El lado oculto de la Cueva Vespersie

Capítulo 2

Desde este punto, el cielo se ve todavía más hermoso. No recuerdo cómo llegué hasta este lugar. Podría decir que lo último que vi fue: nada. Desde que todo quedó oscuro en la cueva, no supe más.
Me levanté rápidamente al sentir dolorcito en la espalda ocasionado por las piedras que se encontraban en el camino. Le di un último vistazo a la entrada de la cueva y decidí salir de aquel lugar tan escalofriante.
Caminé hacia casa aún pensando en lo que pudo haber sido aquella sombra. Regresé a la realidad gracias a la banqueta con la que tropecé. Sacudí la cabeza un par de veces para tratar de olvidarlo todo. Al llegar, fui a darme una ducha para poder dormir bien, odio meterme a la cama sucia. Terminando escuché cómo la puerta se cerró, supuse que los chicos habían llegado por fin.
—Sophia, Enzo —salí del baño—, estoy por aquí.
Lo raro fue que no escuché gritos de peleas, así que empecé a preocuparme. Me dirigí muy cuidadosamente hacia la entrada para ver de quién se trataba, pero no vi a nadie. Estaba empezando a asustarme. Al girar para regresar, se me escapó una paliza.
—Lo siento, lo siento —me cubrí la boca con la mano—, pensé que eras algún ladrón. Claro, si apareces de esa manera en mi casa sin tener la llave, pensaría justo eso. Así que no puedes culparme por la paliza —me cubrí bien con la toalla.
—Claro, fue mi culpa por no haber dicho nada al entrar —hizo una mueca de dolor—. Lo siento también. Recuérdame escapar de ti cuando te molestes —se sobó el hombro—. Te busqué en todas partes y no te encontré. Supuse que estabas en casa, así que le presté las llaves a Enzo —las mostró—. ¿Por qué te fuiste?
—Primero deja que me ponga algo —me dirigí a la habitación—. Mira algo de televisión, come si quieres o… algo así —susurré al saber que solo yo podía escucharme.
Después de ponerme la pijama, peinarme y rociarme perfume, por fin pude ir con él. Nicolás se encontraba en el sofá, con su tobillo derecho sobre la rodilla izquierda y su brazo reposado en la parte superior del respaldo. Estaba viendo una revista que tomó de la mesita.
—Claramente vendría a casa —me senté a su lado—, no tenía nada más que hacer. Me estaba empezando a dar sueño.
—Lo raro es que jamás te había visto con sueño en las fiestas ant…
—Lo raro es que he cambiado —suspiré desviando la mirada—. Bueno, ni tanto. Pero no soy la misma desde que te fuiste.
—Yo diría que sigues siendo aquella chica dulce, tierna y buena con las personas.
—Y ese fue mi error —aseguré—, porque una vez que seas así con los demás y ya no haya marcha atrás, se aprovechan de eso.
—¿Hablas de mí? —preguntó confundido—. En cierto punto siento que dejaste de hablar de los demás y solo te enfocaste en mí —pensó—, ¿cierto?
—¿Te aprovechas de lo buena que soy para pensar eso? —giré a verlo—. Me podría triste si es así. Pero no te juzgo.
—¿Conoces mis pensamientos? —su tono de voz cambió a uno molesto—. No tienes derecho a tratarme de esa manera. Pensé que nuestro encuentro sería todo lo contrario a eso, pero creo que me he equivocado —se levantó—, pensé que era una buena persona.
Nicolás llegó a la puerta de dos zancadas.
—Me dio gusto verte —dijo apenas—, pero no creo poder verte después de esto. No quiero tratarte mal a causa de mi enojo —salió por fin.
Al saber que se había ido, me tiré al sofá mientras me cubría el rostro con las manos.
—A mí también me dio gusto verte de nuevo —susurré.
Por más que quisiera pensar en lo que recién sucedió con Nicolás, no puedo. Me pone triste, pero la cueva es la que invade mis pensamientos justo ahora. Creo que es la razón por la que no escuché cuando Sophia y Enzo llegaron.
—¿Leonor? —Enzo pasó varias veces su mano frente a mi rostro—. Creo que ha aprendido a dormir con los ojos abiertos —giró hacia Sophia.
—Claro que no —respondí de inmediato para asustarlo—, ya quisiera poder dormir con los ojos abiertos.
—No te lo recomiendo —tenía la mano sobre su pecho—, te ves horrible, casi me daba un paro cardíaco.
—Qué exagerado —me levanté de mala gana—. Me voy a dormir. Que descansen, amigos.
La luz que entraba por la ventana me obligaba a despertarme. Tuve la sensación de no haber podido dormir bien, creo que es por pensar casi toda la noche en la cueva. Esta misma tarde iré a explorarla para poder estar tranquila, creo que eso es lo malo de ser curiosa.
Fui de mala gana a darme una ducha. Al salir me encontré a Sophia recostada sobre la pared, sus brazos los dejaba caer como si ella también no quisiera nada.

—¿Podemos hablar? —se levantó—. He escuchado que han tenido una pelea con Nicolás —se lamentó—, y que se fue sin poder arreglar las cosas por miedo a decir o hacer algo en contra de su voluntad.
—Sí, es verdad —me dirigí a mi habitación—, hemos tenido una pelea. Y desde el fondo de mi corazón, espero que algún día podamos arreglarlo —suspiré—. Él dijo que no quería verme.
—Es una lástima —se lamentó—, creo que tanto él como tú tuvieron la culpa. Con esto no quiero hacerte sentir mal. Lo que quiero decir es que —se sentó en la cama—, también espero que puedan solucionar esto.
—Espera aquí —fui al baño para cambiarme.
Desde él podía escuchar cómo ella seguía hablando.
—Creo que ella también tuvo que ver en esto.
—No me importa ella —afirmé—, hay cosas más importantes.
—Nicolás, por ejemplo.
—No. Como la cueva —moví el cuerpo producto de un escalofrío.
Sophia me veía con mucha extrañeza, como si no supiera de lo que le estaba hablando. Recordé que, si yo no conocía la cueva, ella menos.
—¿Cueva?
—¡Ah, sí! Me topé con una cueva mientras arrancaba flores para decorar la casa. Eso no es lo escalofriante —suspiré—. Entré por pura curiosidad para ver qué se encontraba dentro de ella.
—Leonor, lo único que hay dentro de las cuevas son piedras, plantas secas y, en ocasiones, ríos subterráneos —se levantó de golpe—. ¿Llevabas una linterna por lo menos? Ir sola es muy peligroso.
—Sí —asentí—, llevaba una que encontré en la entrada. Y espera que no te he contado lo demás.
Enzo apareció interrumpiendo la conversación que teníamos.
—¿Qué es lo que falta? —frunció los ojos.
Empezó a inspeccionar mi habitación. Veía todo como si estuviera buscando algo. Sophia y yo observábamos muy detenidamente cada movimiento que hacía.
—¿Qué buscas? —Sophia se cruzó de brazos.
—El chocolate blanco que compré ayer —suspiró al no encontrarlo.
—Quizá no lo encuentras porque al llegar a casa te lo comiste enterito —alzó las cejas, aun con los brazos cruzados.
—¿De verdad? —se sentó en la cama—. Entonces… ¿de qué hablaban?
—Como decía —me recosté sobre el tocador—, estando adentro pude ver casi todo gracias a la lámpara que encontré en la entrada. Pero…
Me quedé pensando de nuevo en lo que sucedió mientras veía a través de la ventana, hasta que Enzo me sacó de mis pensamientos.
—¿Pero?
—No era la única en la cueva —sacudí varias veces la cabeza—, había alguien más conmigo.
—¿Cómo que alguien más? —Sophia me vio con extrañeza—. Quizá haya sido la sombra de algunas ramas. Además, tendrías que estar tranquila, había otra persona contigo.
Lo que Sophia decía tenía sentido, pero lo que no sabe es que: la sombra no era humana, era una silueta extraña.
—Sophia tiene razón —trató de calmarme—, no creas todo lo que tu imaginación te quiere hacer creer. No existen criaturas extrañas.
—La sombra no parecía la de una persona, era totalmente diferente a la mía —afirmé—. Quizá criaturas extrañas nos invaden.
—Leonor, por favor —Sophia se levantó—, eso solo pasa en las películas.
—Creo que deberías dejar de imaginar tanto —Enzo imitó a Sophia.
Tan pronto como se levantaron, salieron de mi habitación dejándome como una loca. Debo admitir que soy fan de la fantasía y amo imaginarme cosas de ese tipo, pero ellos piensan lo contrario.
Este día no tenía ganas de buscar trabajo, de todas formas, siempre me dicen lo mismo. Prefiero esperar unos días para que me avisen si necesitan alguna empleada. Mientras me preparaba unos panqueques para desayunar, se me ocurrió una gran idea. Apagué la hornilla y salí corriendo hacia la sala.
—Chicos —estaba emocionada—, se me ha ocurrido una gran idea.
—¿Un duende? —Sophia me vio.
—¿Un elfo? —Enzo dejó la revista en su lugar.
—No —reí—, no se trata de la cueva. Mientras preparaba panqueques se me ha ocurrido que —me hice la misteriosa—, podríamos poner nuestro propio negocio. Podría ser de café, bocadillos, ropa, lo que sea puede funcionar si lo intentamos.
Al parecer les ha gustado la idea. Ellos estaban muy impresionados por la idea que se me ha ocurrido.
—Me ha encantado la idea —Sophia fue por una libreta.
—Pero, ¿cómo empezamos? —se acomodó en el sofá—. No tengo la menor idea de cómo hacerlo.
—Yo menos, pero vamos a intentarlo —me senté a su lado—. ¿Empezamos con el lugar?
—Yo diría que empecemos a ver qué es lo que venderemos —afirmó como si tuviera mucha experiencia en esto.
Empezamos a compartir ideas sobre qué se podría vender mientras Sophia las escribía en su libreta.
—¿Café? —pregunté dudosa.
—¿Pan? —Enzo también dudó.
—¿Qué tal si vamos a esos lugares para ver qué tanto se vende? —Sophia cerró la libreta con la lapicera dentro de ella.
—Hablas como si tuvieras mucha experiencia —saqué aire de los labios mientras aplaudía—. Me sorprendes.
Sophia solo se dedicó a reír mientras iba a cambiarse. Enzo también se dirigió a su habitación. ¿Yo? Yo me quedé en el sofá pensando en algunas. Pero, de la nada, Nicolás invadió mi mente. Me pregunto, ¿qué hubiera pasado si lo hubiera detenido para que podamos arreglar las cosas esa misma noche? Como sea, creo que el destino tenía planeado otra cosa para ambos. Respetaré su decisión.
Ignoré esos pensamientos y seguí con los del negocio. Sophia y Enzo aparecieron por aquella puerta en la que, cada vez que la cruzan, lo hacen peleando. Esta vez no fue así, ellos intercambiaban ideas. Ellos realmente estaban emocionados.
—Estamos listos —tomó su bolso y en ella, metió la libreta—, necesitamos ir a esos lugares ahora mismo.
—Estoy de acuerdo —Enzo asintió.
—Bueno —respiré profundo—, entonces hay que ir.




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