El Deseo de Daphne

Capítulo 5

Los siguientes diez días pasaron en una nebulosa extraña. Paulina se encontró hiperconsciente de cada interacción con Daniel, cada mensaje de texto sobre Daphne ahora cargado con el peso de lo que estaba por venir.

El jueves por la noche, mientras acostaba a Daphne, su aplicación le notificó que entraría en su ventana fértil en dos días. Miró la pantalla durante un largo momento antes de escribirle a Daniel.

"Sábado sería el día óptimo. ¿Tu apartamento o el mío?"

Borró el mensaje. Demasiado clínico. Volvió a escribir.

"Según mi ciclo, el fin de semana sería buen momento. ¿Funciona para ti?"

También lo borró. Sonaba como si estuviera programando una reunión de negocios.

Finalmente escribió simplemente:

Paulina: Este fin de semana. Sábado en la noche, si estás disponible.

La respuesta de Daniel llegó quince minutos después.

Daniel: Okay. ¿En mi lugar? Daphne está con mi mamá ese fin de semana, así que tendré privacidad.

Paulina: Perfecto. ¿A las 8?

Daniel: Ahí te veo.

Paulina dejó el teléfono y se cubrió la cara con las manos. Esto estaba pasando realmente. En dos días, ella y Daniel iban a...

No podía ni siquiera completar el pensamiento.

El viernes en el trabajo fue tortuoso. No podía concentrarse en nada. Mariana la encontró en el baño, mirándose en el espejo con expresión de pánico.

—¿Mañana? —preguntó Mariana, cerrando la puerta detrás de ella.

—Mañana —confirmó Paulina.

—¿Cómo te sientes?

—Como si fuera a vomitar. O desmayarme. O ambas cosas.

—Es solo sexo, Pau. Ustedes ya lo han hecho antes.

—Hace seis años. Y entonces estábamos casados. Esto es... diferente.

—¿Ya decidiste qué te vas a poner?

Paulina la miró horrorizada.

—¿Importa lo que me ponga?

—Claro que importa. Quieres sentirte segura, ¿no? Aunque sea algo simple, algo que te haga sentir cómoda.

Paulina no había pensado en eso. Esa noche, después de acostar a Daphne, abrió su clóset y se quedó mirando su ropa durante veinte minutos. ¿Un vestido era demasiado? ¿Jeans demasiado casual? ¿Lencería demasiado sugestivo?

Finalmente eligió un vestido sencillo de color azul marino. Nada espectacular, pero favorecedor. Se probó tres veces antes de dejarlo sobre la silla de su habitación.

El sábado transcurrió con una lentitud agonizante. Llevó a Daphne a casa de Daniel a las diez de la mañana. Su ex suegra, Carmen, recibió a la niña con los brazos abiertos.

—¡Mi princesa! Vamos a hornear galletas hoy. ¿Te parece?

—¡Sí, abuela! —Daphne saltó emocionada.

Daniel estaba en la entrada, claramente tan nervioso como Paulina. Intercambiaron una mirada breve pero cargada.

—Nos vemos mañana, cariño —dijo Paulina, besando la frente de Daphne.

—Adiós, mami. Adiós, papi.

De vuelta en su apartamento, Paulina intentó hacer cosas normales. Limpió. Vio una película. Intentó leer. Nada funcionó para calmar sus nervios.

A las seis, se duchó. A las siete, se vistió. A las siete y media, ya estaba lista y mirando el reloj cada treinta segundos.

A las siete cuarenta y cinco, tomó su bolso y sus llaves. Si llegaba temprano, peor. Al menos no estaría sentada en su apartamento volviéndose loca.

Tocó la puerta del apartamento de Daniel exactamente a las ocho.

Él abrió casi inmediatamente, como si hubiera estado esperando del otro lado. Llevaba jeans y una camiseta gris simple. Se veía tan nervioso como ella se sentía.

—Hola —dijo.

—Hola —respondió Paulina, entrando.

El apartamento de Daniel era más pequeño que el que habían compartido cuando estaban casados, pero era acogedor. Había juguetes de Daphne en un rincón, fotos de ella en las paredes. Olía vagamente a la colonia que él siempre usaba.

—¿Quieres algo de tomar? —preguntó Daniel, cerrando la puerta.

—Agua estaría bien.

Fue a la cocina mientras Paulina se quedaba parada incómodamente en la sala. Regresó con dos vasos de agua. Ambos bebieron como si estuvieran deshidratados en el desierto.

—Esto es raro —dijo Daniel finalmente.

—Extremadamente raro —concordó Paulina.

—¿Cómo... cómo hacemos esto?

Paulina soltó una risa nerviosa.

—Honestamente, no tengo idea. Supongo que solo... ¿vamos a tu habitación?

—Sí. Okay. Tiene sentido.

Caminaron hacia el dormitorio como si estuvieran yendo al patíbulo. Daniel había limpiado, Paulina lo notó. La cama estaba hecha con sábanas limpias, la habitación olía fresca.

Se quedaron parados junto a la cama, ninguno sabiendo exactamente cómo proceder.

—¿Deberíamos... apagar la luz? —sugirió Daniel.

—No lo sé. ¿Tú quieres?

—No tengo preferencia. Lo que sea que te haga sentir cómoda.

—Tal vez dejemos una lámpara encendida. Total oscuridad podría ser... raro.

—Buena idea.

Daniel apagó la luz principal y dejó encendida la lámpara de la mesita de noche. La luz tenue llenó la habitación.

Paulina se sentó en el borde de la cama. Daniel se sentó a su lado, manteniendo una distancia cuidadosa.

—Pau, si no quieres hacer esto...

—No —lo interrumpió—. Quiero. Es solo que... han pasado años. Y las circunstancias son tan diferentes.

—Lo sé. Para mí también es extraño.

Se quedaron sentados en silencio por un momento.

—¿Recuerdas nuestra primera vez? —preguntó Paulina de repente.

Daniel sonrió ligeramente.

—En tu apartamento de estudiante. Tu compañera de cuarto casi nos interrumpe.

—Y tú estabas tan nervioso que tiraste la lámpara de la mesita.

—En mi defensa, esa lámpara estaba muy mal colocada.

Ambos rieron suavemente, y algo de la tensión se disipó.

—¿Mejor? —preguntó Daniel.

—Un poco.

Daniel se giró hacia ella, su expresión más seria ahora.

—Podemos tomarnos esto con calma. No hay prisa.

Paulina asintió, y entonces, sin pensar demasiado, se inclinó y lo besó.




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