Ya era de noche y ninguno de los cinco hombres se había marchado de la casa del pakhan.
La pequeña Melisa estaba dormida en el sofá; no había aguantado y se durmió mientras jugaba.
—¿Qué vamos a hacer? —susurró Oleksandr—. A veces tienes que salir para los negocios, no se puede quedar sola.
—Eso ya lo sé, pero apenas tiene un día aquí; mi madre llega en tres semanas, tal vez me ayude —agarró su cabello largo y lo amarró en una coleta.
—Por suerte tienes el cabello largo, debes saber hacer unos buenos moños —se burla Víktor en voz baja.
—Imbécil —gruñó Mikhailo mientras tomaba a Melisa en brazos—. La voy a llevar arriba y regreso.
Mikhailo desapareció escaleras arriba mientras llevaba a dormir a la pequeña princesa; se veía plácida y relajada, pero la verdadera batalla sucedería en la noche. Él conocía los traumas de personas pequeñas y no sabía qué haría si a ella le daba una crisis.
La cubrió con la colcha de la cama y puso las almohadas alrededor para que no se cayera; salió con cuidado y, una vez lejos, pudo volver a respirar.
Mientras tanto, en la sala, cinco hombres se peleaban por la pequeña Melisa; el más callado de ellos decía que no podía quedarse sola, que tampoco podía exponerse a la vida que ellos llevaban, y estaban poniendo algunas reglas bastante estrictas.
—¿Se pueden callar? La mocosa ya se durmió —Mikhailo se sienta y cruza los dedos—. Dejemos algo claro: solo necesitan saber comportarse cuando estén aquí; nada de hablar de muertes, pistolas o matar a nadie delante de la niña —suspira hondo porque todo esto es verdaderamente tedioso—. No pueden hacer más fiestas en esta casa, al menos no con mujeres semidesnudas.
—Pero… —protestó Víktor.
—Pero nada. Necesito saber qué se necesita para adoptar a la mocosa y hay que descubrir por qué le tiene miedo al tío —su vista se oscureció.
—Déjamelo a mí; si se te olvidó hacerle algo, me voy a divertir con el imbécil —Dmitro se ríe.
—Ya que estamos aquí, podemos quedar de acuerdo qué día me la puedo llevar. Nueva York es un lugar… —Oleksandr, el rubio, no pudo terminar de hablar.
—¿Llevarla a dónde, idiota? No es una mascota, es mi hija —aquellas palabras abofetearon a todos en ese lugar.
—Te estoy hablando como amigo, y por eso te puedo decir que a ti no te gustan los niños; no puedes tener la responsabilidad tú solo y, cuando salgas… —insistió Oleksandr.
—Cuando salga, uno de ustedes puede venir aquí a ver a la niña —señala el piso—, pero no se la pueden llevar.
—Bien, entonces vendré aquí con ella, pero que quede claro que yo puedo ser más su papá que tú. Mira mi cabello —soltó una risa que contagió a los demás.
—Idiota… —se sirve un vaso de whisky.
—No digas palabrotas, que a la nieta de Maksim no le gustan —soltó Román, haciendo bufar al mencionado.
—Estúpido, no soy tan viejo; tengo más experiencia que ustedes —gruñó.
—Por ahora pueden irse; mañana llamaré al abogado para ver qué puede hacer.
Todos se sentaron y, después de un rato más, fue el fin; decidieron irse.
Mikhailo se dejó caer en el sofá sin ganas de subir.
—Necesito cosas nuevas para la habitación de la mocosa —cuando terminó de susurrar eso, un grito se oyó desde arriba.
No tardó nada en correr; casi saca su pistola. Por suerte, se dio cuenta de que solo era la pequeña teniendo una pesadilla, y no era para menos; él conocía sus traumas.
—Shh… Mocosa, estás bien, no pasa nada —la cargó y ella puso su cabeza dormida en su hombro.
No calculó el tiempo que pasó dando vueltas por toda la habitación; solo quería que no volviera a llorar, pero eso era difícil.