—¿Mikha, ya se fueron esos hombres? —Melissa bajó corriendo las escaleras; el mayordomo no la pudo detener.
Al escuchar el grito de Melissa, bajó de inmediato porque no quería que viese el reguero que hizo.
—¿Para dónde vas, pequeña? —las manos de Roman la levantaron del suelo, dejándola con los pies en el aire.
La nariz de la pequeña Melissa se había enrojecido de tal manera que parecía un tomate.
—Voy a buscar a Mikha; esos señores no me gustan —una arruga surcaba su rostro.
—A mí tampoco, pequeña, y me encanta que no te gusten —Roman la apretó a su pecho y la llevó a la cocina; detrás de él, cuatro hombres querían saber de qué se trataba.
—¿Vamos con Mikha? —preguntó la dulce voz de la niña.
—No, iremos a prepararte algo delicioso —sonrió Román, y ella asintió.
—¡Sii!... Hagamos sándwiches de chocolate con forma de osos —batió las largas pestañas, emocionada por lo que venía.
—No sé cómo se hacen esos sándwiches —murmuró Roman.
—El tío Víctor dijo que él me haría un rico postre —bajó la mirada la niña.
—Él no sabe hacer nada, no le creas —susurró para que nadie lo escuchara; sin embargo, varios ojos lo observaban—. Aquí hay... pan —sacó uno de la alacena—. Aquí hay Nutella, sirope de chocolate y chispas... esto debe servir —murmuró, regresando a donde había dejado sentada a la niña.
—Gracias, tío Román, hazme un lindo osito —la sonrisa de ella iluminaba cualquier rincón posible.
Román giró hacia sus amigos, elevando las cejas, pavoneándose de que la pequeña estaba encantada con él.
Tomó dos panes cuadrados y buscó algún utensilio para hacer una cara, pero no encontró. Debía ser fácil, se repetía en su cabeza; había desfigurado tantos rostros que crear un simple oso no sería un problema.
Un cuchillo puntiagudo comenzó a formar lo que parecía la silueta desprolija de un oso. Separó ambos panes y comenzó a untar la Nutella por el pan...
Sus gruesos dedos resbalaban en el fino envase donde se encontraba el sirope.
Esparció las chispas de chocolate y cerró; luego trató de crearle una cara al oso, pero las chispas eran muy pequeñas para sus dedos.
—Cara... —miró a Melissa—. Carambola... son unas esferas de cristal —trató de explicarle a la pequeña, aunque en realidad iba a decir una palabrota.
—¿Carambola? Aquí no hay eso, ¿para qué la quieres, tío? —el ceño de Melissa era prominente.
—No me hagas caso, ten, allí está tu oso —Roman le entregó la figura que hizo, pero esta no tenía un aspecto de oso.
La cara de la pequeña estaba contraída; trataba de encontrarle una figura.
—¿Es un oso? —su vocecita causó la risa de sus demás tíos, quienes veían con risas burlonas aquel momento.
—Sí, pequeña, es un oso, solo que tuvo una pelea en el bosque —soltó Viktor, provocando aún más carcajadas.
Aquellas risas gruesas y escandalosas ahogaban el silencio de esa cocina.
—Yo creo que es otro tipo de oso —se acercó diciendo Oleksandr—. Los hay pardos, pandas y deformes... —se apoyó contra la isla para no caerse de tanto reír.
—No importa, Melissa, puedes comértelo; aunque es horrible, es malo juzgar las cosas —intervino Dmytro. Ninguno quería quedarse sin aprovechar el momento para burlarse de Roman.
Maksim, normalmente serio, ahora tenía una mueca de burla; no podía creer que Román hubiese hecho algo tan feo.
Melissa, por su parte, miraba el pan extraño frente a ella; su carita daba ternura y, a la vez, gracia. No le encontraba una forma coherente al pequeño postre.
—Gracias, tío Román, me comeré el osito que me hiciste —sonrió, sacándole una sonrisa orgullosa al hombre que hace segundos era motivo de burla.
Sin embargo, aquel momento tan adorable se deshizo con la entrada de Mikhailo a la cocina.
—Con que aquí estaban, y yo buscándolos por todos lados... Melissa, suelta esa cosa, ¿qué haces? —se alteró, acortando la distancia y retirando de las manos de su mocosa aquello que tenía.
El rostro de Román, antes lleno de orgullo y satisfacción, ahora estaba de nuevo extraño, porque la mofa había regresado.
—Mikha, dame mi oso, me lo preparó el tío Román —Melissa se cruzó de brazos e hizo un puchero.
La cara de Mikhailo se giró hacia su amigo y elevó una de sus espesas y claras cejas.
—¿Acaso masticaste esta cosa antes de dárselo? —acusó, serio.
—Vamos, Mikhailo, tú también; el oso quedó bien —Roman se defendió.
Mikhailo elevó ambas cejas, a la vez que abría mucho los ojos.
—Bien extraño. ¿Qué es eso? No... —regresó su atención a la niña y, moderando su tono, le explicó—. Verás, cariño, a veces las mascotas nacen extrañas y hay que llevarlas a un mejor lugar... Eso haremos con esto —tomó el pan y lo llevó tras su espalda; sin que ella viera, se lo dio a Viktor, y este lo desapareció—. ¿Qué te parece si te hacemos otro, pero que esta vez el oso no tenga rabia? —miró de reojo a su amigo, y las risas burlescas no se hicieron esperar.
Se levantó, tomando dos trozos de pan, y con un vaso hizo la cara del oso; luego buscó la tapa de un jugo para hacerle las orejas.
Todos miraban al gran pakhan de Ucrania con fascinación: era capaz de acabar con clanes enteros, pero también de hacer sonreír a ese pedacito de ser frente a él.
—¿Ves? Ahora le ponemos la cara —tomó dos chispas de chocolate para los ojos y una frambuesa de la nevera para la nariz, y para la boca utilizó chispas de colores que había en los gabinetes de arriba, creando la sonrisa—. Hermoso, ¿ves? Ten —se dio la vuelta, mirando a sus amigos con una ceja levantada, de pura satisfacción por un buen trabajo.
Ninguno de ellos tenía idea de que ese hombre ahora se la pasaba mirando videos de cocina y de postres fáciles. Sabía que necesitaba ayuda femenina, pero aquella horrible experiencia no lo dejaba traer una; no quería que a esa pequeña le ocurriera lo que le sucedió a su hermano en manos de una niñera abusiva.