—Vaya, gracias.

—¿Por qué aceptaste trabajar en esa casa? Me lo hubieras dejado a mí.

—Porque es masoquista y le gusta sufrir —responde Finn sin dudar—. Y seguramente quería verla y disculparse.

—Y aceptó mis disculpas… o al menos eso parece. No sé si lo hizo de forma sincera o solo para que dejara de insistir.

La diferencia importa más de lo que quiero admitir, me digo a mí mismo.

Declan ríe con suavidad.

—Lo sabrás cuando la veas la próxima vez.

—¿Cómo se supone que sabré eso, Finn?

—Si te saluda con normalidad y no notas deseos de ahogarte en el mar, te perdonó y eres parte del pasado —responde Finn—. Si todavía te evita o hay hostilidad, entonces no ha cerrado del todo y solo quiere que la dejes en paz.

—¿Estás seguro de eso?

—Sí. Así fue con mi exnovia. Cada vez que me veía me ignoraba o parecía querer lanzarme algo a la cabeza, hasta que un día la saludé y suavizó la mirada. Dejó de tensarse y de ignorarme. Ahí entendí que me había perdonado y seguido adelante con otro que le dio lo que yo no.

—¿Y qué fue lo que le hiciste? —pregunta Declan—. No creo que hayas apostado algo esta vez.

Niega con la cabeza mientras yo también espero la respuesta.

—No le hice nada imperdonable. Terminé con ella cuando sugirió que viviéramos juntos, porque no la veía como la mujer con la que quería un futuro. No me parecía honesto seguir avanzando si yo no estaba convencido.

Declan silba entre dientes.

—Nada peor que estar construyendo una vida en tu cabeza y que la otra persona la derribe sin previo aviso.

—Y conociéndote, el rey del no romance, se lo debiste decir sin tacto —agrego.

Finn se encoge de hombros y termina su cerveza antes de girarse para pedir otra.

Declan deja la botella en la mesa.

—Voy al baño antes de que esto se llene más.

Se levanta y desaparece entre la gente que empieza a acumularse cerca de la barra. La música sube un poco y el murmullo del lugar se vuelve más pesado. Finn revisa su teléfono unos segundos y yo aprovecho para recorrer el bar con la mirada.

Intento concentrarme en el ambiente, pero mi mente regresa a Paris con una facilidad que empieza a inquietarme. El recuerdo de besarla no se ha diluido con el tiempo; al contrario, parece haberse asentado con mayor claridad. Durante semanas me convencí de que lo que sentía era un arrebato juvenil, algo intenso pero pasajero, una mezcla de nostalgia y culpa por no haber tenido un cierre adecuado. Pensé que la insistencia de su recuerdo era consecuencia de lo inconcluso, no de algo real. Sin embargo, cada vez que la imagino, no lo hago desde la culpa sino desde el deseo de intentarlo bien, de no repetir errores, y eso me obliga a replantearme todo.

No sé cómo acercarme. No quiero presionar ni invadir su espacio, porque ya lo hice una vez cuando no supe medir las consecuencias. Respondió a mi beso, sí, pero eso no garantiza que lo que sintió por mí siga intacto ni que desee comenzar algo ahora, con vidas distintas y prioridades que ya no son las de antes.

Sacudo la cabeza y llevo la botella a la boca. La dejo suspendida en el aire al ver entrar a tres mujeres al bar. Una de ellas es Paris.

—Vaya, ahí está tu esposa, Declan —dice Finn justo cuando él regresa y se deja caer en la silla—, acompañada de la guapa escritora y de otra mujer que no veo bien, pero parece guapa.

—Y a Rowan ya se le cayó la quijada, e imagino que es por Paris —añade Declan.

—Invitémoslas a nuestra mesa —sugiere Finn—. Quiero conocer a la tercera compañía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.