El amor en juego

Capítulo 16: Rowan

Si no estuviera tan preocupado por Bella, podría haber disfrutado de la compañía de Paris y de su leve contacto co.0n mi mano. Tal vez habría seguido en el bar, olvidándome de todo y probando sus labios otra vez. No esperaba que viniera conmigo y, aunque me gustaría pensar que lo hizo para no dejarme solo, sé que está aquí por mi hermana, a quien vio una sola vez y con quien ha estado escribiéndose.

—¿Qué es este lugar? —la voz de Paris me saca de mis pensamientos.

—Una cabaña abandonada donde solían hacer fiestas clandestinas y ahora la renovaron para alquilarla a turistas que buscan no ser molestados. Está lejos del centro y de la población —respondo mientras caminamos hacia la casa, de donde sale música a todo volumen.

Apresuro el paso y Paris me sigue de cerca. La música retumba desde el interior de la cabaña y cada golpe de bajo me tensa más los músculos. Aprieto los dientes mientras avanzo hacia la puerta. Si llego tarde, no me lo voy a perdonar.

Abro la puerta sin molestarme en golpear. La sala está vacía, cubierta de restos de fiesta, vasos tirados y botellas por todas partes. La música retumba en las paredes y ahoga cualquier intento de ordenar mis pensamientos.

Miro las escaleras y subo de dos en dos hasta el primer pasillo. En la primera habitación encuentro a dos chicos tirados en la cama con botellas en la mano y a otro golpeando una puerta cerrada. Ninguno parece preocupado. Se comportan con la seguridad de quienes creen que nadie va a detenerlos.

—Vamos, nena, sal de ahí. No te haremos nada —dice el que golpea la puerta mientras los otros se ríen.

—Solo derriba la puerta —añade uno desde la cama.

Cierro la mano en un puño y doy un paso al frente.

—Intenta algo y te haré pedazos.

Los tres me miran con sorpresa, pero uno de ellos se levanta y se acerca sin la menor señal de miedo.

—¿Quién eres? Esto es propiedad privada…

—¡Bella! —grito mientras me acerco a la puerta y golpeo con fuerza.

—¿Conoces a la zorra?

Algo en mi cabeza se enciende en ese instante.

Me doy la vuelta antes de pensarlo y mi puño impacta directo en su cara. El golpe lo manda al suelo y los otros dos se abalanzan sobre mí. Uno intenta sujetarme del hombro y el otro lanza un golpe torpe que logro esquivar. Empujo al primero contra la pared y el segundo retrocede cuando ve a su amigo en el suelo.

Tres idiotas con dinero que jamás han tenido que pelear en su vida.

La puerta se abre detrás de mí y escucho su voz antes de verla.

—Rowan.

Me giro y encuentro a mi hermana con los ojos llenos de lágrimas.

—Bella.

—Lo siento —dice antes de abrazarme—. Debí irme con mis amigas, pero no quería quedar como una chica tonta.

—Oye, te hacías la inocente con nosotros y resulta que estás con un viejo.

—¿Viejo?

Paris aparece en la puerta y observa la escena con atención.

—Bella, ven —dice con firmeza.

Mi hermana la mira y corre hacia ella.

—Sácala, Paris.

—No hagas una locura, Rowan. Llamaré a la policía —dice mientras se lleva a Bella.

Los tres me observan ahora con mucha más cautela.

—¿Se creen con derechos solo por tener dinero? Esto no es la ciudad elegante donde viven. Esta es mi isla y han molestado a mi hermana menor. Ustedes son mayores de edad, así que podrían terminar pudriéndose en la cárcel.

Ahora sí parecen asustados.

Intentan atacarme otra vez, pero logro someter a los tres sin demasiada dificultad. Están casi en ropa interior, así que saco el celular con calma y tomo varias fotos mientras intentan cubrirse y protestan.

—Oye, ¿qué haces?

—Mañana mismo se van a ir de la isla. Si se les ocurre regresar, estas fotos van directo a internet —les muestro el teléfono—. La chica que vieron hace un momento es una escritora famosa con millones de seguidores. En dos minutos puede volver estas fotos virales y convertirlos en el blanco de todo el odio posible. ¿Entendieron?

Los tres asienten con rapidez.

—No los escucho.

—¡Sí!

—Bien. Si me entero de que intentan aprovecharse de otra adolescente, van a descubrir de lo que es capaz este viejo.

Los dejo tirados en el suelo y salgo con pasos firmes, aunque la adrenalina todavía me recorre el cuerpo y mis manos siguen tensas. No quiero imaginar qué habría pasado si hubiera llegado unos minutos más tarde. Esa imagen no puede quedarse en mi cabeza.

Cuando salgo afuera encuentro a Bella llorando, abrazada a Paris. La escritora levanta la mirada cuando me acerco.

—¿Qué hiciste? —pregunta.

—Un par de golpes y unas fotos en ropa interior. No harán nada porque saben lo que arriesgan, aunque igual averiguaré quiénes son sus padres.

—No creo que les importe —opina—. Está claro que son malcriados con dinero acostumbrados a salirse con la suya.




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