El sendero hacia el mar es el de siempre, no hay nada nuevo en eso, lo hemos recorrido tantas veces que ya no tiene nada de especial por sí solo. Lo distinto es esto, caminar a su lado después de años separados.
Paris mantiene el ritmo sin dificultad, sin mirar demasiado el suelo ni dudar en los tramos irregulares, como si el lugar todavía la reconociera. No parece alguien que haya pasado años lejos de aquí, y el viento le mueve el cabello mientras se lo aparta detrás de la oreja con un gesto automático.
—No recordaba que el viento pegara tan fuerte por acá —dice.
—Depende del día —respondo.
Asiente sin insistir y retomamos el paso unos metros en silencio, un silencio nuevo, todavía torpe, no completamente cómodo pero tampoco distante, como algo que aún está encontrando su forma. Antes no era así, antes llenábamos este tramo sin esfuerzo, incluso cuando no había nada importante que decir, ahora no.
—Sigue siendo el mismo lugar donde te caíste —dice de pronto, señalando apenas con la mirada un tramo del sendero.
La miro.
—No me caí.
—Te resbalaste y te llevaste media tierra contigo.
—No fue tan así.
—Tu camiseta terminó inutilizable.
—Porque alguien decidió empujarme.
Paris sonríe más abierta esta vez.
—No te empujé.
—Lo hiciste.
—Te estabas riendo de mí.
—Porque habías dicho que podías bajar sin mirar.
—Podía.
—Y te caíste igual.
Niega con la cabeza, pero no pierde la sonrisa, y el silencio que sigue ya no es el mismo, ya no es tan medido. No es completamente cómodo, pero se siente más cercano.
—No sé cómo mi abuela nunca sospechó que nos escapamos acá —dice después.
—Porque no esperaba que hicieras algo así.
—¿Así cómo?
—Salir a escondidas.
—No era tan grave.
—Para tu abuela sí.
Hace una mueca leve.
—Es cierto. Mi abuela temía que me quedara embarazada y desperdiciara mi vida.
No discuto eso y seguimos avanzando un poco más mientras el sonido del mar empieza a aparecer de fondo, constante, ocupando más espacio con cada paso.
—¿Te acuerdas de la vez que casi nos quedamos acá hasta la madrugada? —dice.
—No fue casi.
Me mira.
—Nos fuimos antes de que amaneciera.
—Porque escuchaste un auto y entraste en pánico.
—No entré en pánico.
—Me hiciste esconderme atrás de unas rocas.
—Por si era alguien conocido. Recuerda que salíamos a escondidas.
Se me aprieta la garganta. No quiero pensar en eso porque nunca debió pasar.
Ojalá hubiera sido valiente cuando tocaba. Ojalá hubiera dicho su nombre en voz alta frente a todos y no permitir que nadie dijera nada malo. Pero no lo hice. Se fue antes de darme la oportunidad de arreglar las cosas.
Paris suelta una risa corta y baja la mirada. La nostalgia se disuelve y vuelvo al presente.
Avanzamos unos metros más hasta que el sendero se abre y el mar aparece sin interrupciones, entonces nos detenemos sin decirlo.
—¿Te acostumbraste rápido a Nueva York cuando te fuiste? —pregunto sin mirarla.
Tarda un poco en responder.
—No. Pasar de escuchar la naturaleza a ruidos constantes fue un cambio brusco. Mi padre vivía en un departamento en casi pleno centro, así que no había mucha tranquilidad. Luego me mudé a la residencia donde había muchas fiestas a todas horas.
La miro.
—¿Tan mal?
—Llegué, dejé mis cosas en la residencia y no conocía a nadie, nadie. —Exhala apenas—. Fue raro darme cuenta de que si desaparecía ese día no habría una sola persona ahí que lo notara.
No digo nada porque no hace falta llenar ese espacio.
—Un gran cambio. Yo no sé si podría adaptarme a la gran ciudad. A Finn le pasó lo contrario, le costó acostumbrarse a la tranquilidad nocturna después de años viviendo en grandes ciudades.
—El segundo día fue la orientación —continúa—. Ahí conocí a Gina.
—¿La conociste en la Universidad? Pensé que fue cuando publicaron tu libro.
—No, fue en la Universidad. Se sentó a mi lado sin preguntar y empezó a hablar como si ya me conociera. Pensé que no iba a parar nunca.
—¿Y no paró?
—No. Pero no me cayó bien y fue imposible no encariñarse con ella. A pesar de que ella no venía de una isla, tampoco estaba acostumbrada a una ciudad tan vibrante como Nueva York y no conocía a nadie —se queda un segundo en silencio y luego sigue—. Después de eso todo fue un poco más fácil, no porque la ciudad cambiara, sino porque ya no estaba completamente sola.