El amor en juego

Capítulo 33: Paris

No sé cuánto tiempo permanecemos en silencio frente a la casa de Rowan, aun así no siento la necesidad de llenar cada espacio con palabras. Durante años pensé que los silencios eran peligrosos, que siempre significaban distancia o algo que estaba a punto de romperse, pero ahora entiendo que también pueden ser el lugar donde dos personas finalmente dejan de intentar esconder lo que sienten. Y creo que eso es lo que estamos haciendo, dejando de escondernos.

Rowan me mira como si todavía estuviera intentando entender por qué estoy aquí, como si una parte de él esperara que en cualquier momento dijera algo que cambiara todo. Puedo verlo porque conozco esa sensación. Yo también pasé días buscando una señal, una razón para esperar un poco más, como si retrasar la conversación pudiera hacer que fuera menos difícil. Sin embargo, solo conseguí que cada día pesara más.

—Antes de venir pensé muchas cosas —digo finalmente, porque sé que si sigo esperando voy a volver a convencerme de que no es el momento—. Pensé que quizás necesitábamos más tiempo, que todavía estábamos intentando acostumbrarnos a todo lo que pasó y que hablar ahora podía complicarlo más. Tú estás lidiando con la operación de tu madr—Rowan permanece atento, sin interrumpirme—. Pero después entendí que llevaba mucho tiempo haciendo lo mismo. Siempre encontrando una razón para esperar un poco más, como si en algún momento fuera a despertar y tener todas las respuestas.

Sonrío apenas.

—Y creo que ninguno de los dos funciona así.

Él baja la mirada por un instante.

—No.

La respuesta es sencilla y significa más de lo que dice.

Llegué a pensar que Rowan no entendía mi vida, que no podía comprender lo que significaba construir algo lejos de la isla, tener una carrera que dependía de estar en movimiento y una vida que no podía detenerse completamente solo porque yo quería que algo funcionara. Después de estos días entendí que quizás no era eso lo que estaba pasando.

Él no dudaba de mí, dudaba de si podía encontrar un lugar dentro de todo lo que yo había construido. Y quizás yo había hecho exactamente lo mismo con la isla.

—Hay algo que necesito decirte —continúo.

Rowan levanta la mirada.

—¿Quieres entrar primero?

Miro la casa y asiento. Lo sigo, intentando controlar mis emociones y no desviarme de mi objetivo.

—Paris, no sé que tienes que decirme…

Levanto una mano suavemente antes de que continúe.

—Decidí no vender la casa de mi abuela y es un buen lugar para inspirarse y escribir.

Me mira analíticamente, como si quisiera leerme.

—¿Te vas a quedar en la isla?

Asiento.

—Sí. Y no es por ti.

Por primera vez desde que empecé esta conversación, su expresión se relaja un poco.

—Solo no quiero que sientas que tienes que quedarte aquí por nosotros.

Y ahí está precisamente la razón por la que sabía que tenía que explicárselo así. Rowan puede aceptar muchas cosas, incluso aquellas que le cuestan entender, pero hay algo que siempre le ha resultado imposible, la idea de que alguien pueda dejar atrás una parte de su vida por él, como si amarlo significara tener que perder algo.

—No me estoy quedando por ti, Rowan. —repito. Sus ojos vuelven a mí—. Me estoy quedando porque finalmente acepté algo que llevaba demasiado tiempo intentando negar.

—¿Qué cosa?

Miro alrededor antes de continuar, porque incluso después de tantos años este lugar todavía consigue hacerme sentir algo que no puedo explicar completamente.

—Amo Nueva York. Amo mi trabajo, la vida que construí allí y no quiero fingir que nada de eso importa. No voy a dejar de viajar, ni de trabajar, ni de hacer las cosas que forman parte de mí. Tengo compromisos que cumplir y soy muy responsable—hago una pausa—. Pero durante mucho tiempo pensé que si seguía teniendo una vida allá significaba que esta no podía ser mi vida también.

Rowan no aparta la mirada.

—Y no es verdad. —dice por lo bajo.

—La isla siempre fue parte de mí. Solo que me tomó mucho tiempo aceptarlo.

Él permanece en silencio, y sé que está intentando ordenar todo lo que le estoy diciendo.

—Entonces vas a quedarte.

Asiento.

—Sí.

—¿Aquí?

—Aquí.

Su expresión cambia y durante un segundo parece feliz, pero esa emoción desaparece cuando vuelve a pensar demasiado, porque eso también es algo que conozco de él.

—¿Y si lo nuestro no funciona?

La pregunta duele, no porque no la haya pensado, sino porque demuestra que todavía sigue creyendo que esta decisión tiene que depender de nosotros.

Doy un paso más cerca.

—Entonces seguiré aquí y tú puedes irte si quieres. Esta vez no voy a huir de nuevo.

Él me mira confundido.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.