Mikhailo se sentó a ver a la pequeña comer y, vaya, que tenía hambre. La cosa esponjosa que no veía desde niño tenía un rostro hecho con frutas y sirope; no tenía idea de dónde salió, porque él no tolera el dulce.
—Gracias, está delicioso —la niña le sonríe al hombre que lo preparó.
—Gracias, lo hice especialmente para ti —contestó el hombre, haciendo que un gruñido brotara de la boca de Mikhailo.
—No te di permiso para hablarle, retírate —el hombre no necesitó nada más y desapareció.
—¿Te duele la garganta? —Melissa ladeó su cabeza mirando al mafioso.
—No, ¿por qué preguntas eso? —Ahora sus cejas estaban juntas; no entendía lo que la pequeña decía.
—Es que hablas muy feo, así hablan los monstruos de los cuentos.
Por allí estaba cerca uno de los guardias que siempre mantenía a Serca por cualquier cosa, y este aguantó la risa.
—No tengo nada malo, yo hablo así —suspiró hondo; ya no sabe qué será de él y de su vida.
—Debes quedarte aquí, yo voy a tener una reunión con unos socios; quédate aquí —la señala con el dedo, y la pequeña se entristece.
—No me puedo quedar aquí, extraño a mis papás, mi muñeca se quedó en el auto, quiero a mi mamá —la niña comenzó a sollozar, y el hombre se agarró el puente de la nariz y observó hacia el techo buscando una respuesta divina que lo ayudara en este momento.
—Pequeña, cálmate, te voy a explicar algo que no te han explicado —se sienta de nuevo, tratando de buscar las palabras que lo ayuden.— A tus padres les pasó algo malo y no se van a despertar. Ahora tú vives aquí conmigo y, aunque no te guste, tienes que hacerte a la idea.
El rostro de la pequeña se horrorizó. —¿Mamá y papá se murieron como lo hizo mi perrita? —estalló en llanto, su pecho subía y bajaba, y comenzó a jipiar.
Las manos del mafioso se pusieron frente a él, tratando de calmarla.
—Carajo, ¿tú sabes qué es morir? —ahora se basó, armado por la cabeza.
—Cara... ca... Esa es una palabrota —murmuró entre llanto, y él colocó los ojos en blanco.
—Un momento, pequeña —se puso de pie y caminó de un lado a otro.— Verás, debes hacerme caso. Yo me voy a quedar contigo, pero tienes que entender que no sé cómo hacerlo.
—¿Ahora... estoy sola? —gimió, sorbiendo su nariz.
Mikhailo soltó un gruñido frustrado y se tomó una honda respiración antes de contestar. —No estás sola, te vas a quedar aquí conmigo. Pero debes entender que yo tengo una vida y tú debes hacerme caso.
Melissa asintió, limpiándose el rostro con sus manos.
—Bien, pero no quiero estar aquí aburrida. Además, necesito bañarme.
Las palabras de la niña hacen temblar a Mikhailo, y vuelve a caminar en círculos, igual a una bestia enjaulada.
Saca su teléfono y marca un número, aun sin responderle a la niña.
Después del segundo tono le contestan.
—Mamá, necesito que vengas a mi casa ya —es brusco, y sus palabras salen atropelladas.
—Sí, cariño, yo también te extraño, he estado muy bien —ironizó su mamá.
—Mamá, no estoy para eso; ahorita te necesito a ti o a Kateryna, en este instante —su voz no era nada amable.
—Pues lo siento, no vamos a regresar en mucho tiempo, así que lo que sea puede esperar —ahora sonaba molesta, y no era para menos después de su última discusión.
—Maldi... —el hombre se detuvo a tiempo antes de volver a decir una mala palabra.— Piensa, Mikhailo Volkov: manejas una mafia, puedes con esta pulga —se autoanimó; sin embargo, seguía preocupado.
—Bien, iremos por ropa y cosas para ti, creo, y me da tiempo de regresar a tiempo —continuaba hablando solo.
Tiró su vista hacia el guardia. —Tiberio, ve a la tienda rápido, trae cosas para ella, di que es para una niña de dos años —hablaba muy rápido.
—Voy a cumplir seis —intervino la pequeña.
—Como sea, trae ropa que le quede y juguetes. También medicinas, pero apresúrate —sacó su teléfono y miró a la niña.— Ponte de pie.
Ella lo hizo, y él le sacó una foto.
—Te envié eso; muéstrala y trae todo.
El guardia solo asentía.
—Trae cosas para decorar; me gustan los brillantes. En casa solía jugar con mi estuche de brillos —musitó la pequeña.
—Trae lo que dice ella, pregunta qué puede utilizar una mocosa y lo traes —se detuvo pensativo.— ¿Usas pañal?
Melissa negó horrorizada. —Claro que no, no soy una niña ni una bebé, ya te lo expliqué —su nariz enrojeció y cruzó los brazos.
—Qué suerte... —suspiró aliviado.— Tulio, ahora ve.
Mikhailo puso sus manos a cada lado de la cintura. —Verás, cuando él venga, irás a bañarte y te vas a vestir también.
—Señor, yo no sé hacer eso; mi mami lo hacía —bajó la mirada.
—¿De verdad? Pero, ¿qué pasa con los padres de ahora? —se queja.— Yo no puedo bañarte —exhaló, sin creer en la situación en la que se encontraba.
—¿Por qué? —su vocesita es baja.
—Porque soy hombre, niña, por eso.
—Mi papá me bañaba —sonrió triste.
—Hora, lo quiero golpear —murmuró bajo.
—¿Qué dijo?
—Nada, mocosa, que no te puedo bañar —saca su teléfono y escribe un mensaje que sabe que es una locura.— Iras al baño y te vas a bañar, pondré la tina con poca agua. No enciendas la llave o te puedes ahogar —hace una pausa para respirar.— Toma el jabón y te limpias todo lo que esté cochino. No te tardes y no hagas locuras, ¿bien?
La niña no entiende nada. Ladea su cabeza y baja los hombros.
—No sé cómo hacer eso, usted debe bañarme.
Mikhailo se aleja y toma un poco de whisky sin que ella lo note, tratando de pensar en lo que hará. No le gusta, pero no hay de otra.
El guardia regresa con varias cosas, se nota agitado.
—Tenga, jefe, aquí está lo que pidió. Lo demás lo están bajando.
Mikhailo toma lo que necesita y le estira la mano a la niña.
—Camina, hora de bañarse.