El camino hacia la mansión del gran Mikhailo Volkov era turbulento; afuera, las nubes pintaban el cielo de gris y, dentro del vehículo, la niña sollozaba.
Mikhailo no sabía qué hacer; llevaba a la pequeña en su regazo tratando de calmarla, pero no sabía modular su voz para no sonar tan tosco e intimidante.
—Quiero a mis papás... ¿Ellos... se fueron? —la pequeña voz de la menor le hizo sentirse extraño.
—Sí, mocosa, pero ahora vivirás conmigo hasta ver si tienes a alguien que te cuide.
La niña levantó la cabeza y frunció el ceño.
—¿Tú serás mi papá? —se estrujó sus pequeños ojitos.
El rostro de Mikhailo perdió el color y le palmeó la espalda.
—Vamos a casa, ¿cómo te llamas? —trató de cambiar el tema.
—Soy Melissa, pero papá me decía Lissa —solloza— y él hombre no tuvo palabras para ella.
—De acuerdo, Melissa, mira, ya llegamos... —tiró su vista a la ventana y se pasó la mano por la cara.
No tenía idea de lo que haría ahora.
El auto se detuvo y un guardia le abrió la puerta.
La niña se aferró al pecho del hombre, quien no la bajó de sus brazos; ese lugar podría ser algo tétrico para una pequeña: no había flores multicolores ni fuentes de ángeles; en vez de eso, una gárgola botaba agua.
Había lujo y ostentosidad; sin embargo, carecía de la calidez de un hogar normal.
Melissa no notó el alrededor; para ella, todo era un caos: sus padres no estaban y, aunque era chica, sabía perfectamente que estar en el suelo no era bueno.
Por todos lados había hombres: jardineros, mayordomos y guardias; no había una sola mujer presente.
—Ya llegamos, Melissa, este es tu hogar temporal. Buscaré algún familiar para hablarle —comentó, y la pequeña se tensó; no tenía a nadie, solo a un tío con el cual jamás se sintió cómoda.
Un hombre armado se acercó; el saco se levantó por su caminar y su arma en la cintura se dejó ver.
—¡Malo... él es malo! —gritó, abrazando más al hombre que, según su cabeza, era su nuevo papá.
—Fedor, largo... guarda eso —Mikhailo señaló el arma con un gesto de cabeza y el guardia entendió.
—Lo siento, jefe —murmuró antes de desaparecer.
Melissa era una hoja en el viento; su cuerpo temblaba, no sabía dónde estaba y, para ella, todos eran extraños.
—Shh, tranquila... Ese hombre es feo, pero no es para tanto —trató de bromear, aunque con esa voz que se gastaba sonaba igual a un lobo tratando de sonreír.
—Señor... tengo hambre —musitó ella.
—Eh... demonios —murmuró, haciendo que la pequeña se tapara la boca.
—Esa es una palabrota, mamá... —se puso triste al recordarla tirada—. Ella decía que es malo decir palabrotas o no vas a crecer.
Aquello logró hacer reír al hombre, aunque era extraño verlo; varios hombres desviaron la vista.
—Pues entonces yo estuviese enano —volvió a reírse ronco.
—¿Enano? ¿Por qué? —la pequeña era curiosa.
—Olvídalo, tienes razón, es malo decir palabrotas —le siguió la corriente.
—Veamos... ¿Qué te podemos dar? —se tocó la barbilla y la dejó en el sofá.
—Frederik, ¿sabes hacer mamilas? —frunció el ceño y la niña lo observó extrañada.
—¿Tomas mamila, verdad? Eres una bebé... —pasó la mano por su cabello.
—No soy una bebé, soy una niña —ella cruzó los brazos.
—¿Hay diferencia? —preguntó burlón.
—Sí, yo como tostada, sándwich de osos, pancakes con caras... —explicaba la nena con dulce voz.
En la cabeza del mafioso se recrearon imágenes nada agradables: ¿cómo pondría una cara en una comida?
Uno de sus hombres, que lo conocía bien, se apresuró a decir:
—Señor, puedo hacer eso; ya vuelvo —un hombre de traje negro y postura recta desapareció hacia la cocina.
—No... ¿Tú no tienes nana? —Melissa tenía curiosidad por saberlo.
Los puños del hombre se apretaron; odiaba al personal femenino, no tenía buenos recuerdos respecto a eso.
—No... Los hombres son más confiables.
—¿Más confi... qué? —trató de decirlo bien.
—Más seguros... Ahora espera, iré a ver qué te arreglen una habitación.
—¿Dormiré sola? —la niña negó—. Odio dormir sola; los monstruos aparecen en los armarios y debajo de la cama. ¿Puedo dormir contigo? —bajó la voz.
—No puedes, créeme, en mi habitación el monstruo no está debajo de la cama, sino encima de ella —contestó frío.
Para ella, ese hombre hablaba extraño; no le entendía lo que quería decir con esas frases tan extrañas.
—No puedo dormir sola...
Él suspiró y dejó salir el aire muy brusco.
—Bien, dormirás conmigo, pero no me puedes abrazar; no me gusta que me agarren —la señaló con el dedo.
—Tampoco duermo sin una historia —continuó ella.
Él observó hacia arriba y se pasó su enorme mano por el rostro; las historias que él conocía podían causarle un ataque cardíaco a la pobre.
—No me sé ningún cuento —zanjó.
—Quiero a mis papitos —sollozó y se acercó a él.
—Verás, yo... no me llevo bien con los mocosos, pero voy a tratar de que sea más fácil para ti —palmeó su cabeza muy suave—. Buscaré a un familiar y te cuidarán mejor.
La niña negó, y él frunció el ceño.
—¿No tienes?
—Sí, papá tiene un primo, pero él no me gusta y a papá tampoco le gustaba; él peleó con papá ayer... —la pequeña solo decía poco, o eso creía, porque aquellas palabras estaban haciendo que un instinto feroz naciera en él.
—Entonces... necesito leer sobre cómo se cuida una mocosa —sonrió hacia ella, aunque por dentro odiaba que su madre y su hermana estuvieran de viaje.