El segundo mes comenzó con una determinación renovada. Paulina se dijo a sí misma que esta vez sería diferente. Esta vez funcionaría.
Pero también notó algo más: los encuentros con Daniel se estaban volviendo menos incómodos. Tal vez demasiado cómodos.
—¿Quieres pizza antes? —preguntó Daniel cuando ella llegó un martes por la noche—. Pedí de ese lugar que solíamos amar.
Paulina vaciló en el umbral. Compartir pizza se sentía... peligrosamente doméstico.
—No debería quedarme mucho tiempo. Tengo trabajo pendiente.
—Es solo pizza, Pau. Ambos tenemos que comer.
Terminó quedándose. La pizza estaba deliciosa, exactamente como la recordaba. Se sentaron en el sofá de Daniel, con la caja entre ellos, hablando de cosas triviales. El nuevo proyecto de él en el trabajo. La presentación que ella tenía que dar la próxima semana. La maestra nueva de Daphne que parecía más estricta que la anterior.
Era fácil. Demasiado fácil.
—¿Recuerdas cuando pedíamos pizza todos los viernes? —dijo Daniel, limpiándose las manos con una servilleta.
—Y veíamos maratones de esas series policiacas terribles.
—Oye, esas series no eran terribles. Eran... entretenimiento de calidad cuestionable.
Paulina rió, una risa real, no forzada.
—Eran horribles y lo sabes.
—Okay, eran bastante malas —admitió Daniel con una sonrisa—. Pero me gustaba verlas contigo.
El comentario quedó flotando en el aire, cargado con un peso que ninguno de los dos quería reconocer.
—Deberíamos... —comenzó Paulina.
—Sí —Daniel se puso de pie rápidamente—. Sí, debemos.
Esa noche fue diferente a las anteriores. Más lenta. Más... conectada. Y cuando Paulina se vistió después, se dio cuenta de que había olvidado completamente que esto era supuestamente solo transaccional.
—Me quedé más tiempo de lo planeado —dijo, mirando su reloj—. Ya son casi las once.
—¿Te arrepientes? —preguntó Daniel, y había algo vulnerable en su voz.
—No —respondió ella honestamente—. Solo... necesito tener más cuidado con el tiempo.
Pero ambos sabían que no estaba hablando realmente sobre el tiempo.
♡♡♡
El jueves, Paulina llegó determinada a mantener las cosas estrictamente profesionales. Nada de quedarse después. Nada de conversaciones personales.
Daniel abrió la puerta con una sonrisa.
—Hola. ¿Todo bien? Te ves tensa.
—Estoy bien. Solo fue un día largo.
—¿Quieres hablar de ello?
—No. Deberíamos solo... hacer lo que vinimos a hacer.
Daniel parpadeó ante su tono brusco, pero asintió.
—Claro. Como quieras.
Fue mecánico, incómodo, todo lo que Paulina había intentado evitar en los encuentros anteriores. Cuando terminó, se vistió rápidamente.
—Tengo que irme.
—Paulina, ¿hice algo mal?
—No. Solo necesito irme.
—Espera —Daniel la tomó suavemente del brazo—. ¿Qué pasó? El martes estábamos bien. Hoy es como si no quisieras estar aquí.
Paulina se soltó de su agarre.
—Estoy aquí para quedar embarazada, Daniel. No para... no para recrear lo que teníamos.
—No estaba tratando de...
—¿No? ¿La pizza? ¿Las conversaciones sobre los viejos tiempos? ¿Todo ese tiempo extra que pasamos juntos?
Daniel la miró, confundido y herido.
—Pensé que estábamos siendo amigables. Que estábamos manejando esto bien.
—Demasiado bien —dijo Paulina, y su voz se quebró ligeramente—. Se está sintiendo demasiado bien, Daniel, y eso me asusta.
La comprensión cruzó el rostro de Daniel.
—¿Tienes miedo de que estemos cruzando líneas?
—¿Tú no?
Daniel no respondió inmediatamente, lo cual fue respuesta suficiente.
—Tal vez —admitió finalmente—. Pero ¿es eso tan malo? Ser amigables entre nosotros, llevarnos bien...
—Nos divorciamos por una razón —le recordó Paulina—. Varias razones. Y ninguna de esas razones ha cambiado.
—¿Estás segura de eso?
La pregunta la golpeó como un puñetazo.
—¿Qué quieres decir?
Daniel se pasó una mano por el cabello, ese gesto familiar de frustración.
—Tal vez hemos cambiado, Pau. Han pasado tres años. Las personas cambian.
—No lo suficiente —dijo Paulina, aunque su voz sonaba menos segura—. Daniel, no podemos hacer esto. No podemos empezar a pensar que...
—¿Que qué? ¿Que tal vez podríamos intentarlo de nuevo?
—Exacto. Porque no podemos. No debemos.
—¿Por qué no?
—Porque la última vez casi nos destruimos mutuamente —las palabras salieron más fuerte de lo que Paulina pretendía—. Porque peleábamos todo el tiempo. Porque nos volvimos las peores versiones de nosotros mismos. Porque Daphne se la pasaba llorando escuchándonos discutir.
Daniel retrocedió como si lo hubiera golpeado.
—Pero ahora no peleamos.
—Porque apenas nos hablamos. Y cuando lo hacemos, es sobre Daphne. Mantenemos distancia, Daniel. Es la única manera de que esto funcione.
—¿Y si no quiero distancia? —la pregunta salió en voz baja, pero resonó en el espacio entre ellos.
Paulina sintió que su corazón se aceleraba.
—No digas eso.
—¿Por qué no? Es verdad. Estos últimos meses, viéndote de nuevo, pasando tiempo contigo... me he dado cuenta de cuánto te extrañé.
—Daniel, para.
—Te extrañé, Pau. No solo como madre de mi hija, sino como... como tú. Tu risa, tus opiniones sobre todo, la manera en que arrugabas la nariz cuando estás concentrada...
—No puedo escuchar esto —Paulina se dirigió hacia la puerta.
—¿Por qué? ¿Porque tú también lo sientes?
Paulina se detuvo con la mano en la manija.
—No importa lo que sienta. Esto es por Daphne. Solo por Daphne.
—¿Estás segura?
Paulina abrió la puerta sin mirarlo.
—Nos vemos el domingo para recoger a Daphne.
—Pau...
Pero ella ya se había ido, bajando las escaleras rápidamente, parpadeando para contener las lágrimas.
En su auto, se permitió llorar. Porque Daniel había tocado la verdad que ella había estado evitando cuidadosamente.