Mikhailo lleva a la pequeña a una escuela para que comience a ver clases. No quiere y solo la llevará una semana de prueba. Se levantó a las cinco de la mañana a preparar una pequeña lonchera, pero su rostro cambió al ver a Maksim cerrando el bolsito de la pequeña con el desayuno que le preparó.
—¿Qué haces aquí a esta hora? —el pakhan elevó una ceja y Maksim subió los hombros despreocupado.
—La pequeña va a clases en tres horas, no hay tiempo que perder —cerró todo y lo colocó de lado.
Mikhailo tomó un largo suspiro y revisó el morral para verificar que todo estuviera en su lugar; sin embargo, su rostro se contrajo al ver cinco celulares, aparte del que él había metido allí.
—¿Qué es esto? —sacó tres a la vez.
—Es para comunicarnos con ellos, pero es una exageración; deja el tuyo y el mío solamente —le respondió Maksim de la manera más casual posible.
—En vez de estar haciendo esto deberían ver el cargamento que está por llegar, nadie puede ir hoy —se enfurece, pero eso no hace cambiar de parecer a Maksim.
—Ya te dije que estaré ocupado todo el día.
—Lo mismo dijeron los demás. Mandaré a mi asistente, pero esto no puede continuar así —el pakhan se dio la vuelta y caminó hacia su despacho para adelantar lo que pudiera, para poder concentrarse en la escuela de Melissa.
Las horas se pasaron volando y él se levantó al notar la hora que era. Apresuró sus pasos y, al llegar a su habitación, Viktor estaba peinando a la pequeña, quien estaba lista para ir a la escuela.
—Los moños no están derechos, vuelve a mostrarme el video, Melissa, por favor —decía Viktor, ajustando la coleta de la niña.
—¿Por qué la castigas así? Eso está horrible, hazte a un lado —ordenó, tomando el cepillo para peinar el cabello rubio de la pequeña. Él tenía el cabello largo, sabía cómo hacer una coleta—. Ve, así no parece pollo despelucado —giró a la niña y besó su cabeza—. ¿Tú te vestiste sola? —elevó una ceja sin mostrar preocupación.
—Sí, lo hice, ¿te gusta...? —preguntó Melissa y él asintió—. Quedaste perfecta, ahora vamos que se hace tarde.
Mikhailo tomó su mano y la llevó a la camioneta. Sus amigos lo despidieron besando la mejilla de la pequeña.
—Adiós, tíos, no se peleen hoy —sonrió ella.
El auto no tardó en arrancar. En todo el camino el pakhan le recitaba cosas que hacer en un caso extremo y ella solo sonreía.
—Ya fuiste al baño en casa, espera a llegar a casa para volver a ir... No estés con extraños y no andes con la maestra a solas —él hablaba y Melissa sonreía.
—¿Tú irás a trabajar? —preguntó curiosa para que dejara de decirle qué hacer.
—Sí, pero si me necesitas llama, ¿sí? —se puso serio al decirlo.
—¿Con cuál celular? —contestó ella, sonriendo.
El auto lo dejó en la entrada y él tomó su mano para llevarla a su primer día de clases. Mikhailo era una montaña de músculos en todo su esplendor; arropaba toda la mano de su hija. Todas las madres dejaban de hacer lo que hacían y fijaban su atención en aquel espécimen tan guapo.
Sin embargo, él ni las veía; sus ojos estaban en Melissa, quien se veía tranquila para ser su primer día.
La conversación con la maestra parecía un contrato de alto riesgo. Le indicó tener mucho cuidado con la niña y protegerla de cualquier daño.
—No se preocupe, señor, su hija está en excelentes manos, puede irse tranquilo.
Mikhailo se agachó para besar a Melissa y se dio la vuelta, regresando al auto.
Mientras, en el salón de clase, la maestra presentó a la pequeña. Varios la recibieron bien, pero otro grupo no lo hizo.
Melissa leía algo y también conocía colores y números, pero luego de hacer un dibujo con seis hombres y ninguna mujer, un niño y una niña más grandes comenzaron a reírse.
—Y entonces, ¿cuál dices que es tu mami? —preguntó una niña con trenzas de colores y ganchos en su cabello.
—Aquí no está mi mamá, están mis tíos y mi papá —Melissa entrelazó los dedos y bajó la mirada.
—¿Y tu mamá dónde está, vive en la luna? ¿O no te quiere? —el niño elevó una ceja y la miró con desdén.
—Mi mami sí me quiere, pero está en el cielo con mi papá —sus ojos se le cristalizaron y un nudo se instaló en su pecho.
—Pero dijiste que el que vino era tu papá, eres una mentirosa, tu mamá no te quiere —la otra niña continuó burlándose de ella.
Las lágrimas bañaron el rostro de la pequeña y, como le dijeron sus tíos y padre, se dirigió a la maestra para decirle lo que ocurría, pero ella solo palmeó su cabecita.
—No le hagas caso, las niñas que lloran por todo se ponen feas; mejor ve a jugar —esas fueron las palabras de la mujer y regresó a hablar con otra maestra que le comentaba algo.
—Eres una chismosa y no te hicieron caso; si no te quiere tu mami, ¿crees que lo hará la maestra? —las palabras de ese niño la hicieron llorar aún más.
Fue a su mochila y buscó uno de los teléfonos y, tal cual le indicaron, marcó el botón verde y este comenzó a repicar.
—¿Qué ocurre, Melissa? —Dmytro preguntó con la voz pintada de preocupación.
—Me... me quiero ir —sollozó y la línea quedó en silencio.
Afuera, frente al colegio, se bajó de un auto negro un furioso Dmytro. Al ver esto, cinco hombres en varios lugares escondidos salieron de sus autos. No sabían que los demás estaban allí, pero no les importó.
Los hombres irrumpieron en el lugar con pasos apresurados. No tocaron la puerta, solo abrieron de un solo golpe y la puerta golpeó la pared con estruendo.
—¿Dónde está Melissa? —el tono de Dmytro era de ultratumba y todos los niños lo miraron asustados.
—¡Tíos, papá! —abrazó a Dmytro, rodeando sus manos en su cuello, aferrándose a él.
—Ya, tío llegó, ¿qué ocurrió? —el tono de él era tranquilo, pero Mikhailo la cargó y la sacó de allí de inmediato mientras los demás se hacían cargo del problema.