Paulina Bennett sabía que algo andaba mal cuando Daphne dejó de comer sus nuggets de pollo favoritos y la miró con esos ojos color miel que había heredado de su padre.
—Mami —dijo la niña, dejando caer el tenedor sobre el plato con un tintineo deliberado—, ¿cuándo voy a tener un hermanito?
Era la tercera vez esa semana. La quinta ese mes. Paulina había perdido la cuenta de cuántas veces había escuchado esa pregunta en los últimos seis meses.
—Cariño, ya hablamos de esto —respondió Paulina, tratando de mantener la voz calmada mientras recogía los juguetes dispersos por la sala—. Los hermanitos no aparecen así como así.
—Pero Emma de mi clase tiene dos hermanos —insistió Daphne, cruzando sus bracitos con una determinación impropia de una niña de cinco años—. Y Sofía tiene uno en camino. Su mamá tiene una panza grandota.
Paulina dejó los juguetes en la canasta y se sentó frente a su hija. Daphne tenía el cabello castaño recogido en dos coletas desparejas que ella misma había insistido en hacerse esa mañana. Llevaba puesto su vestido de princesa favorito, el morado con brillantina que se negaba a quitarse incluso para dormir.
—No todas las familias son iguales, mi amor. Algunas tienen muchos hermanos, otras solo uno...
—O ninguno —interrumpió Daphne con un puchero—. Como yo.
El comentario le dolió más de lo que Paulina quiso admitir. Ella también había crecido como hija única. Conocía esa soledad particular, ese deseo de tener alguien con quien compartir secretos, peleas tontas, complicidad. Alguien que entendiera exactamente de dónde venías porque venía del mismo lugar.
—Tú me tienes a mí —dijo Paulina, acariciando la mejilla de su hija.
—No es lo mismo —Daphne bajó la mirada—. Yo quiero alguien que juegue conmigo. Que duerma en mi cuarto. Que vea películas conmigo cuando tú estás cansada.
Paulina sintió una punzada de culpa. Era cierto que las últimas semanas había estado más agotada de lo normal. El proyecto en la oficina la estaba consumiendo, y cuando llegaba a casa solo quería dejarse caer en el sofá. Daphne había estado jugando sola más tiempo del que debería.
—Prometo que este fin de semana hacemos algo especial, ¿vale? Tú y yo. Podemos ir al parque de diversiones que tanto te gusta.
—No quiero ir al parque —la voz de Daphne se quebró ligeramente—. Quiero un hermanito. O una hermanita. Me da igual.
Paulina suspiró. No era una conversación nueva, pero últimamente Daphne había intensificado su campaña. Dejaba dibujos de "familias felices" con cuatro personajes en el refrigerador. Señalaba cada bebé que veían en la calle. Había empezado a rezar por un hermano antes de dormir.
—Daph, ya sabes que papi y yo ya no estamos juntos...
—¡Pero pueden tener un bebé sin estar juntos! —exclamó Daphne con la lógica aplastante de los cinco años—. Jenny de mi clase dice que su mamá y su papá no viven juntos pero ella los ve a los dos. ¡Es fácil!
"Fácil", pensó Paulina con amargura. Nada relacionado con Daniel había sido fácil en los últimos tres años.
Se habían separado cuando Daphne tenía dos años, después de cinco años de matrimonio que habían pasado de ser apasionados a ser apenas tolerables. No hubo infidelidades ni grandes traiciones, solo el lento desgaste de dos personas que descubrieron que querían cosas diferentes de la vida. Daniel quería aventura, espontaneidad, libertad. Paulina quería estabilidad, rutina, un plan.
El divorcio había sido civilizado, casi quirúrgico en su eficiencia. Custodia compartida, fines de semana alternados, días festivos divididos con precisión matemática. Se hablaban solo de lo necesario: horarios de Daphne, citas médicas, eventos escolares. Habían perfeccionado el arte de ser cordiales sin ser cercanos.
—Mi amor, traer un bebé al mundo es algo muy serio —intentó explicar Paulina—. Necesitas dos personas que se quieran mucho y que quieran estar juntas.
—Ustedes se quisieron mucho —dijo Daphne, con esa sabiduría inquietante que a veces demostraban los niños—. Mami, yo los vi en las fotos. Ustedes sonreían mucho.
Paulina parpadeó rápidamente. Era verdad. Había fotos donde sonreían, donde parecían inmensamente felices. La boda en la playa, el viaje a Italia, el día que nació Daphne. Momentos congelados en el tiempo donde todo parecía posible.
—Las cosas cambian, cariño.
—Pero pueden cambiar otra vez —Daphne la miró con esperanza—. Papi siempre pregunta por ti. Y tú siempre arreglas tu cabello cuando sabes que vas a verlo.
Paulina sintió que se ruborizaba. ¿Era tan obvia?
—Eso es solo... educación.
—Por faaavor —Daphne alargó la palabra de esa manera que hacía imposible negarle cualquier cosa—. Es lo único que quiero para mi cumpleaños.
—Tu cumpleaños es en siete meses.
—¡Entonces tienes mucho tiempo!
Paulina no pudo evitar reír ante la lógica infantil. Pero cuando Daphne se bajó de la silla y fue a su cuarto arrastrando los pies, con los hombros caídos en derrota, la risa se desvaneció.
Esa noche, después de acostar a Daphne y escuchar su susurro esperanzado de "por favor, Dios, manda un hermanito", Paulina se sirvió una copa de vino y se sentó en el sofá. La casa estaba demasiado silenciosa. Siempre lo estaba cuando Daphne dormía.
Tomó su teléfono y sin pensarlo demasiado, abrió Instagram. No debería hacerlo, lo sabía. Pero sus dedos ya estaban escribiendo el nombre de Daniel en el buscador.
Su perfil seguía siendo público. Ahí estaba su última foto: Daniel en una cafetería, sonriendo con ese gesto torcido que siempre le había parecido encantador. El pie de foto decía algo sobre disfrutar los pequeños momentos. Tenía tres días de antigüedad.
Se veía bien. Demasiado bien, si era honesta. El cabello un poco más largo, la barba recortada con precisión. Seguía usando esas camisas de lino que ella solía plancharle los domingos.
Cerró la aplicación bruscamente, sintiéndose ridícula.