El mafioso es mi nuevo papá.

Compras

—¿Qué demonios hacen aquí?

—Esa palabra es muy fea, Mikha —Melissa frunce el ceño y cruza los brazos.

—Sí, Mikhailo, esa palabra es horrible. Ahora suban, que tenemos que irnos —Oleksandr anima—. Por cierto, ¿a dónde vamos?

—Yo voy a salir con la mocosa de compras; ustedes no sé qué hacen aquí.

—Vamos, Melissa. Traté de comprar varias cosas, pero no sabía si te iban a gustar —Dmytro la toma de la mano, alejándola de todos.

—Ella se va a ir conmigo, Dmytro —Mikhailo, con dos zancadas, llega hasta ellos.

—Nosotros te seguimos entonces. Sube, pequeña, ponte el cinturón de seguridad y... —continúa Dmytro.

—Basta, yo sé atender a mi hija... —la enorme mano del pakhan golpea el pecho de uno de sus amigos. Toma a la pequeña y la adentra en el vehículo; una vez ella está asegurada, él cierra la puerta.

—¿Qué mierdas les ocurre? No les conté de ella para esto, yo soy su padre —la cara de Mikhailo estaba enrojecida y sus venas se marcaban por debajo de su piel.

—En primer lugar —Víctor levanta su dedo índice—, «mierdas» es una mala palabra —soltó sin más, haciendo reír bajo a algunos de ellos y enfurecer a su pakhan—, y segundo, somos sus tíos... excepto Maksim, él es su abuelito.

—Hijo de... —se acercó el mencionado.

—Mide tus palabrotas, ¿eh?... —le advirtió Viktor.

—Hijo de can... —concluyó, apretando los dientes, Maksim.

—Señores, cálmense, tenemos una situación. Esa niña es de todos, Mikhailo, y hoy eres nuestro amigo, no el pakhan; eres nuestro hermano, eso nos vuelve sus tíos —Román trataba de tranquilizar el vendaval de tensión en el aire.

—Es mía... No quiero abrumarla, ya bastante tiene con haber perdido a sus padres y tener a uno nuevo mafioso —Mikhailo pasó una mano por su largo cabello.

—Nadie te la va a quitar, pero haremos esto juntos, Mikhailo —insistió Román.

Todos se quedaron viendo un momento a su líder; esto no era una transacción simple, se trataba de una vida, de una niña maravillosa.

—De acuerdo, pero nada de asustarla y que quede claro: soy su padre, ¿de acuerdo? —sentenció Mikhailo con su dedo extendido.

—Por supuesto, yo soy su tío preferido y por allá están los rezagados y el abuelo —Viktor se burló, ganándose varias miradas de odio.

Minutos después, cinco vehículos de lujo seguían a una camioneta blindada rumbo al centro comercial.
El chófer se detuvo y Mikhailo bajó a la pequeña del auto; su mano arropaba la de ella, así que optó por darle uno de sus dedos, el cual Melissa apretaba fuerte.

—No me vayas a soltar, ahora vamos por una cama para ti y cosas de mocosa —la miró Mikhailo, tratando de sonreír sin asustarla.

—Quiero una de princesas, con castillos... Que sea grande para que duermas conmigo —tararea a su lado.

El rostro del gigante se giró de inmediato hacia ella.

—Vas a dormir en mi habitación, ¿qué más quieres, mocosa?

Melissa jaló su mano y se cruzó de brazos; un puchero decoraba su rostro rosado empolvado.

—Ya te expliqué que no podemos compartir cama... —miró hacia arriba, suspirando; no sabía qué hacer.

—Puedo poner una en mi habitación también, tengo una habitación allí, ¿sabías? —Román se acercó a la niña y Mikhailo le dio una mirada poco amistosa.

—Tú no dormirás con ella, payaso —Mikhailo cargó a la niña en brazos mientras caminaba—. Pequeña, debes entender que hay cosas que no pueden ser; mejor busquemos tu cama, ¿sí? —elevó una ceja con una mueca graciosa y ella sonrió.

—De acuerdo, debe ser grande y como la de una princesa —exclamó, volviendo de nuevo a sonreír.

—Aquí hay una tienda donde debe haber —Dmytro adelantó su paso. Todos observaban a los seis hombres alrededor de la pequeña y, aunque tenían muchas teorías, nadie se atrevía a preguntar.

—Buenas, queremos una cama de princesas —el tono grave de Dmytro no concordaba con lo que estaba pidiendo.

—Sí, señor, por supuesto, venga por aquí.

La mujer, de unos veintitantos, lo llevó hacia una hermosa; la cama era del tamaño ideal para la niña, tenía toboganes y hasta una pequeña piscina al final.

—¿Qué le parece, señor? —señaló la castaña y él giró para ver a su grupo.

—Va a dormir, tarado, no a jugar —estalló Mikhailo, haciendo reír a los otros.

—La cama es muy pequeña, no me gusta —Melissa negó y la dependienta sonrió.

—Tenemos otras —la joven caminó frente a ellos hacia un montón.

—Esa está linda —murmuró Viktor, estirando su mano hacia una grande con barandales y tul en forma antigua.

—Me gusta, pero no es de princesas —continuó Melissa, ahora en el suelo y buscando ella misma.

—Esa es hermosa —balbuceó burlón Mikhailo hacia una de color negro estilo gótica.

La pequeña abrió su boca y le mostró los dientes a Mikhailo.

—¿Ves?... No soy vampiro.

La risa estalló detrás, aunque cuando se dieron cuenta pusieron rostros serios.

—Señorita, debe ser de princesa, yo soy una princesa y él es mi papá y ellos... son... —golpeó su mentón con su pequeño dedo.

—Sus tíos... —Viktor abrió sus manos—, menos él, ese es su abuelito —miró a Maksim y la joven abrió los ojos; era obvio que no parecía un abuelo, al menos no uno tierno.

—Cállate, estu... —Maksim se detuvo; no podía decir groserías—. No le haga caso. ¿Qué tal esa, Melissa? —tomó a la niña de la mano y le mostró una muy grande; tenía un castillo y del techo caía una tela de tul; luces decoraban la pared, era verdaderamente mágica.

—Me encanta, Mikha... Es hermosa, gracias, abuelito —la niña abrazó a Maksim y él la veía escéptico hasta que se relajó—. Soy el tío Maksim, pequeña... Está bonita, como tú —le dio un toque en su nariz.

—Sí lo está, dame a la niña ahora, la vas a asustar —Mikhailo la arrebató de sus manos y se alejó con ella—. Busquemos lámparas... Cuadros... ¿Qué te gusta a ti?

—Me gustan las princesas, Mikha... Busquemos más cosas —saltó ella.

Los otros cinco hombres compraban juguetes y muñecas; Maksim observó un castillo armable para ponerle en la sala de juegos.
Román vio un tobogán no tan alto y un colchón inflable.
Dmytro se quedó mirando un set de boxeo; traía hasta un pequeño ring y no dudó.
Oleksandr observó un juego de computadoras; había cámaras, monitores y pensó que sería perfecto para ella.
Viktor, por su parte, caminó hasta una mesa con varias sillas... Era un sueño para cualquier niña; el juego de porcelana para el té estaba decorado a mano, a él le encantó.




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