El chico que juró odiarte

PRÓLOGO - Sarah

Teníamos un pacto, y lo escribimos con témpera en la puerta del garaje de Riven cuando teníamos nueve años "En ciencia se puede fallar. Lo que no se puede es mentir sobre el resultado." La idea fue mía; Riven le agregó una firma enorme y un dibujo de lo que él juraba que era un cohete y yo veía como un lápiz con aspiraciones.

Éramos vecinos desde los siete, nuestras habitaciones compartían una pared, y habíamos inventado un código de golpes: tres seguidos significaban «¿estás despierta?», dos eran «ven a la ventana» y uno solo, «buenas noches». Yo siempre contestaba, incluso cuando estaba furiosa con él, porque no contestar era algo que sencillamente no se hacía.

Riven nunca fue de los que mienten. A los diez rompió sin querer mi microscopio de juguete y se presentó en mi casa con las piezas en una bolsa y una confesión de dos páginas, con el resultado del accidente y todo. Me enojé una semana, después lo perdoné, porque el pacto funcionaba así; quien dice la verdad puede equivocarse tanto como quiera.

Competíamos en todo; en las notas, en quién terminaba primero las divisiones, en quién sabía más nombres de huesos. Nos peleábamos con la ferocidad de quien está seguro de que el otro nunca se va a ir. Eso lo entendí demasiado tarde, nos peleábamos así porque estábamos seguros.

En sexto grado, la maestra Beatriz anunció la Feria de Ciencias de la escuela, y yo ya sabía qué iba a hacer. Un jardín de cristales. La receta es simple y cruel; disuelves azúcar en agua caliente hasta que ya no admite más. Cuelgas un hilo dentro del frasco, y esperas. Los cristales no se apuran, crecen cuando el agua se enfría y se evapora poco a poco, grano sobre grano, durante semanas. Si lo mueves, si lo tocas, si intentas hacerle trampa al tiempo, se arruinan.

Fueron cinco semanas. El frasco vivía en el estante de la ventana de mi cocina, donde pegaba el sol de la tarde, y todos los días yo anotaba la temperatura, el nivel del agua y el tamaño de los cristales en un cuaderno de tapa naranja. Riven pasaba a verlos después de trabajar en su propio proyecto, un filtro de agua hecho con arena, grava y carbón. La primera vez que me lo mostró, vertió una taza de agua de barro por arriba y esperó con esa cara de concentración que ponía cuando no quería parecer ansioso. Salió casi transparente.

—Es mejor que tus cristales —dijo.

—Los míos son más bonitos.

—La belleza no purifica nada.

—Tampoco hace falta. Con que brillen me alcanza.

Se rio, y ese sonido me pareció lo más parecido a una garantía que había tenido en la vida.

La feria fue un sábado por la mañana, en el salón de actos. El viernes por la tarde dejamos los proyectos armados sobre las mesas, cada uno con su cartel y su paño encima, y yo me fui a casa con el cuaderno apretado contra el pecho. El frasco ya tenía cristales de dos centímetros, translúcidos, con las aristas tan limpias que parecían cortados, lo tapé con un paño blanco como quien arropa a alguien.

El sábado llegué a las ocho y media; Riven ya estaba en el salón. Su padre había abierto temprano para ayudarlo a descargar el filtro, y él llevaba allí, según supe después, casi una hora.

Levanté el paño; dentro del frasco había agua, solo agua. Transparente, quieta, recién cambiada; el hilo colgaba en el medio, pelado, sin un solo grano. Alguien había enderezado la etiqueta con mi nombre hasta dejarla perfectamente recta, y alrededor de la base había un círculo de humedad sobre la mesa que todavía se estaba secando. Cinco semanas de paciencia, devueltas al agua de la que habían salido, como si nunca hubieran existido.

Hay cosas que solo van en una dirección. Eso lo aprendería después, en un aula, con una fórmula. Entonces solo sentí el frío de mirar un frasco al que le habían quitado todo. Lo busqué con la mirada. Estaba a tres mesas de distancia, de espaldas, acomodando su filtro; cuando se giró, vi que tenía el puño de la chaqueta mojado casi hasta el codo.

Me acerqué. —¿Fuiste tú?

No tardó nada en responder, y eso fue lo que más me dolió.

—No. —Me miraba directo, sin parpadear—. No toqué tu frasco.

Pero se tiró de la manga hacia abajo, un gesto rápido, de quien tapa algo, y sus ojos se fueron a la ventana por una fracción de segundo. Lo vi. Tenía once años y estoy segura de haberlo visto.

La maestra Beatriz me escuchó con cara de pena y dijo que sin pruebas no podía acusar a nadie, que quizá el frasco se había movido, que el azúcar a veces se disuelve si cambia la temperatura. Tenía razón en lo último, y por eso lo odié un poco más, porque había una explicación inocente, y Riven sabía que yo no iba a poder demostrar que no lo era.

Presenté el cuaderno. Mostré las cinco semanas de anotaciones, las fotos, los gráficos dibujados con regla; el jurado asintió con educación y me dio una mención por el esfuerzo.

Primer lugar: Riven Ashcroft, filtro de agua casero.

Aplaudí, porque todos aplaudían. Él subió al escenario a recibir el diploma y desde allí me buscó entre el público. No tenía su gesto de suficiencia, tenía la cara de alguien que quería decir algo y no sabía por dónde empezar. Me alcanzó en la puerta de la escuela, entre las bicicletas.

—Sarah, tengo que...

—¿Vas a decirme la verdad?

Vi cómo tragaba saliva; vi cómo la pregunta le cruzaba la cara como la sombra de un pájaro. Si hubiera dicho que sí, yo me habría quedado. Lo sé ahora. Creo que lo supe entonces, aunque no tuve el valor de admitirlo.

—No fui yo —dijo.

Asentí despacio. —Se puede perder, Riven. Lo que no se puede es mentir.

Esa noche, a las once, golpeó tres veces la pared. Me quedé mirando el techo.

Nadie se aleja de golpe. Eso lo aprendí a los doce años, cuando empecé la secundaria con Riven en el mismo grupo y descubrí que distanciarse es un oficio que se practica en pequeños gestos.

Primero cambié de asiento. El primer día elegí un banco junto a la ventana, tres filas más atrás del suyo, y cuando se dio vuelta a buscarme yo ya estaba abriendo el cuaderno. Después dejé de esperarlo en la esquina de la parada. Después dejé de pasar por su casa para ir juntos a la escuela, y después, lo más difícil, dejé de responder cuando alguien lo mencionaba.




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