Las palabras de Rowan siguen dando vueltas en mi mente y todavía no sé qué decir. Anoche me fui con una excusa cualquiera para no responder y decidí que lo dejaría atrás. Rowan es mi pasado y, ahora que lo he perdonado, debería poder seguir adelante.
Sin embargo, no puedo negar que sus palabras siguen ahí, rondándome la cabeza y afectándome más de lo que quiero admitir en voz alta.
Bebo un poco de café y miro la puerta de la cocina como si, por alguna razón, él pudiera aparecer de un momento a otro. No sé si vendrá a trabajar hoy después de lo que pasó con Bella ayer. Tal vez decida tomarse el día libre. Aunque, pensándolo bien, tampoco falta mucho para que yo me vaya; en pocos días dejo la isla para comenzar la gira por España.
Tengo sentimientos encontrados, como si una parte de mí quisiera quedarse un poco más. Y no tiene nada que ver con Rowan. Es esta isla, su ritmo lento, el mar, la gente… todo eso que, sin darme cuenta, se me metió bajo la piel.
—¡No puede ser!
El grito de Gina me sobresalta tanto que casi tiro la taza. La dejo sobre la mesa antes de que ocurra una tragedia cafetera y camino hacia la habitación que ocupa.
La puerta está abierta. Gina está sentada en la cama con el cabello despeinado, el maquillaje corrido y el teléfono pegado a la cara. A su alrededor hay ropa tirada, una botella de agua medio vacía y una zapatilla que claramente no recuerda haber lanzado.
—Ya veo que la pasaste bien con el turista.
Levanta la cabeza y me mira con cansancio.
—Ni lo menciones, porque no es lo importante ahora mismo.
Frunzo el ceño y me acerco un poco más.
—¿De qué hablas?, ¿por qué esa cara?
—Porque ya veo que no has visto las noticias ni revisado nada.
—No —respondo mientras me siento en el borde de la cama—. Me acabo de levantar y mi prioridad fue el café antes de intentar escribir algo coherente.
Ella me extiende el celular.
—Mira.
Tomo el teléfono y apenas leo el titular entiendo el motivo del drama. Antes de que pueda reaccionar, Gina se levanta de la cama, toma su computadora y empieza a teclear con rapidez.
—Hay que arreglar esto antes de que se haga más grande —dice sin levantar la vista.
—Es mentira. Yo no he plagiado nada.
—Lo sé —responde mientras abre varias pestañas en el navegador—, pero esta buena para nada quiere hacer creer que sí solo porque su libro salió antes que el tuyo y tiene algunas expresiones parecidas.
—Eso no es plagio —digo, dejando el teléfono sobre la cama—. Hay frases que todo el mundo usa. Lo que importa es la historia, la trama, la esencia. Ni siquiera sé quién es esa autora.
Gina suspira y se pasa una mano por el cabello antes de mirarme.
—Lo sé, Paris, pero no todos lo ven así. Este drama puede aumentar tus ventas o hacerlas caer, lo mismo para ella.
Me quita el teléfono y marca un número.
—Lo que hizo es un arma de doble filo.
—Solo es una noticia.
Ella me mira con una expresión que mezcla paciencia y resignación.
—No lo es. El abogado me escribió hace un rato diciendo que ella presentó una demanda en tu contra, así que conviene tomárselo en serio porque probablemente está mal asesorada o quiere ganar popularidad a costa tuya o piensa sacar dinero con un arreglo privado antes de que todo esto escale.
—¿Qué?
—Sí, y por eso ya estoy llamando para ver cómo se mueve esto.
Genial. Ahora no solo tengo a Rowan dando vueltas en mi cabeza, sino también a una aspirante a autora acusándome de plagio.
Voy a la cocina, preparo otra taza de café y se la llevo. Gina la acepta con un gesto de agradecimiento mientras sigue hablando con el abogado, asiente varias veces, cuelga y marca otro número sin siquiera probar el café.
Regreso a la cocina y me sirvo una segunda taza para mí. Estoy terminándola cuando escucho pasos detrás de mí.
Rowan está en la puerta, vestido con ropa de trabajo, con el cabello todavía un poco húmedo y las manos manchadas de polvo de madera. Me observa con una sonrisa breve, de esas que parecen surgir sin que él lo planee.
Y mi traicionero corazón reacciona al instante.
—Buenos días.
—Hola —respondo, apoyando la taza en la encimera—. ¿Cómo está Bella?
Rowan se acerca un poco y se apoya en el respaldo de una silla.
—Está bien. La acabo de dejar en casa de mi madre. Hablamos mientras desayunábamos y entendió que se pasó de la raya. Le prometí no decirle nada a mamá esta vez, pero si vuelve a hacerlo tendré que hacerlo, así que seguramente te llamará cuando cargue el teléfono porque estaba muy avergonzada por lo de ayer.
—Me alegra que esté bien.
Hay un pequeño silencio. Rowan me observa unos segundos antes de hablar otra vez.
—¿Quieres café?