El mafioso es mi nuevo papá.

Caos

El llanto de la pequeña Melissa seguía inundando aquel salón; unos con otros se miraban sin saber qué hacer. Mikhailo trató de calmarla, pero esto solo terminó en más llanto.

—¿Qué podemos hacer para que se calme? —Dmytro, el hombre de cabello castaño claro y ojos azul pálido, preguntó.

—No sabemos, idiota —Oleksandr lo miró mal, enredando sus dedos en su cabello rubio.

Víktor le sacó el cargador a su arma y bajó hasta la altura de la pequeña. Nadie entendía qué trataba de hacer. ¿Quería asustarla más? ¿Matarla tal vez de un susto? Ninguno le tenía fe a sus métodos; no era el más consciente del grupo.

—Chiquita... niña... —intentó sin obtener respuesta; la niña continuaba balanceándose.

—Se llama Melissa —indicó el pakhan desesperado. A pesar de que no sabía qué iba a hacer Víktor, estaba seguro de algo: él no la dañaría.

—Mel... Melissa, hola —suavizó su voz lo más que pudo; sin embargo, le costaba porque era gruesa y profunda—. Mira esto que te asustó —levanta su arma y la pone delante de ella.

Melissa reacciona: ya no se balancea, sino que abre mucho los ojos.

—No te asustes; esto es un juguete. Aprieta el gatillo dos veces y no pasa nada, solo un suave clic seco.

La pequeña tiembla por un momento; la mira con incredulidad y por fin deja de llorar.

—¿Un juguete? ¿Por qué harían un juguete tan feo? —habla desde su inocencia y el hombre sonríe, aunque por no estar acostumbrado parece una mueca.

—Sí, un juguete; todos tenemos uno. Hay muchas cosas de juguete, planchas, no sé, ¿perros de juguete? Entonces puede haber pistolas de juguete —continuó Víktor, y los otros compartieron una mirada cómplice.

—Pero es fea y triste... A mis padres los durmió una de esas —susurró la pequeña. Para ella fue eso lo que vio después de que esa arma impactó contra su madre: ella se quedó dormida.

Cada uno de los presentes, a pesar de ser hombres rudos, sintieron un nudo que se formaba en sus gargantas. Sus ojos fueron directo al pakhan por una explicación.

—De ella quería hablarles —Mikhailo se aclaró la garganta. Se acercó a la niña y le acarició el cabello—. Bonita, ¿por qué no vas a jugar un momento a la sala? Allí vi los juguetes; aún no los han subido, puedes esperarme.

Le hace señas al mayordomo para que la acompañe; llegó cuando escuchó el alboroto.

—¿Puedo tomar tu juguete feo? —se volteó hacia Víktor y le estiró la manita.

Los ojos del hombre fueron hacia los de su pakhan y este asintió, sin saber qué otra cosa hacer para que se fuera.

—Ok, te la voy a dar —suspiró resignado, y ella jaló la camisa de Mikhailo.

—¿Puedes decirles a todos que me den sus juguetes feos? —volvió a pedir con una vocecita dulce.

—Pero te trajeron muchos juguetes; esos juguetes son muy feos, son para grandes —trató de explicar Mikhailo, y la pequeña bajó la mirada.

Él suspiró resignado.

—Bien, por favor, toma los juguetes de cada uno y llévalos hacia la sala —le ordenó al mayordomo, y después se agachó un poco hasta llegar con la pequeña—. Ve a la sala y espera allí; no sé qué quieres hacer con esos juguetes que te dan miedo, pero después hablamos.

La pequeña aún sorbía su nariz; sin embargo, se retiró.

Una vez lo hizo, los demás llevaron su atención hacia Mikhailo, necesitando una explicación.

—¿Qué está pasando? ¿De dónde salió esa niña y cómo es eso de que durmieron a su mamá? —Roman sonaba preocupado.

—De eso quería hablarles. Estaba negociando con un socio y vi que casi la matan; entonces la ayudé —soltó sin más—. Pensemos que era un familiar, pero me dijo que tenía un tío que no le daba buena espina, así que eso queda descartado —continuó.

—Pero ¿qué harás con ella? No se puede quedar aquí... contigo —Maksim rompió el silencio por fin.

—Pues sí se va a quedar, porque no voy a dejar que se la lleven quién sabe dónde —respondió molesto.

En ese instante todos entendieron que, sea quien fuese esa niña, se había convertido en algo importante para Mikhailo.




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