El amor en juego

Epílogo: Paris

Seis años después

Años después sigo teniendo la misma sensación extraña cada vez que veo uno de mis libros terminado.

No es exactamente incredulidad, porque después de tantos años publicando aprendí a aceptar que las historias que escribo pueden llegar mucho más lejos de lo que imaginé cuando solo existían en mi computadora, pero hay algo diferente en este libro, y no solo porque sea de romance cuando mi fuerte son los thrillers policiales. Quizás porque, aunque no es una copia de mi vida, aunque los nombres, los lugares y muchos detalles pertenecen únicamente a la ficción, la emoción que lo sostiene nació de algo que sí viví.

Durante mucho tiempo escribí sobre personas que buscaban algo que creían haber perdido. Sobre segundas oportunidades, sobre caminos que se separaban y volvían a encontrarse, sobre la idea de que a veces la vida no se trata de volver a ser quien eras antes de que algo te cambiara, sino de aceptar en quién te convertiste después.
Aunque en ese entonces mis historias solían enmarcarse en el thriller policial, esos temas siempre estaban ahí, ocultos bajo el misterio y la investigación.
Supongo que por eso esta novela siempre se sintió diferente. Por primera vez, esas ideas dejaron de ser el fondo de la historia para convertirse en el centro.

La presentación termina entre aplausos y agradecimientos, y mientras la gente empieza a acercarse con sus ejemplares para firmarlos me quedo unos segundos mirando la sala. Hay lectores que han venido desde lejos, personas que me cuentan que mis libros las acompañaron en momentos difíciles y que encuentran algo de consuelo en mis historias, y aunque sigo sin acostumbrarme completamente a escuchar eso, hoy lo recibo de una manera distinta.

Quizás porque, por primera vez, no estoy pensando solo en la escritora que llegó hasta aquí, sino pensando en la mujer que tuvo que descubrir cómo quería que fuera su vida.

Mi mirada busca entre las personas hasta encontrarlo.

Rowan está sentado cerca del frente, con nuestra hija de tres años sobre sus piernas, intentando mantenerla tranquila mientras ella parece más interesada en jugar con la pulsera que le dieron en la entrada que en escuchar hablar sobre literatura. Cuando nuestras miradas se encuentran, él sonríe de esa manera tranquila que todavía consigue hacerme sentir que, sin importar cuántas personas haya alrededor, ese momento nos pertenece solo a nosotros.

Mi hija nota que estoy mirando hacia ellos y sigue la dirección de mis ojos hasta encontrarme.

—Mamá —dice con una emoción que hace que algunas personas a nuestro alrededor sonrían.

Levanta la mano para saludarme y yo no puedo evitar reír mientras le devuelvo el gesto.

Durante un instante me cuesta creer que esa sea mi vida. No porque no la reconozca, sino porque la Paris que llegó a la isla años atrás no habría podido imaginar que algún día estaría aquí, presentando un libro inspirado en todo lo que intentó negar, mientras las dos personas que más amo del mundo me esperan al final de la sala.

Cuando termino con los lectores, Rowan se levanta y nuestra hija estira los brazos hacia mí antes de que pueda decir nada.

—Creo que alguien estuvo esperando que terminaras —dice él mientras me la entrega.

La abrazo y ella apoya la cabeza en mi hombro con la confianza de quien sabe exactamente dónde pertenece.

—¿Te gustó la presentación? —le pregunto.

Asiente con mucha seriedad.

—Sí.

Rowan sonríe.

—Esa es una respuesta muy generosa, considerando que hace diez minutos estaba preguntando si ya podíamos irnos.

Lo miro divertida.

—¿Ah sí?

Mi hija levanta la cabeza.

—Tenía hambre y estaba aburrida.

—Por supuesto —respondo, y ella parece satisfecha porque esa es una razón perfectamente válida.

Rowan me rodea con un brazo mientras empezamos a caminar hacia la salida, y durante unos segundos simplemente disfrutamos de estar juntos sin tener que hablar. Me gusta eso de nosotros, que después de todo lo que pasó ya no necesitamos llenar cada silencio para asegurarnos de que seguimos conectados.

Afuera nos espera una tarde tranquila y no tengo ninguna prisa por llegar a otro lugar.

—Entonces —dice Rowan después de unos pasos—, ¿qué pensaste cuando escribiste el final?

Lo miro.

—¿De la novela?

Asiente.

—Sí.

Sonrío porque conozco esa expresión. Está intentando preguntar algo sin hacerlo demasiado evidente.

—Pensé que era la única forma en la que podía terminar.

—¿Aunque los personajes tuvieron que pasar por todo eso para llegar ahí?

Bajo la mirada hacia nuestra hija, que juega con uno de los dedos de mi mano.

—Supongo que sí. Aunque creo que cuando estás dentro de una historia nunca sabes si estás avanzando hacia algo o simplemente intentando sobrevivir a la siguiente parte.

Rowan aprieta ligeramente mi hombro.




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