Despierto antes que Rowan y me quedo observándolo durante unos minutos mientras la luz gris de la mañana se filtra entre las cortinas del hotel. Durante años imaginé cómo habría sido compartir una vida con él. Imaginé viajes, desayunos tranquilos, conversaciones absurdas antes de levantarnos de la cama y pequeñas rutinas cotidianas que nunca llegamos a tener. Ahora está aquí, durmiendo a mi lado después de diez años, y todavía me cuesta creerlo.
Debería sentirme completamente feliz, y lo estoy, o al menos en gran parte.
Después de todo lo que pasó entre nosotros, del tiempo perdido y de todas las veces que me convencí de que nunca volveríamos a encontrarnos, despertar junto a Rowan sigue sintiéndose irreal por momentos.
Él se mueve ligeramente sobre la almohada antes de abrir los ojos.
—¿Qué hora es?
—Temprano.
Entrecierra los ojos y gira la cabeza hacia la ventana.
—Eso explica por qué todavía existo.
No puedo evitar reírme.
—Qué dramático.
—Estoy de vacaciones. Tengo derecho.
Su voz todavía conserva ese tono adormilado que siempre aparece apenas despierta. Estira un brazo y me atrae hacia él sin siquiera abrir completamente los ojos.
—Buenos días.
Dibujo una sonrisa.
—Buenos días.
Me acomodo contra su pecho mientras me rodea con los brazos y permanece así durante unos segundos. Es un momento sencillo, exactamente el tipo de momento con el que soñé tantas veces cuando era más joven y todavía creía que el futuro iba a resultar mucho más sencillo de lo que terminó siendo.
Sin embargo, incluso mientras estoy allí, vuelvo a sentir esa pequeña incomodidad que me acompaña desde que llegamos a España, aunque intento ignorarla.
Me digo que probablemente estoy buscando problemas donde no los hay. Rowan dejó su trabajo, su casa y a su familia para acompañarme. Cruzó el océano porque quiso estar conmigo. No existe ninguna razón lógica para cuestionarlo. Aun así, la sensación continúa allí.
Disfrutamos de la compañía mutua durante un rato, luego nos duchamos juntos y terminamos desayunando en una cafetería cerca del hotel. Madrid todavía se está despertando y las calles lucen mucho más tranquilas que la noche anterior. La mayoría de los turistas aún no han salido y el lugar tiene una calma agradable que agradezco después de la firma de horas de ayer.
Rowan parece más relajado que durante el evento. Bromea conmigo, comenta algunas cosas que ve por la ventana y se muestra curioso cuando le hablo de las siguientes ciudades de la gira. Desde afuera todo parece perfectamente normal.
Quizá por eso sigo observándolo, porque cuanto más intento convencerme de que todo está bien, más noto ciertos detalles.
La manera en que se distrae por momentos, las veces que toma el teléfono para revisar la pantalla aunque no haya recibido ninguna notificación y las pausas que aparecen en medio de ciertas conversaciones no significan nada por sí solas. Sin embargo, juntas consiguen despertar una inquietud que no desaparece.
—¿Qué? —pregunta finalmente.
Levanto la vista.
—Nada.
—Mentira —replica antes de tomar un sorbo de café—. Te conozco. Has cambiado, pero no tanto.
Resoplo y juego distraídamente con la cucharita.
—Tal vez estoy pensando demasiado.
—Eso nunca termina bien para mí.
Una sonrisa aparece en sus labios, pero desaparece cuando nota que no se la devuelvo. Su expresión cambia casi de inmediato.
—Paris, ¿qué pasa?
Lo observo durante unos segundos antes de responder. No quiero tener esta conversación porque ni siquiera estoy segura de poder explicar exactamente qué me preocupa. Al mismo tiempo, tampoco quiero seguir fingiendo que no siento nada.
—¿Estás feliz aquí?
Parpadea.
—Claro.
—No me refiero a España. Me refiero a estar aquí conmigo.
Rowan deja la taza sobre la mesa y me sostiene la mirada.
—Estoy aquí porque quiero estar contigo.
—Lo sé, pero te siento raro.
Frunce ligeramente el ceño.
—Esa definición podría ser más específica.
—Ojalá pudiera serlo. No tengo pruebas de nada, no hemos discutido y tampoco siento que me estés ocultando algo. Es solo una sensación que no termina de desaparecer.
Rowan se recuesta un poco en la silla.
—Han sido unos días intensos.
Niego con la cabeza.
—No es eso. A veces parece que una parte de ti no quiere estar aquí.
Por primera vez desde que comenzó la conversación, Rowan no responde enseguida. La pausa es breve, pero suficiente para que toda mi atención se concentre en él.
—Paris...