De un momento a otro me encontraba en la habitación de Alaric. Claro, los vampiros y sus superpoderes. Me acerqué a la puerta para comprobar si podía escuchar algo, pero no. Fue después cuando pude escuchar un poco de lo que sucedía en esa cocina.
—¿Cómo entraste? —Alaric se escuchaba sorprendido.
—Eso no importa —ella se aclaró la garganta—, ¿qué hacías?
—Comía —tosió un par de veces—, ¿no es evidente?
—¿Por qué hay dos platos?
—Tengo mucha hambre —se sentó.
—Están un poco separados.
—Elania —bufó—. Dime a qué vienes.
Elania, ¡qué nombre tan hermoso! Después de eso no pude escuchar más, así que fui a sentarme para esperar a que Alaric me dejara salir. Al ver que los minutos pasaban y él no aparecía, me dirigí de nuevo a la puerta para ver si había algo más que podía escuchar. Al querer apoyarme sobre la puerta, Alaric la abre, haciendo que me caiga delante de él.
—¿Qué haces? —bajó la mirada.
—¿Qué es lo que haces tú? —me senté en el suelo para comprobar qué tan grande era el raspón que me había ocasionado—. Tan solo mira lo que me has hecho.
—Yo simplemente venía a mi habitación —alzó las cejas—, no te he hecho nada. Eso te pasa por chismosa.
Me levanté mientras bufaba. Al recordar que estaba frente a un vampiro que ama la sangre, me cubrí rápidamente la herida.
—No la veas —me giré—, no quiero que me muerdas.
—¿Morderte? Ni porque fueras el último bicho en Nocturius lo haría.
—Qué grosero eres —fruncí los labios mientras inflaba ligeramente las mejillas—. ¡Auch, auch! —me quejé—. Realmente me duele mucho.
Me acomodé en la cama para poder limpiarme la herida. Alaric fue por una bolsa y después se acercó a mí.
—Qué bicho tan tonto —empezó a limpiarme la herida.
—¡Oye! Si vas a referirte así de mí —le quité la venda—, lo haré yo.
Se levantó dejando que yo terminara con ello. Mientras eso sucedía, empezó a contarme sobre las clases que iba a tomar. No me gusta recibir clases porque es como si me estuvieran mandando y yo odio que las demás personas tengan mando sobre mí.
—Lo veo innecesario —me levanté para poder salir.
—Es necesario estando en un lugar muy diferente al que estás acostumbrada —me siguió—. Seguro en tu mundo todo es color de rosas y hay unicornios.
—Es una ciudad —lo vi con extrañeza—, y no, no hay unicornios. ¿En verdad tengo que tomarlas?
—Si no quieres quedarte aquí para siempre, sí.
—Me niego.
Llegué de nuevo a la cocina e iba a sentarme, pero Alaric me detuvo. Me tomó de la muñeca y me vio muy fijamente por unos segundos. Después se dignó a soltarme y dio unos pasos hacia atrás.
Lo vi muy confundida mientras me sentaba para poder comer.
—No quiero ser alguien malo contigo —imitó lo que hice—, pero tienes que colaborar para que puedas sobrevivir en este lugar.
—Bien —tomé una porción de mala gana—. Lo haré, pero con una condición… Llenarás el refri y los estantes con lo que te pida. No pienso vivir aquí comiendo papas rellenas todos los días.
—Bueno —inclinó ligeramente la cabeza—, me agrada la idea. No tendré que cocinar o ir a la Cripta.
—¿Cripta? —ladeé la cabeza, sin comprender.
—Ves cómo sí son importantes las clases que Lucien te dará —sonrió de lado—. Es un lugar en donde todos los vampiros vamos a comer seguido.
—¡Ah! —reí—. Te refieres a un restaurante.
—¿Restaurante? —frunció la frente—. No tengo idea a lo que te refieres, pero deberías de conocerla. ¡Lo tengo! —se levantó, sobresaltando—. Ese será el lugar en donde pondrás a prueba lo que aprenderás con Lucien.
—Bueno —empecé a jugar con la comida—, mientras no esté encerrada por mí, está bien.
Quisimos estar en silencio para poder comer de una vez por todas, pero el ruido proveniente del sótano volvió a llamar nuestra atención. Esta vez, Alaric sabía lo que tenía que hacer. Me tomó de la muñeca y me sacó de la cocina, llevándome a la pequeña sala.
—Espérame aquí —se alejó para regresar.
Por suerte, puedo escuchar lo que pasa en la cocina al ser un lugar cercano a ella. Me senté prestando mucha atención.
—Elania, ¿vuelves a venir?
—Te he traído un postre, es tu favorito.
—No puedes aparecerte así como si nada por aquí. Invades mi privacidad.
No quise escuchar más, así que me alejé un poco. Mientras él regresaba, quise ver los cuadros con fotografías de Alaric cuando era pequeño. Los observaba por unos segundos y los dejaba de inmediato en su lugar. Uno de los tantos que había llamó mi atención. Lo tomé entre mis manos y le dediqué mi atención completa.
—Ni se nota que es un chupasangre —resoplé entre risas.
—Invades mi privacidad, ¿sabes? —me quitó el cuadro y lo devolvió a su lugar.
—No lo pude evitar. Lo siento.
Él evitó responderme y simplemente salió de la sala, así que lo seguí por pura curiosidad. Se dirigió hacia el sótano y, como buena curiosa que soy, claramente lo seguí. A medida que avanzábamos, el lugar se quedaba sin luz. Antes de que me diera cuenta, un sonido justo detrás de mí hizo que me lanzara sobre Alaric.
—¿Qué te sucede? —se alejó de mí enseguida.
—He escuchado algo detrás de mí —tomé aire con dificultad.
—No hay nadie más aquí —siguió avanzando, pero de repente se detuvo—. ¿Y tú qué haces aquí?
—Voy contigo, ¿no es evidente? —resoplé.
No le tomó importancia a lo que le había dicho, simplemente seguimos el camino tranquilamente, hasta que lo tomé del brazo.
—¿Ahora qué? —bufó.
—Te juro que hay alguien más con nosotros.
—Si vas a estar así en todo el camino, no te hubieras molestado en seguirme.
—Solo sigue —rodé los ojos—, qué molesto eres.
De esa manera, al fin llegamos. Alaric subió la palanca para iluminar el sitio. Al poder ver del todo bien, noté que solo había cajas empolvadas. Él iba de un lugar a otro como si estuviera buscando algo.
—¿Qué buscas? —arrugué la frente—. ¿Por qué todo está empolvado?