El mafioso es mi nuevo papá.

Jueguetes nuevos

Los seis hombres seguían discutiendo la situación de la pequeña; era todo confuso; siempre apoyaban a su jefe y amigo, pero esto era una locura.

—Sabes que este mundo es muy cruel para ella —Roman se sirvió un trago; estaba abrumado.

—Lejos de mí tampoco estará segura, saben perfectamente lo que sucede en los orfanatos, ¿o se les olvida? —el tono de Mikhailo fue feroz.

Los ojos de todos se abrieron; conocían perfectamente esos lugares.

—Bien, pero no solo podemos quedárnosla y ya; necesita estudiar, ¿y quién la va... a bañar? —Roman desvió la mirada.

El rostro de los otros se llenó de incomodidad.

—Ella lo hizo sola, es muy inteligente; además, ¿cómo que quedárnosla? —rugió Mikhailo—. Es mía... Seré su papá.

—Ah, no; si estamos aquí es por algo, yo seré su tío guapo, todos tienen uno —bromeó Viktor, igual que siempre.

—Yo puedo ser su otro papá —refutó Román.

—No hay dos papás, idiota, a menos que sean pareja —Oleksandr estalló en risas.

—Bueno, ya; esto es serio, no es un juguete, es una niña... Perdió a sus padres y ni siquiera lo sabe —el tono de Maksim era tan serio que semejaba al de Mikhailo.

—De acuerdo, pero tú serás su abuelo —la voz ronca de Viktor fastidió al más callado de todos.

—Viktor, basta —Mikhailo se alteró—. Los llamé para que sepan que está aquí; necesito saber quiénes eran sus padres, por qué los mataron y, sobre todo, si la están buscando —su mirada los escaneó.

Los cinco restantes asintieron; eran seres crueles, pero no se metían con inocentes.

—El tabaco, cigarrillo y alcohol quedan fuera de esta casa —el dedo del líder era acusatorio en dirección a Viktor.

—Sí, porque los otros solo toman matcha, ¿verdad? —Viktor no se quedó callado.

—Necesitas una... —intentó Dmytro.

—Ni lo menciones, no confío en ellas... —se pasó la mano por el cabello.

—Sé que no te gustan las niñeras, pero debes conseguir a una psicóloga; esa pequeña está mal, lo vimos —Oleksandr se llenó de valor; esa pequeña necesitaba ayuda.

El pakhan pasó las manos por su cabeza, suspirando hondo; lo sabía, pero no quería.

—Secuestra a alguien y listo, no te preocupes, la voy a investigar primero —soltó Román sin más.

Tardaron mucho en ponerse de acuerdo y sus voces se elevaban cada vez más.

—Listo... Antuan trae sus juguetes —sonrió la pequeña, con sus manos y parte de su cabello con cristales.

El mayordomo venía con una bandeja y, en ella, las seis armas; el hombre no quería verlos al rostro.

—Señor, aquí está —dejó la charola en la mesa.

De inmediato Román saltó.

—¡Mi Beretta! —tomó el arma y la miró sin reconocerla.

Dymitro soltó una carcajada.

—Están... diferentes.

—Están más bonitos, ahora no me dan tanto miedo sus juguetes —sonrió Melissa, mirando a Mikhailo, que tenía el rostro de todos colores—. ¿Te gustó, grandote? No sabía qué color te gustaba, así que le puse rosa, con rosa fuerte —sonrió.

Mikhailo movía su arma repleta de diamantes rosados.

—¿Le pusiste piedras?

—Sí, ¿no te gusta? —su tono dulce convencía a todos.

—¿Qué le hiciste a mi pis... juguete? —Viktor quería gritar.

—Al tuyo le puse morado y rosa, va contigo —se paró orgullosa.

Por suerte tenía la facilidad de algunos niños de distraerse del dolor en otras cosas.

—Al menos son cristales reales —casi se le forma una sonrisa a Maksim.

—Ahora no me darán miedo, Mikhailo; gracias por la máquina de poner piedra, me encantó —susurró ella.

Las cejas del enorme pakhan estaban juntas; ¿en qué se había metido? Esa pregunta no lo dejaba en paz.




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