Mikhailo se dirigió hacia un enorme salón donde hacía las reuniones con su gente.
Su tamaño y aura hicieron que todos en ese lugar se pusieran de pie.
—Necesito el informe de la carga, sur. Después hablaré con ustedes —Mikhailo llevó la vista a cada uno de ellos.
Entre los presentes estaban los mafiosos encargados de cada mafia, pero le rendían cuenta a él; sin embargo, el lazo entre ellos iba más allá de un simple negocio.
—Pakhan, ya revisamos la mercancía y, en efecto, había una fuga entre los hombres, pero controlé todo en Nueva York —Oleksandr Petruk habló, cabello rubio y ojos gris azulado, su barba baja bien cuidada y su camisa gris bien planchada se ajustaba con su altura y elegancia.
—Bien... Y tú —la mirada de Mikhailo recorrió a los cinco hombres frente a él y esta vez se detuvo en un hombre alto, su pecho ancho, de modo que la camiseta negra se le pegaba a la piel; sus brazos y cuello tenían tatuajes, su cabello era bajo y castaño con reflejos rubios, y una barba oscura de cadenas en el cuello le daba un aspecto amenazante.
—Los italianos no han vuelto a joder —su voz grave y burlona resonó en la habitación.
—¿Qué hiciste, Viktor? —los ojos de Mikhailo se entrecerraron.
Viktor Kovalenko se rió.—Nada... bueno, desaparecí a un muñeco de torta.
Una risa conjunta se regó en el lugar hasta que la mirada gélida de Mikhailo los detuvo.
—Te dije sin causar problemas... No nos conviene tener los ojos encima ahora, Viktor.
El aludido suspiró con fastidio; de todos, era el más testarudo.
—Estamos por lanzar a la venta la nueva mercancía, no necesitamos italianos llorones jodiendo —Dmytro Pavlovskyi, un hombre de metro ochenta y cinco y cabello castaño claro, lo reprendió; sus ojos azul pálido se clavaron en los de Viktor—. En Turquía ya logré convencer a muchos; creo que será bien recibida allá.
—No me han preguntado, pero en Alemania todo está genial, no hay problemas, nadie me pone trabas —el pecho tatuado Roman Kravets se hinchó de orgullo; su tono arrogante contrastaba con su físico marcado, su Elena era media ligeramente despeinada de color castaño, mandíbula cincelada y una barba de tres días definida y densa.
—Nadie te preguntó, tarado —lo atacó Viktor.
Mikhailo se pasó la mano por la cara, frustrado.—A veces se me olvida que son adultos —bramó.
—No todos somos como Maksym —bromeó Oleksandr Petruk.
Un hombre callado y de casi dos metros de altura, que estaba en una esquina, emitió un sonido gutural; su cuerpo era enorme y marcado, su mandíbula estaba pensada, y su cabello bajo y oscuro acompañado de los ojos grises no lo hacían ver nada amigable.
Una pequeña cicatriz cruzaba su rostro y la camiseta que llevaba dejaba ver el tatuaje en el brazo.
—Todo bien en Rusia, Shevchenko —preguntó el pakhan.
—Nadie se queja —contestó Maksym.
—Si se quejan, despegas la cabeza del cuerpo y decoras tu patio como siempre —sonrió Viktor.
—Detalles mínimos —Maksym subió a los hombres, restándole importancia.
—Bueno, ya, bola de psicópatas, los llamé por otra cosa —tronó el pakhan con impaciencia.
—No nos digas que le hiciste caso a tu mamá y por fin te vas a casar —la risa de Viktor contagió a algunos; ya no estaban hablando de negocios, ahora eran la manada de amigos.
—Te voy a asfixiar hasta que te mueras, desgraciado —Mikhailo dio un paso hacia él; sin embargo, no sería capaz de hacer eso.
—Desgraciado es una palabrota —una pequeña y dulce voz resonó desde atrás del líder.
Los rostros de todos se mostraron sorprendidos; observaban a la cosita en medio de la sala y luego a Mikhailo.
—¡Qué mierdas! —Maksym se alteró.
La pequeña Melissa caminó hasta el gigante de ojos grises.
—Eres grosero; esa es una palabra muy fea —era extraño ver a una pequeña levantando la cabeza para poder ver al gigante frente a ella.
—Tienes razón, mocosa, es una mala palabra. Pero también es malo que no me hagas caso —Mikhailo se acercó a ella—. Estoy ocupado; espera en la habitación.
Ella se giró a verlo.—No me puedo abrochar el botón y necesito que me peinen —el líder cerró los ojos un momento y se tocó el puente de la nariz.
—De acuerdo, espera arriba y en un momento yo...
No pudo terminar porque la niña pegó un grito al ver la pistola de Viktor.
—¡Tiene un... tiene... una pistola! —La niña se agachó y empezó a taparse los oídos, moviéndose de un lado a otro.
—Viktor, cubre eso ahora —gritó Mikhailo fuera de sí.
La niña continuó mesiéndose, recordando el episodio de hace horas; su pecho se aceleró y no paraba de decir:
—Son malos... Ellos son malos... Él es malo.
Todo se había vuelto un caos y ninguno tenía la menor idea de qué hacer.