—¿Y Finn la vio? —pregunto.
Gina niega con la cabeza.
—No lo sé. Nos fuimos en ese momento —responde Jenny—. Por un momento pensé que Gina le iba a saltar a la yugular. Yo no entendía nada.
Observo a Gina mientras habla Jenny. Tiene la botella entre las manos, pero no bebe enseguida, como si necesitara reunir algo de control antes de decir lo siguiente.
—No le daré ese placer —musita—, aunque ganas no me faltaron. Ante esto es mejor actuar con indiferencia, fingir que no lo conozco y no fue más que un hombre pasajero en mi vida que me hizo un favor dejándome.
Sé que no es cierto. Nada en ella es indiferente ahora mismo. Esa frase suena más a defensa que a convicción.
Comparto una mirada con Jenny y ella suspira, ambas pensando lo mismo y sin querer decir nada en voz alta.
—No puedo creer que Finn haya hecho eso. Parece tan agradable, centrado e incapaz de ofender a una mujer.
—Pues lo hizo. Hubiera preferido que me dijera que terminaba conmigo porque no me amaba o prefería a otra antes que dejarme por un mensaje y borrarse por completo. Y no estoy exagerando.
—Jamás pensaríamos eso —dice Jenny.
—Por supuesto que no, Gina. No fue tan grave como que te fuera infiel o jugara una apuesta a que se acostaría contigo, pero no se puede minimizar. —musito.
Gina exhala con fuerza y esta vez sí bebe, un trago largo.
—Lo siento. Tal vez estoy exagerando, pues si a Taylor Swift la dejaron por mensaje, ¿por qué a mí no? Aunque tú, Paris, perdonaras a Rowan por lo que te hizo, yo no perdonaré a Finn.
El nombre de Rowan llega en un momento incómodo, demasiado cercano a lo que acaba de pasar entre nosotros. Evito reaccionar.
—Claro que no —exclama Jenny—. Rowan actuó mal, pero se enamoró de Paris de verdad y sufrió mucho. Ella se fue antes de que él pudiera decirte la verdad y poner en su lugar a todos. Él pagó las consecuencias también e incluso ahora no la ha olvidado. Finn, en cambio, no tuvo el valor para enfrentarte o se asustó y se fue.
Siento el impulso de decir algo que no debería, pero lo hago igual.
—Tal vez Finn tuvo sus razones.
Ambas me miran.
—No lo estoy defendiendo y obviamente estoy de tu lado, Gina, solo que a veces hay más en la historia que no conocemos.
—No me importa —se pone de pie—. Es un idiota. Le entregué mi virginidad, le dije que lo amaba y a los pocos días se fue dejándome un mensaje de texto que decía estupideces sacadas de internet y al final: «lo siento, no puedo hacer esto. No me odies». Desapareció. Hasta pensé que se lo habían llevado los marcianos.
Mientras habla, recuerdo Londres, ese cruce breve con Finn que en su momento no significó nada y que ahora, sin razón clara, adquiere otro peso. Gina estaba conmigo, pero no lo vio. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera estado ocupado?
Y ahora él quiere que lo ayude.
La idea vuelve, incómoda y no quiero traicionar a mi mejor amiga y compañera.
—Bueno, Finn es amigo de mi esposo y también mío —dice Jenny—. Estoy en una posición incómoda.
—No te preocupes, Jenny —le dice Gina, más calmada—. Tú sigue con tu relación con él como si nada. Yo haré de cuenta que no existe, que lo que vi fue a un fantasma. Ya pronto me iré de la isla y no tendré que volver a verlo —me mira—. Paris, me voy a trabajar un poco, pero no creas que me olvidé de las páginas de tu nueva novela.
Ruedo los ojos.
—Te las enviaré al correo para que las revise en cuanto estés de ánimo.
Gina se despide de Jenny y entra en la casa. Mi amiga de la infancia exhala con fuerza.
—Vaya con estos amigos de mi esposo. Qué loco el destino.
Asiento.
—Totalmente. ¿Qué piensas de Finn?
—Yo creo que también sentía lo mismo por Gina, pero se asustó de sus propios sentimientos y decidió huir.
Esa idea no me resulta descabellada.
—O tal vez no llegó a enamorarse de ella y al ver que ella estaba muy enamorada de él, decidió no continuar y como cobarde se fue.
—También es una posibilidad. No puedo hablar directamente con Finn, pero puedo tantear con Declan. Quizás le contó algo.
—Yo sí puedo. Me pidió ayuda con un libro que quiere sacar y mi lealtad está con Gina.
—Bien —se levanta—. Debo ir por mi hija. Estamos hablando. Tienes que ir a cenar a casa porque mi pequeña demonia no deja de pedir ver a su tía Paris.
Sonrío.
—Iré. No te preocupes.
La acompaño hasta la salida y nos despedimos con un abrazo.
Saco el celular y le escribo a Finn.
Paris: Hola, Finn. Cuando tengas tiempo, ¿puedes llamarme? Necesitamos hablar sobre tu libro.
Presiono enviar y guardo el teléfono. No quiero quedarme mirando la pantalla.
Entro en la casa y antes de dar un paso, alguien tira de mi brazo. El movimiento es firme y me toma por sorpresa. Mi espalda choca contra la pared y apenas tengo tiempo de reconocerlo antes de que Rowan me bese.