El mafioso es mi nuevo papá.

No somos animales

Melissa jugaba días después de aquel encuentro con esa mujer demasiado maleducada para su gusto.

En la sala de la mansión, la pequeña tenía puesto un castillo armable como de dos metros; entraba y salía de ese lugar mágico donde su imaginación podía despegar.

A un lado, su padre, Mikhailo, y sus tíos hablaban de trabajo. Ella cocinaba galletas en un horno eléctrico de juguete, pero este horneaba de verdad.

Un sonido la alertó y ella se levantó para tomar, con un guante de cocina, la bandeja donde estaba el delicioso bocadillo. Un sistema especial cocinaba sin ser peligroso para ella y el material donde se cocía todo era de silicona.

—Están listas —aplaudía la pequeña. No solo estaban los amigos de Mikhailo; había socios de otras mafias hablando sobre una nueva mercancía.

El pakhan se levantó de su silla sin dejar de hablar y sacó las galletas del horno.

—Habrá alguien que espere la mercancía del otro lado. Él se encargará de que nadie los revise y puedan transportarla sin interrupciones.

—Mikha, huelen delicioso. Soy muy buena pastelera —Melissa alzó su pecho orgullosa; el delantal y el gorro de chef la hacían lucir hermosa.

—Lo sé, pequeña, yo te enseñé —bromeó bajo, y ella estrechó sus ojos.

—Tú viste un video nada más —elevó una de sus pequeñas cejas.

El hombre de barba con el que Mikhailo conversaba entrelazó sus dedos.

—Me parece genial; si alguien nos descubre siempre podemos mata...

No terminó la frase porque Maksim se oscureció y se acercó al hombre.

—Quitarle la suscripción, Malachi —recuerda la conversación que tuvimos.

El hombre de metro ochenta palideció cuando lo detuvieron para darle ciertas indicaciones absurdas. No sabía que eran en serio; pensó que era algún estilo de broma entre ellos. Sin embargo, el hombre más letal y sanguinario de la mafia ucraniana lo veía con ganas de asesinarlo.

—Sí, eso, quitarle la suscripción a cualquiera que lo intente —divagaba entre palabras; no podía hacer molestar a nadie allí.

—Yo las sirvo, Mikha; por fa, quiero que las prueben —Melissa hizo ojitos y Mikhailo aceptó. Solo las sacó de donde estaban y las dejó para que ella las moviera con sus guantes de cocina.

—Bueno, señores, ya que todo ha quedado claro, solo queda esperar para llenarnos de dinero. La medicina nueva también será un éxito, porque solo la podrán comprar gente con mucho dinero. No estará regada por las calles, al acceso de cualquier menor —explicó el pakhan. La idea era vender su mercancía a gente que sabía lo que quería; no eran inocentes que apenas abrían los ojos, solo gente poderosa que no sabía ¡qué hacer con su dinero!

Melissa colocó las galletas en varios platillos y luego en una bandeja rosa con incrustaciones de cristales. Caminó poco a poco, bajo la atenta mirada de sus tíos y papá, que en ningún momento dejaban de verla.

—Permiso, les traje galletas —ella las dejó en la mesa de cristal y juntó las puntas de sus dedos, esperando que ellos las probaran.

Los hombres barbudos, musculosos y mal encarados no entendían de qué iba el juego, y a uno solo de ellos se le ocurrió decir una estupidez.

—Esta galleta está...

Mikhailo clavó su vista en la de él; era la mirada de las mil muertes.

—Muy dulce, pero me encanta lo dulce, pequeña...

Se acercó de más a Melissa y Viktor se alertó, levantándose con sutileza y lentitud.

—Sabes, yo también juego con una muñeca parecida a ti, pero ella tiene como tres años más que tú —se relame los labios y los demás extraños saben que esto no va a terminar bien para el irlandés—. Debería cambiarla por ti. ¿Quieres que yo sea tu nuevo papi?

Eso fue todo. Mikhailo captó el mensaje y detuvo a Viktor con la mirada.

—¿Dónde tienes a tu muñeca, Oisín? ¿Solo tienes una? Nosotros somos seis.

Mikhailo puso la mano en la espalda de Melissa y le indicó que le llevara galletas a su tío Román.

—Tengo una sola, pero sé quién puede conseguir más, ¿verdad, Fergus? —miró a otro hombre a su lado, de cabello y barba pelirroja.

—Yo las consigo. ¿Quieres que sean lloronas o que ya ni hablen? —soltó ese ser sin escrúpulos, y fue todo lo que Mikhailo necesitó.

—Tráelas todas, incluyendo la tuya, ya. Pide que las manden aquí. Te cancelo lo que quieras y te las devuelvo al terminar.

A ambos hombres se les abrieron los ojos por la petición de Mikhailo. Muchos les advirtieron no tocar este tema con el pakhan de Ucrania, pero ellos decían que todos los mafiosos eran igual de perversos.

Fergus llamó para que recogieran a las pequeñas, llevándolas al lugar donde indicó Mikhailo.

—En un rato estarán allí, yo te aviso —anunció Oisín feliz—. ¿Qué tal si la llevo a ella un rato a dormir? Se ve cansada.

Cometió la imprudencia de verla de forma indebida.

—Mejor esperemos a que lleguen las demás.

Mikhailo se sentó y le dijo a Melissa que fuera con el mayordomo, que él la llevaría a su habitación un momento. Ese lugar estaba lleno de cámaras donde él vigilaba lo que pasaba desde un reloj en su muñeca.

Mientras conversaba con los demás, observó a través del dispositivo al mayordomo dejar a Melissa entrar sola y salir para pararse fuera de la puerta y cuidarla.

El teléfono de Fergus anunció que ya estaban las pequeñas donde Mikhailo había pedido. Todos en esa sala sabían lo que seguía, menos los dos irlandeses.

—Listo, pakhan, ya están en tu poder. ¿Puedo subir a jugar con la cocinera?

Los ojos de Oisín brillaron con malicia y Mikhailo se levantó rápido, tomándolo del cuello. Maksim hizo lo mismo con Fergus.

Ambos irlandeses no sabían qué ocurría.

—Hablemos un rato afuera —explicó con tranquilidad Mikhailo.

Los arrastraron fuera y los demás socios lo siguieron.

—Esto es para todos ustedes —esa pequeña de allí es mi hija y mi vida... Quien ose pensar en dañarla a ella o a cualquier infante perderá la suscripción vital, porque en esta casa no se usan malas palabras.




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