El amor en juego

Capítulo 23: Paris

No tenía intención de salir esa noche, no porque necesitara quedarme encerrada para sostener una rutina inexistente, sino porque en los últimos días había logrado algo mucho más frágil: una dinámica inestable en la que Rowan y yo coexistíamos sin ponerle nombre a nada, sin exigir definiciones que probablemente arruinarían lo poco que sí funciona entre nosotros. Nos vemos, hablamos, compartimos espacios que ya dejaron de ser casuales, y en medio de todo eso se instala una cercanía que ninguno termina de cuestionar en voz alta, como si ignorar lo evidente fuera, de alguna forma, la única manera de no romperlo.

Salir implica alterar ese margen, exponerme a verlo en un contexto que no controlamos, donde lo que somos —o lo que sea que estamos siendo— deja de tener ese límite difuso que hasta ahora nos permite sostenerlo sin que colapse.

Gina, por supuesto, no está dispuesta a aceptar ninguna de esas razones y termina arrastrándome al bar con una mezcla de insistencia y lógica que me irrita precisamente porque no es del todo equivocada. Según ella, quedarme no resuelve nada; según yo, salir tampoco, pero al menos una de las dos está intentando algo distinto.

El lugar está lleno, con ese murmullo constante de conversaciones superpuestas, música de fondo y risas que resultan demasiado livianas para lo que llevo encima. Me apoyo en la barra mientras Gina pide nuestras bebidas, dejando que la mirada recorra el ambiente sin buscar nada en particular, hasta que, inevitablemente, lo encuentro.

Rowan.

No es una sorpresa real; en una isla como esta, las coincidencias dejan de serlo bastante rápido, pero aun así hay algo en la forma en que lo reconozco, casi de inmediato, que me incomoda más de lo que debería. Está apoyado contra la barra, con una postura relajada que no coincide con la forma en que me altera cada vez que lo tengo cerca, incluso ahora, cuando se supone que debería manejar mejor lo que pasa entre nosotros.

Está solo hasta que una mujer aparece unos segundos después, acercándose con una seguridad que elimina cualquier posibilidad de que se trate de un encuentro casual.

Se detiene frente a él, y Rowan se gira con un reconocimiento inmediato que no necesita explicación.

—Amanda —lo escucho decir cuando la música baja lo suficiente.

El nombre no significa nada por sí mismo, pero el tono, la familiaridad contenida y, sobre todo, la forma en que ella sostiene su mirada mientras le pregunta si está listo, resultan suficientes para que la escena se complete sola en mi cabeza, sin necesidad de más información.

No me quedo a comprobar si estoy en lo cierto.

La incomodidad es inmediata y demasiado clara como para ignorarla, y antes de que pueda analizarla o desarmarla, ya me estoy apartando de la barra, dejando a Gina, que está demasiado entretenida hablando con alguien.

—¿A dónde vas? —alcanza a preguntar.

—Afuera —respondo, sin detenerme.

Su voz me alcanza antes de que llegue a la salida. Cierro los ojos apenas un instante, lo suficiente para decidir si ignorarlo o enfrentar la situación. Cuando me giro, Rowan ya viene hacia mí, dejando atrás a la mujer como si su presencia hubiera dejado de tener prioridad.

—¿Te vas? —pregunta, deteniéndose a una distancia prudente.

Lo miro con calma, aunque por dentro el orden es apenas superficial.

—¿No estás ocupado? —respondo, señalando apenas hacia la barra—. Parece que tienes planes.

Frunce el ceño, claramente desconcertado por mi reacción.

—No es lo que crees.

No puedo evitar la pequeña risa que se me escapa, seca, sin humor.

—Esa frase nunca mejora nada.

—Es verdad —insiste, dando un paso más cerca—. No sabía que iba a venir.

Lo observo en silencio, evaluando sus palabras sin demasiado interés en creerlas.

—Claro —digo finalmente—. Aparece alguien que te conoce, te pregunta si estás listo y tú no tienes idea de nada. Bastante creíble.

—Es cosa de mi madre —aclara, con una mezcla de frustración y urgencia—. Intentó organizarme una cita. Yo no acepté esto.

La explicación tiene sentido, pero no cambia lo que veo ni lo que provoca.

—No tienes que explicarme nada —respondo, manteniendo el tono neutro.

—Quiero hacerlo.

—¿Para qué? —ladeo apenas la cabeza—. No somos nada, Rowan. No hay nada que tengas que justificar.

La frase queda entre nosotros con un peso que ninguno ignora. Aprieta la mandíbula, pero no retrocede.

—Porque me importas.

La sinceridad en su voz es tan directa que resulta incómoda.

Desvío la mirada un instante antes de volver a fijarla en él.

—Puedes ir si quieres —digo al cabo, obligándome a sostener la distancia—. No tiene sentido que te cierres por algo que ni siquiera sabemos qué es.

El silencio que sigue es breve, pero denso.

—No quiero otras opciones —dice, con una firmeza que no esperaba—. Te quiero a ti. Aunque no haya garantías. Aunque no tengas claro nada. Aunque esto sea complicado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.