—Son muy lindas, Mikha... ¿Por qué están puestas en esta cosita? —preguntó la pequeña, observando dónde estaban montadas para poder cocerlas o pegarlas a la superficie.
La joven que la atendió trató de explicarle; estaba emocionada por la cantidad de piedras preciosas que le habían comprado.
—Gracias por decirme, ahora nos vamos... Mikha... Quiero helado... —estiró los brazos hacia él y Mikhailo negó.
—Primero hay que comer, es hora de almuerzo —la señaló con el dedo y ella asintió.
—Quiero pizza, también postre —saltaba en los brazos de ese gigante al que estaba queriendo.
—Sí, Mikhailo, vayamos por pizza, mi sobrina quiere eso —Roman dio unos pasos hacia ellos—. Por allá hay un lugar, princesa.
—Apártate, vamos, mocosa —caminó hacia un lugar donde vendía pizza. La gente los observaba asombrados; era un verdadero espectáculo.
Al llegar a la mesa, una hermosa morena no hallaba a quién ver; era un desfile de hombres guapos y sexys.
—Una pizza para ella, por favor —Mikhailo la pidió según lo que le dijo Melissa, luego cada uno ordenó a su gusto.
Melissa comía su pizza encantada, sin prestar atención, pues tenía mucha hambre.
La mesera continuaba haciéndole ojitos a Mikhailo y a los demás sin lograr nada.
—¿Otra mesera? No queremos nada más, señorita —le sonrió, pero en su tono había algo más. Melissa tenía el defecto de ser muy posesiva y ahora que había perdido a sus padres no quería que le arrebataran a esta nueva familia y mucho menos a su nuevo papá.
—No soy mesera, niñita... ¿Quién es ella, amor? —la mujer la señaló con su dedo, el cual tenía una uña larga y roja.
—Es mi papá, ¿hay algún problema con eso? —la niña tomó la pizza y le dio otro bocado.
—Sabrina, largo de aquí, no estoy para ti en este momento y no me digas así —Mikhailo ni siquiera la miró; solo necesitaba que desapareciera y no perturbara a su mocosa.
—¿Cómo puedes hablarme así después de lo que pasó entre nosotros? Ya le conté a mi papi y dijo que tenías que ir a verlo.
—Sabrina, cállate la boca y lárgate, que yo sepa aquello quedó claro —ahora sí la vio, pero su mirada era realmente aterradora.
—Ah, no, ¿cómo te atreves a deshonrarme y dejarme? Todos vieron cómo me jalaste; es obvio que follamos. ¿Ahora tienes a una bastarda? —se altera y Mikhailo la vuelve a mirar. Esta vez suspira para no asesinarla en ese momento. Odió tanto cómo llamó a Melissa.
—¿Qué es folla...? —Melissa arrugó su entrecejo y los hombres se ahogaron con su bebida.
—Eso es una palabrota gigante, Melissa; no la digas, disculpa a Sabrina, ella no sabe comportarse —explicó Oleksander, evitando un derrochamiento de sangre delante de ella.
—Mikha, si es una palabrota, ¿por qué lo hiciste con ella?
El pakhan se puso de todos los colores posibles.— No le hagas caso, mocosa, lo que dice es falso. Come tu pizza para irnos.
Respondió tranquilo; sin embargo, para nada lo estaba.
Sabrina alzó más la voz, y el cuello del pakhan se giró lento, igual a un psicópata en una película de terror.
—Elige: mano, dedos o cabeza —sonrió el mafioso de lado; sabía que Sabrina entendería.
La mujer salió corriendo y casi se tropieza; algo tenía claro: con él no se jugaba.
—¿También es tu hija, Mikha? —preguntó Melissa con inocencia.
—No, pequeña, solo tengo una hija y eres tú, no quiero más mujeres en mi vida —le guiña un ojo y ella sonríe complacida. Y no repitas esa palabra fea, de acuerdo.