El mafioso es mi nuevo papá.

Capítulo 1 – El encuentro

El olor a whisky y humo llenaba la habitación. Mikhailo Volkov se recostó en el sillón más grande de la fiesta, un vaso dorado en la mano. Dos mujeres, que eran accesorios de su poder, se acomodaban a cada lado: una pierna sobre su regazo, la otra frotando la suya. Todo el lugar lo veía con respeto y otro puñado de gente le temía. Él sonrió apenas, dejando que la música y las luces crearan la impresión de un hombre intocable.

Cuando la multitud empezó a dispersarse, se levantó con tranquilidad y se llevó a una de ellas consigo. No hizo falta que nadie supiera qué seguía; sus movimientos, su porte y la forma en que desapareció hacia una habitación hablaban por él. La fiesta continuaba, pero Mikhailo ya no estaba; le ocasionaba gritos placenteros a una de sus acompañantes hasta dejarla temblando.

Al terminar su faena, al día siguiente llegó a la mansión de su madre; la halló en la biblioteca, observando las fotos que había tomado la prensa. Su mirada fría recorrió la portada de los periódicos: él con mujeres, con whisky, con una sonrisa arrogante que irritaba a cualquiera.

—¿Qué es esto? —dijo su madre, con un tono cortante—. Te vieron con varias mujeres… ¿cuándo vas a sentar cabeza? ¿Cuándo me vas a dar nietos?

Él soltó un suspiro, brusco y rápido, sin quitarse el abrigo.

—Recuerda lo que pasó con mi hermano, mamá —dijo—. No quiero familia, no quiero hijos y no te metas en eso.

Su madre cruzó los brazos, elegante en su vestido de seda, rodeada de mármol y cuadros antiguos.

—Bueno —dijo, con tono serio—. Me voy de viaje con tu hermana. Cuando regrese, no te quiero soltero. ¿Me entiendes?

Mikhailo dio un paso hacia ella, con la mirada fija y la voz helada:

—No voy a hacer lo que tú digas. Soy un hombre autosuficiente. Hago lo que me da la gana. Soy el maldito pakhan —abrió sus brazos, enfocando su mirada en su madre; sus noventa y siete años hacían lucir a su madre diminuta.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió, dejando atrás el lujo de la mansión y la frustración de su mamá.

—Preparan los autos ya. Me jodieron el día —solo hasta eso, para que varios hombres comenzaran a correr de un lado a otro. Subió a una camioneta negra y se enganchó los lentes en los ojos.

El auto recorría las calles de Ucrania; él solo se dedicaba a mirar al frente, no le importaba nada más, solo salir de los negocios que tenía en ese momento para ir a dormir la resaca del día anterior.

El restaurante estaba iluminado por luces cálidas. Sus hombres se movían con él entre las mesas; miraba hacia todos lados, controlando el lugar.

—Un hombre con el cabello más rubio que el de él y con el cabello corto hizo acto de presencia y le dio la mano.

—¿Roman? Siéntate, que no tengo mucho tiempo; me duele la maldita cabeza —tomó su vaso de whisky que le había servido un mesero y levantó una ceja—. ¿Bien? —Lucía relajado; se quitó los lentes dejándolos en la mesa y su cabello largo le llegaba más abajo del cuello. Su tono castaño claro con mechones rubios hacía que las meseras y las comensales presentes suspiraran al verlo, añadiéndole también el cuerpo fornido y ancho que tenía.

—Mikhailo, siempre directo al grano. Lo que te tengo es algo increíble de mercancía...

El hombre rubio de cabello corto no pudo continuar, porque un disparo rompió la rutina: una camioneta gris hizo un ruido al frenar y, a eso, le siguió el impacto de la misma, causando un estruendo que alertó a todos.

Mikhailo se levantó de inmediato, observando a un hombre que arrastraba a una mujer fuera de su vehículo. Una niña yacía entre los brazos de su madre, llorando y temblando.

Mikhailo reaccionó antes de pensarlo. Saltó de la silla, cruzando la calle, esquivando los autos, mientras su corazón medía cada segundo. Balas silbaban, los hombres caían, disparando con puntería. A su llegada, vio lo que nadie debía ver: el padre de la niña ya estaba muerto y su madre se metió en el medio, recibiendo el disparo que iba hacia ella.

El hombre no dudó, como su arma, y se giró sin cubrirse hacia los atacantes; abatió a cinco de ellos en un instante. Cuando se dieron cuenta de quién era el que disparaba, regresaron a sus autos y se fueron. Los hombres del pakhan habían acabado con algunos, pero lograron escapar otros.

Mikhailo extendió las manos; la menor temblaba y negaba con la cabeza, sin saber lo que ocurría. Pero vio a sus padres en el suelo y luego al hombre delante de ella.

Mikhailo se agachó y la cargó; no podía dejarla allí. Se acababa de quedar sin padres y, aunque a él no le gustaban los pequeños, lo poco que quedaba de su conciencia no le daba para dejarla sola en medio de ese desastre monstruoso.

—Shh… está bien —susurró, con voz tranquila, pero rara, extrañamente suave—. Tu mamá y tu papá… están dormidos. Tú y ella… no pueden estar con ellos ahora.

La niña lo miró con ojos grandes, llenos de miedo, sin comprender del todo. Mikhailo sintió un vacío extraño; nunca había tenido que enfrentarse a algo así. Un mafioso, acostumbrado a controlar armas, dinero y vidas enteras, ahora estaba frente a un ser tan pequeño que dependía totalmente de él.

No había instrucciones. Tampoco reglas. Solo él… y ella.

—Vamos a casa, mocosa.




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