Podía ver gracias a la lámpara, pero las ramas me impedían continuar. Aun así, busqué espacios que me permitían continuar el camino. Llegué a un punto en donde ya no se escuchaba nada, a excepción del ruido que hacía al pisar las ramas y mi voz, que rebotaba por toda la cueva. Sophia tenía razón, encontré un río subterráneo. Era hermoso. El agua era tan clara que podía ver las rocas que se encontraban dentro.
Al ver que había llegado al “fondo” de la cueva, decidí regresar. Pensé que sería fácil, ya que conocía el camino, pero me encontré con algo que no había visto de ida. Cuatro caminos. Si regresaba, llegaba de nuevo al “fondo” de la cueva, y no es como si tuviera otra salida. Tenía que tomar uno de esos caminos.
—¡Maldición! —mi voz rebotó por toda la cueva—. ¿Qué se supone que haga ahora?
Ninguno de los caminos que se encontraban frente a mí se me hacía familiar. Hubo uno que llamó mi atención al momento de acercarme. Una luz muy llamativa salía de él.
—Este es el camino que me llevará de regreso —susurré.
A medida que avanzaba, el frío se hacía presente.
—¿Será este? —de mis labios salió un vaho.
El eco de mi propia voz fue la única respuesta.
El camino era muy largo, tanto que me senté en una de las rocas para poder descansar un rato. Unas cinco veces haciendo lo mismo me llevó a la salida.
Un escalofrío recorrió de inmediato mi cuerpo al darme cuenta de que el lugar al que había llegado no se trata de Borleside. No era ni la mínima parte de ella. El frío me invadió de inmediato, así que solo me quedó cubrirme con mis brazos para tratar de obtener un poco de calor.
Este lugar estaba completamente nublado y las casas no existían. Parecía algún reino por todos los castillos que había frente a este grupo de árboles. De diferentes tamaños, claro. Un reino oscuro. Quise averiguar qué lugar era este, así que me adentré aún más. Los habitantes lucían un tanto extraños, algunos con vestimenta muy formal y otros casual. Noté que aquí solo existían los colores negro, gris, blanco, café oscuro y vino.
A medida que avanzaba, podía ver lo extraño que se comportaban los habitantes. Algo en mí me decía que no tenía que estar aquí, pero la curiosidad por saber sobre este reino me impedía regresar. Todo parecía sacado de una historieta, blanco y negro. Las calles empedradas eran muy pocas, por lo general todo estaba rodeado de naturaleza. Vi una banca a lo lejos, así que pensé que sería una buena idea descansar antes de salir de aquí. Me dirigí hacia ella aunque me causara inseguridad caminar por estas calles. Iba muy atenta viendo hacia todos lados, eso creí hasta que choqué con algo. Al separarme para ver de qué se trataba, me di cuenta de que era uno de los habitantes de este reino.
—Hola —me vio de pies a cabeza—, ¿eres la nueva? Escuché que vendría pronto para mejorar sus técnicas.
Mi instinto me dijo que tenía que comportarme como ellos para no correr peligro. Es lo primero que vino a mi mente al estar en un lugar muy diferente al que estoy acostumbrada, el peligro.
—Claro, ella misma —relajé el cuerpo—, vine para aprender nuevas técnicas.
—Bueno, la espaivol será tu favorita —suspiró—. Muero porque veas cómo la sangre sale al momento de cortar —sonrió emocionado.
—¿Sangre? —el cuerpo me empezó a temblar.
—Claro —frunció los ojos.
—¡Ah, sí! Amo la sangre —sonreí nerviosa—. Muero por empezar.
—¿Por qué tu cuerpo tiembla? —dudó—. Deberías de estar acostumbrada a este clima.
—Es que en mi reino hacía calor.
Supe que había hecho algo mal al notar un sonido raro proveniente de sus labios. Él empezó a verme muy fijamente. Tenía tanto miedo que salí corriendo hacia la cueva. Gracias a las ramas que estaban sobre el suelo, tropecé y me herí las rodillas. Al querer continuar, choqué con otro tipo.
—Por favor —supliqué—, ayúdame a salir de aquí.
—¿Tú eres? —me vio con extrañeza.
—Eso no importa, solo sácame de aquí —supliqué de nuevo—, no quiero morir.
Me di por vencida al ver que le pedía ayuda a uno de los habitantes de este reino. Me dejé caer al suelo con las rodillas estilando de sangre.
—Es ella —apareció aquel tipo con más habitantes—. Ella no pertenece aquí.
—Yo solo quiero salir de aquí —la voz apenas me salía.
Ellos me tomaron y a la fuerza me llevaron a uno de los tantos castillos. No podía ver nada de lo que se encontraba adentro porque tenía los ojos vendados.
Sentada en una silla de madera con los brazos y tobillos atados, escuché cómo alguien más se acercaba a la pequeña habitación sin ventanas.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —se aclaró la garganta.
—No sabemos —abrió la puerta—. Seguro viene en busca de algo.
Un tipo demasiado alto, de piel muy pálida y cabello ondulado de un tono rubio discreto. Era delgado al igual que su rostro bien definido. Lo que más llamó mi atención fueron sus manos alargadas y sus dos pares de dientes afilados. Lo sabía por la forma que tenían. Él se paró justo frente a mí con los brazos cruzados mientras me observaba muy detenidamente.
—Tráiganme el hacha y déjenme solo —pidió serio.
No podía hacerle preguntas de lo asustada que estaba. Al tener el hacha en sus manos y estar solos, no pude evitar cerrar los ojos mientras pensaba en mi fin. Pasaban los segundos y no sentía la cabeza separada de mi cuello, así que abrí los ojos. El hacha estaba posada sobre su hombro mientras la sostenía, su mano libre la tenía dentro de su bolsillo. Me veía con el cuello torcido hacia su derecha.
—¿Quién eres?
El tipo me veía fijamente mientras inclinaba lentamente la cabeza hacia la derecha, como si la pregunta le causara gracia.
—Alaric Perckinson, el encargado de ponerle fin a tu vida —sonrió de lado mientras sostenía el hacha sobre su hombro.
Él tomó el hacha con las dos manos y la puso detrás de su cuello para agarrar fuerza.
—¡Espera! —lo detuve—. Yo te conozco.