Mikhailo tenía bolsas debajo de los ojos. Yacía a un lado de la cama esperando a que la pequeña se despertara; toda la noche la tuvo en sus brazos, paseando de un lado a otro por la habitación; cada vez que la acostaba en la cama, otra pesadilla la asediaba.
—¿Qué demonios voy a hacer y por qué no me gusta que llore? Ni siquiera la he visto antes —pasa las manos por su rostro y suspira—. Vamos, Mikhailo, eres el pakhan y esta pequeña es tuya.
Tras decir esas palabras en voz alta, algo le aprieta el pecho.
Bajó de inmediato a la cocina; necesitaba tenerle el desayuno listo antes de poder salir con ella, porque eso es algo que no puede dejar pasar más.
—Rápido, preparen algo de comer. ¿Ya investigaron lo que le gusta a un niño? —su voz retumbó en toda la cocina—. Les dejaré algo claro: Melissa ahora es parte de esta casa; deben servirle y hay de aquel que tenga un mal pensamiento hacia ella —soltó de pronto la mayor de sus angustias—. ¿Entendido?
—Entendido, jefe —una sola voz se oyó.
Mikhailo tomó su teléfono, que no paraba de sonar.
—¿Qué pasa, madre? —su tono es cortante; desea que esté aquí, pero el orgullo no le permite llamarla.
—Hijo, sentí la necesidad de llamarte, ¿está todo bien? ¿Necesitas...?
—Todo bien, mamá, ahora estoy ocupado —cortó la llamada porque ha decidido hacer esto solo, sin nadie más.
—¡Mikha! ¡Mikha! —la vocecita de su inquilina se escuchó al fondo.
—Mocosa, despertaste y te cambiaste también. Me enteré de ese estilo —dijo el gran hombre, aguantando la risa; la camisa la tenía al revés.
—Me gusta este estilo y me gusta la camisa, solo que me molesta un poco aquí adelante, en el cuello, pero debe ser así, ¿no...? —frunce el entrecejo.
—Sí... creo —la toma en brazos y la lleva hasta el comedor—. Siéntate, mocosa, pongamos reglas... Primera, y la más importante: a mí se me cuenta todo, así sea una mirada fea, ¿de acuerdo? —la señala con el dedo y la pequeña asiente muy rápido.
—De acuerdo, Mikha... ¿Cuándo van a despertar mis padres? —lo miró fijo, aunque en el fondo sabía la respuesta, pero en su inocencia tenía la esperanza de que aparecieran algún día.
Algo que jamás Mikhailo sintió se formó en su garganta: un nudo que lo estaba ahogando.
—Ven, pequeña, debes entender algo... Ellos ya no vendrán jamás... Alguien los durmió y... —miró el techo buscando una salida— la gente que duerme como ellos no regresa.
La pequeña Melissa lo abrazó, llorando alto; su vocecita se agudizó y al final se cansó de llorar.
—No llores, te dije que yo sería tu papá. No sé cómo hacer esto, pero lo voy a intentar —sonrió, besando su frente—. Ahora come, que debemos salir, sí...
Melissa tenía las mejillas cubiertas de lágrimas; así comió en silencio. No entendía por qué ya no vería a sus padres y le hacían mucha falta.
Al terminar de comer, ya no lloraba; tenía la facilidad que tienen los niños para distraerse con facilidad, hasta que volvía a estar sola y todo llegaba de nuevo.
—Ven, mocosa, vamos a... —Mikhailo quedó de piedra al ver con impacto a los hombres a quienes lideraba entrando a su casa.
—¿Para dónde vamos hoy? —preguntó Viktor, con un oso en sus brazos—. Te traje esto.
Melissa lo abrazó y Mikhailo lo miró mal.
—¿Qué hacen aquí?
—Vinimos a visitar a mi sobrina. Ahora sí, ¿adónde vamos?