El mafioso es mi nuevo papá.

Baño

La pequeña caminaba detrás del gigante peli largo.
Estaba cansada de subir las escaleras. Él entró a una habitación y ella frunció el ceño; si bien era cierto que no quería dormir sola, tampoco le gustaba ese lugar tan oscuro y arreglado.

—¿Eres un vampiro? —preguntó levantando una ceja—. Los vampiros viven en lo oscuro... —la pequeña vio las sábanas negras—. Todo es de ese color... No me disgusta, pero ¿le puedes agregar brillos?

Mikhailo se giró elevando una gruesa ceja.

—Te dije que esta no sería tu habitación —cruzó los brazos sobre su pecho.

—Y yo te dije que no dormía solita... Hay monstruos, ¿sabes? —bajó la voz.

—Aquí vive uno también; por eso debes dormir en otro lado.

La pequeña se asustó y casi llora.

—Lo siento, estoy bromeando —se agarró la cabeza y se paró frente a ella—. Verás, hay que bañarte y vestirte, y tú no sabes, ¿verdad?

La pequeña asintió con su cabecita.

—Bueno, yo lo voy a solucionar, pero debes prometer que no dirás nada a nadie, ¿lo prometes? —su tono era bajo.

—Mamita decía que era malo tener secretos con adultos —susurró ella.

—Tu mamá era muy inteligente, pero ella no está y ahora debes guardar uno solo —frunció sus cejas, y ella asintió de nuevo.

—De acuerdo, lo haré.

—Bien, vas a entrar a ese baño de allí; lo voy a preparar primero —caminó hacia el lugar y se tomó su tiempo llenando la bañera hasta un límite seguro.

Mikhailo regresó con la pequeña, quien estaba esperando de pie.

—Ya regresé, Melissa. Te vas a bañar; es fácil: tomas el jabón y te echas en todo lo que te huela mal —él hablaba sintiéndose incómodo y la pequeña hacía muecas extrañas—. Luego, con esta toalla, creo que es gigante para ti; no importa, te secas.

La pequeña giraba su cabeza sin entender mucho.

—Ahora sí, aquí hay ropa para ti —sacó de una de las bolsas un vestido rosa y de otra unas bragas y zapatillas.

—No me sé vestir, te lo dije —ella se cruzó de brazos.

Mikhailo tomó una respiración honda y cerró sus ojos. —Bien, aquí viene el secreto que vas a guardar —buscó otra bolsa más grande y sacó un enorme vestido; él lo veía y no sabía si reír o llorar, aunque se contuvo; sin embargo, al ver las enormes pantis de mujer, aquella sombra de risa desapareció—. Pon atención.

Tomó la braga y la puso frente a él. —Primero el dibujo va en la parte del frente, ¿ves? —le mostró—. Sostén así y coloca una pierna así y luego otra.

El enorme hombre de casi dos metros se colocó la gran braga encima de su ropa para mostrarle qué hacer. —Debe quedar así.

El rostro de la niña era extraño; ella no sabía qué estaba presenciando.

—¿Tú usas eso? —su inocencia preguntó.

—No lo uso, pero debes aprender. Ahora concéntrate, que mientras estás aquí tengo una reunión —se desespera y toma el vestido—. Ahora ve, haz lo mismo con esto; es más fácil: mete una pierna, la otra —hacía lo que decía lento para que ella viera—. Ahora mete un brazo y luego el otro, así —terminó de ponérselo—. Este tiene cierre; el tuyo, solo un botón arriba. De igual forma, yo te lo abrocho cuando termines y así queda.

La pequeña no aguantó más y se rio fuerte. —Jamás vi a papá hacer eso —continuaba riéndose.

Mikhailo soportó la burla porque al menos se estaba riendo.

—Bueno, ya, a bañarte. Una vez estés lista, yo vendré y te traeré los juguetes, ¿de acuerdo? —él se puso serio, pero a ella le causaba mucha gracia verlo así.

—Está bien, te queda bien el color azul. ¿Bajarás así? —ella frunció el ceño.

—Claro que no, mocosa, ahora anda —le dio un pequeño empujón y sacó la ropa de su cuerpo de un tirón. Si alguno de sus hombres se enterara, sería un desastre. Él era el pakhan.

Se acomodó el traje y salió de ese lugar; necesitaba ver qué haría y la única solución era arreglar los otros problemas.




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