El cielo de Hierro

Capítulo 1 — El toque que todavía no había pasado

pasado

*Mi abuela decía que el futuro no llega: que ya está ahí, pegado a la espalda de la gente, y que la mayoría vive toda su vida sin girarse. Yo tenía diecisiete años y pensaba que era una forma bonita de decir que era vieja.*

---

El pabellón olía a goma, a sudor viejo y a cloro de un vaso de plástico que alguien había dejado abierto en la grada.

Nuria Vega lo recordaría después con una precisión absurda: el zumbido del fluorescente roto de la esquina noroeste, la mancha de humedad del techo con forma de mapa, el modo en que el árbitro se pasaba el peso de un pie a otro porque llevaba cuatro horas de pie y le dolía la espalda. Recordaría el sabor metálico del aire, la cinta negra del puño pegándose al hueco de la mano, y el silencio de su madre en la tercera fila, con el abrigo todavía puesto y las llaves del coche en el puño, como si tuviera prisa por irse aunque no tuviera a dónde.

Recordaría todo eso porque lo último que vio de la Tierra lo vio desde dentro de una burbuja, y el cerebro, cuando se le rompe el mundo, se agarra a las cosas pequeñas.

—Nuria.

Ramón se había agachado hasta ponerse a la altura de su máscara. Tenía cincuenta y un años, un bigote gris que se teñía los domingos y una paciencia que solo se le gastaba con ella.

—Nuria, mírame.

—Te estoy mirando.

—Me estás mirando a la oreja. Mírame a los ojos. —Le dio dos palmadas en la parte plana de la careta, justo donde el frontal se une con el faldón—. Catorce iguales. Es un toque. Un solo toque.

—Lo sé.

—No lo sabes, porque si lo supieras no estarías apretando la empuñadura como si fuera el cuello de alguien. —Ramón le señaló la mano con la barbilla—. Suelta. Tres segundos. Suelta y vuelve a coger.

Nuria abrió la mano. La palma le brillaba. Cerró otra vez.

Al otro lado de la pista, en la línea de fondo, Cristina Alcaraz se subía la manga con dos dedos, sin prisa, mirando el reloj de la pared como si el reloj le debiera dinero. Tenía una trenza que le colgaba por fuera del peto y un modo de andar hacia atrás que era casi ofensivo de lo tranquilo. La de Barcelona. Campeona juvenil dos años seguidos. Zurda.

En el papel, Nuria no tenía nada que hacer ahí. En el papel, Nuria Vega, del Club Alcázar, diecisiete años, tercer puesto nacional el año anterior, era la nota a pie de página de la final de otro.

Pero en el papel no salía la beca.

Cuatro mil doscientos euros. La mitad de lo que su madre había dicho que era «la mitad de lo que cuesta una vida». Pilar Vega trabajaba de mañana en una residencia y de tarde en la caja de un supermercado y no había vuelto a comprarse un abrigo desde que Nuria entró en el instituto. Cuatro mil doscientos euros era una cifra que en casa se decía en voz baja, como se dicen los diagnósticos.

—Enriqueta va a tirar el flanco —dijo Ramón—. Lo lleva haciendo toda la tarde cuando va por delante. Y ahora va por detrás.

—Cristina.

—Cristina, perdona. Va a tirar el flanco, se va a abrir, y tú vas a entrar por dentro. Pero no a la primera. —Le puso un dedo en el hombro—. A la segunda. La primera es para que ella se lo crea.

El fluorescente roto zumbó un tono más alto.

—En guardia —dijo el árbitro.

Nuria se bajó el faldón de la careta. El mundo se convirtió en una rejilla metálica de cuatro centímetros y medio, y el ruido del pabellón se metió dentro con ella: doscientas personas, la megafonía del gimnasio de al lado, un bebé llorando, su propio corazón golpeándole la garganta como un puño cerrado en una puerta.

Cristina le sonrió desde el otro lado de la pista. No era una sonrisa de burla. Era peor: era una sonrisa de quien ya sabe cómo acaba el asalto y te tiene cariño.

—¿Prêts?

Nuria flexionó las rodillas. La punta de su espada, esa línea de acero de noventa centímetros que era todo su cuerpo, se levantó hasta la altura de la muñeca de Cristina y se quedó ahí, temblando un milímetro, como un dedo señalando.

—¡Allez!

Y ocurrió.

---

Nuria lo llamaba "el destello", y nunca lo había contado en voz alta porque sonaba a tontería de niña con piedra de la suerte.

Duraba menos que un parpadeo. Duraba, calculaba ella, lo que tarda un fotograma en pasar a otro. De repente el mundo daba un saltito hacia delante: no veía el futuro, exactamente; veía el presente un poco antes. Veía la estocada de Cristina saliendo de su mano medio segundo antes de que saliera. Veía el modo en que la muñeca se le iba a girar, el peso del cuerpo desplazándose al pie delantero, la línea recta del acero cruzando el aire en diagonal hacia su hombro derecho.

Lo veía. Y luego lo veía otra vez, de verdad, y ya no había sorpresa.

La primera vez que le pasó tenía nueve años, en un entrenamiento, y le contó a su abuela que Ramón iba a hacer un ruido raro con la boca antes de decirle que estaba mal. Su abuela Esperanza se quedó muy quieta con la aguja de hacer ganchillo en el aire y le dijo: «¿Y no te da miedo?». Y Nuria, con nueve años, le dijo que no. Su abuela le dio el colgante aquella misma tarde. Un cristal azul del tamaño de una almendra, con una montura de latón ya negra de años, colgado de un cordón de cuero.

«Es para que no te pierdas cuando el mundo se te adelante»,le dijo.

Su abuela murió once meses después, un martes, con la tele puesta.

Cristina tiró el flanco.

Nuria lo vio venir con medio segundo de ventaja y no entró. Se quedó quieta a propósito, dejó que el acero de Cristina le pasara a dos dedos del pecho, sintió el aire moverse, y oyó a Ramón desde la banda diciendo algo que no entendió. La de Barcelona ya estaba reponiendo la guardia, ya estaba rehaciendo la distancia, con la cara de quien acaba de comprobar que el asunto va por donde ella quería.

Ahora.

Nuria se fue al fondo.

No fue un fondo bonito. Fue un fondo de chica con un codo que le llevaba dos años doliendo y una beca que no podía permitirse perder. Fue un fondo de todo o nada, con el pie delantero plantado demasiado lejos y el cuerpo lanzado como si alguien la hubiera empujado por la espalda. Cristina, que esperaba la segunda intención, abrió la línea exterior y se encontró con que no había segunda intención, había una chica entera cayéndose hacia ella con una espada por delante.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.