Pasaron cinco días sin noticias de Daniel. Cinco días en los que Paulina revisó su teléfono obsesivamente, sobresaltándose con cada notificación, cada vez más convencida de que su respuesta sería un rotundo no.
El miércoles por la noche, mientras preparaba la cena, su teléfono finalmente vibró con un mensaje de él.
¿Puedes hablar mañana? Después de dejar a Daphne en la escuela. Hay una cafetería nueva cerca de tu oficina. The Daily Grind. ¿10 am?
Paulina leyó el mensaje tres veces, tratando de descifrar alguna pista en esas pocas palabras. Nada. Era completamente neutral, imposible de interpretar.
"Ahí estaré", respondió simplemente.
Esa noche durmió mal nuevamente. Se quedó mirando el techo, imaginando cien escenarios diferentes. Daniel diciendo que no. Daniel diciendo que sí. Daniel proponiéndole que volvieran a intentarlo como pareja primero. Daniel riéndose de ella y diciéndole que había consultado con un abogado y que estaba completamente loca.
Cuando llegó la mañana, tenía ojeras profundas que ni siquiera el corrector más caro podía disimular. Se cambió de ropa cuatro veces antes de decidirse por un vestido simple y profesional. No quería verse como si estuviera tratando demasiado, pero tampoco quería verse descuidada.
Dejó a Daphne en la escuela a las 8:30, llegó a su oficina solo para dejar su bolso y salió de inmediato hacia la cafetería. Llegó quince minutos antes, lo cual fue un error porque le dio demasiado tiempo para ponerse más nerviosa.
Daniel llegó exactamente a las 10. Paulina lo vio a través del ventanal de la cafetería, caminando por la acera con las manos en los bolsillos, una expresión seria en su rostro. Llevaba una camisa gris y jeans oscuros. Se había afeitado la barba que había llevado el fin de semana anterior.
Entró, la vio, y caminó hacia su mesa con pasos lentos y deliberados.
—Hola —dijo, sentándose frente a ella.
—Hola.
Ordenaron café. Ninguno de los dos tocó los menús de comida. La mesera, percibiendo la tensión, se alejó rápidamente después de tomar sus órdenes.
Daniel tamborileó los dedos sobre la mesa, un hábito nervioso que Paulina recordaba bien. Solía hacerlo antes de presentaciones importantes en el trabajo, antes de conversaciones difíciles con sus padres.
—He estado pensando —comenzó finalmente—. De hecho, no he hecho otra cosa más que pensar en los últimos cinco días.
Paulina asintió, sin atreverse a interrumpir.
—Hablé con mi terapeuta.
—¿Sigues yendo a terapia? —preguntó Paulina, sorprendida.
—Desde el divorcio. Me ayudó mucho al principio y simplemente... nunca dejé de ir —Daniel se encogió de hombros—. De cualquier forma, le conté sobre tu propuesta.
—¿Y qué dijo?
—Que probablemente estábamos locos los dos —Daniel esbozó una media sonrisa—. Pero también dijo que si íbamos a hacerlo, necesitábamos entrar con los ojos bien abiertos. Ninguna ilusión romántica, reglas claras, expectativas realistas.
El corazón de Paulina comenzó a latir más rápido.
—¿Entonces... estás considerándolo seriamente?
Daniel tomó aire profundamente.
—Voy a decir que sí.
Paulina sintió que el mundo se detenía.
—¿Qué?
—Voy a hacerlo. Voy a ayudarte a tener otro bebé —Daniel la miró directamente a los ojos—. Pero con condiciones. Muchas condiciones.
Paulina no podía creer lo que estaba escuchando. Había estado tan convencida de que diría que no, que por un momento se preguntó si estaba soñando.
—Daniel, yo... no sé qué decir.
—No digas nada todavía. Déjame terminar —llegó el café, pero ninguno lo tocó—. Pasé estos cinco días haciendo una lista. Literalmente, una lista escrita de pros y contras, de posibles complicaciones, de reglas que necesitaríamos.
Sacó su teléfono y abrió una nota. Paulina vio que efectivamente había una lista larga.
—¿Hiciste una lista? —no pudo evitar sonreír ligeramente.
—Sabes que siempre hago listas —Daniel también sonrió brevemente antes de ponerse serio nuevamente—. Okay, aquí está la cosa. Si vamos a hacer esto, necesito que estés de acuerdo con lo siguiente.
Paulina asintió, ahora completamente concentrada.
—Primero: vamos a un abogado. Necesitamos un acuerdo de custodia establecido antes de que siquiera intentemos concebir. No quiero que haya ninguna ambiguedad legal sobre este bebé.
—De acuerdo.
—Segundo: esto no cambia nuestra relación. No estamos volviendo a estar juntos. No estamos "intentándolo" como pareja. Esto es estrictamente sobre darle un hermano a Daphne. ¿Entendido?
—Completamente —dijo Paulina, aunque sintió una pequeña punzada que no quiso examinar demasiado de cerca.
—Tercero: cuando quede embarazada, vamos a terapia de co-paternidad. Los dos. Regularmente. Para asegurarnos de que estamos manejando esto de la manera más saludable posible.
—Me parece bien.
—Cuarto: —Daniel hizo una pausa, claramente incómodo con este punto—. Sobre el proceso de... concepción. Necesitamos establecer cómo va a funcionar esto.
Paulina sintió que se ruborizaba. Habían evitado cuidadosamente este tema en su conversación anterior.
—¿Qué... qué estás proponiendo?
—Honestamente, no lo sé —admitió Daniel—. Podríamos hacerlo de la manera tradicional, o podrías considerar inseminación artificial. Sería menos... complicado emocionalmente.
—Eso es caro. Y artificial. Si vamos a hacer esto, yo... —Paulina se obligó a mantener contacto visual—. Preferiría hacerlo naturalmente.
Daniel asintió lentamente, el rubor también visible en su cuello.
—Okay. Entonces necesitamos reglas para eso también. Nada de quedarnos después. Nada de dormir juntos en el sentido literal. Hacemos lo que tenemos que hacer y mantenemos límites claros.
—De acuerdo —dijo Paulina, aunque la idea la hacía sentir incómoda de una manera que no podía explicar completamente.
—Quinto: Daphne no puede saber lo que estamos haciendo. No hasta que estés embarazada y sea seguro. No quiero que se ilusione y luego se decepcione si toma tiempo o si no funciona.