Al salir a la calle y encontrarme con el ruido del tráfico y de la gente, con la ausencia del aire fresco y la brisa del mar, no puedo evitar sentirme nostálgica.
Pensar que no quería regresar a la isla, que consideraba Nueva York mi hogar, y ahora sentir lo contrario, resulta casi absurdo. Eso confirma que el problema nunca fue la isla, sino Rowan. Ahora que todo está bien entre nosotros, y también con Jenny, mi deseo de volver allá nace desde un lugar distinto. Y eso me asusta más de lo que quisiera admitir.
—Eso fue agotador. Menos mal que el abogado es bueno y la plagiadora recibirá su merecido. Aunque no sé por qué fuiste tan blando con ella —dice Gina.
—Llegar más lejos implicaría alargar todo, y sabes lo que opino de la prisión —respondo mientras ella asiente—. Me conformo con que admita públicamente su mentira, pida disculpas y pague la multa correspondiente.
—Si hubiera terminado presa, todo habría quedado más firme para ti.
—O me habrían tachado de despiadada y habría sido peor. Quienes la apoyan van a seguir haciéndolo sin importar lo que pase. Sabe que la próxima vez sí irá a prisión, así que dudo que vuelva a hacer algo así.
Me toma del brazo y seguimos caminando.
—Tienes razón. Busquemos un taxi.
Detenemos uno y le doy la dirección de la casa de mi padre. Le prometí cenar con él y Gina también está invitada.
No alcanzamos a avanzar demasiadas cuadras cuando quedamos atrapados en un embotellamiento. Bocinas, motores y personas maldiciendo desde las ventanas terminan de completar el caos habitual de la ciudad.
Por suerte no tenemos prisa, aunque el tráfico sigue siendo estresante.
—Esto no lo extrañaba para nada.
Gina se ríe.
—No has parado de quejarte desde que bajamos del avión. Antes adorabas volver después de una gira. En las últimas horas te quejaste del tráfico, del ruido, del olor del metro y de un perro que te miró feo.
No puedo evitar reírme.
—Lo sé. Últimamente me siento extraña.
—Extrañas la isla y a Rowan. No te culpo. A mí me encantan las ciudades grandes y llenas de movimiento; pasar demasiado tiempo en una isla terminaría desesperándome. Aunque admito que esa isla tiene su encanto, incluso con ciertas personas insufribles viviendo ahí. Demasiado silencio me pone nerviosa. Necesito escuchar al menos una sirena cada hora para sentirme viva.
Me río al entender que se refiere a Finn.
—Me acostumbré demasiado rápido a Rowan —admito, y decirlo en voz alta me provoca un extraño nudo en el estómago.
—¿Has hablado con él sobre el futuro?
—No mucho. Estábamos concentrados en el presente, pero antes de irme noté que estaba inseguro.
—Es lógico. Ya te fuiste una vez y todavía no le das ninguna certeza. Rowan no es de piedra.
Me quedo mirando el tráfico para evitar responder enseguida, porque tiene razón y eso me incomoda.
—Es que él no va a dejar la isla. Su negocio, sus amigos y su familia están ahí. Y aunque yo podría trabajar desde allá, vivir en Nueva York sigue siendo más práctico. Aquí está la editorial, la mayoría de los eventos y todas las oportunidades. Imagínate que tenga que asistir a una firma de libros y cancelen los vuelos por mal tiempo. Conseguir otro sería un desastre. Y tampoco voy a renunciar a mi carrera.
—Sin contar que, si aprueban la serie de la detective Amaro, tendrás que pasar mucho tiempo aquí durante el rodaje.
—Eso todavía no es seguro.
—Casi lo es. Si aceptan la condición de que conserves la libertad creativa y no conviertan tu historia en otra adaptación mediocre, el proyecto va a hacerse.
Exhalo lentamente y apoyo la cabeza en el respaldo del asiento.
—Entonces ¿qué se supone que haga? Porque haga lo que haga, siento que voy a perder algo.
Gina me observa unos segundos antes de responder.
—Hablar con Rowan. Porque, sinceramente, llevas horas dándole vueltas al asunto y ya me estoy estresando contigo. Tal vez puedan encontrar una manera de hacerlo funcionar. Puedes pasar temporadas en la isla y venir aquí cuando tengas compromisos largos.
—¿Y si algún día tenemos hijos? No quiero que crezcan viajando de un lado a otro constantemente. No quiero sentir que todo depende siempre de elegir.
Gina toma mi mano.
—No cargues sola con una decisión que también le corresponde a él.
Le sonrío con gratitud, aunque sigo sintiendo el pecho apretado.
—Gracias. ¿Y tú no deberías hablar con Finn?
Frunce la nariz de inmediato.
—¿Por qué hablaría con ese idiota? Ya hice suficiente trabajo comunitario soportándolo el tiempo que tuvimos juntos y no haberlo matado cuando lo volvía a ver.
Me río.
—Para entender por qué se fue así y cerrar el capítulo de una vez.
Niega con la cabeza y se acomoda en el asiento.