En un auto negro se encontraba una mujer que forcejeaba para que la soltaran; ya había mordido a Víktor y a Román, pataleaba el asiento delantero a pesar de que no podía ver nada.
—¡Suéltenme, desgraciados! —lanzaba sus manos atadas para golpear lo que pudiera.
—¿Por qué demonios no la duermen, idiota? —Maksim espetó sin dejar de ver el camino; los golpes en su espalda lo estaban enloqueciendo.
—¿Qué están diciendo? —se alteró un poco preguntando en inglés.
—Dijo que hay que dormirte —se carcajeó Román, hablando en inglés para que ella entendiera.
—No me duerman de nuevo, ¿qué piensan hacerme? —seguía luchando por su vida, con una angustia en el pecho que no la dejaba pensar bien.
—Te callas o te vuelo la cabeza —Víktor dobló sus dedos formando el cañón de un arma y la apuntó en la sien.
—Bien, bien… no gritaré más, pero por favor no me hagan daño. ¿Quién lo contrató? —seguía divagando, aunque por instantes hacía silencio en un trance de nerviosismo—. Maldito Emiliano, de seguro él los contrató.
—Falta poco, italiana, haz silencio, porque el hombre que vas a ver carece de paciencia —una carcajada abandonó a Víktor; necesitaba que esa mujer se calmara porque, si no, Mikhailo la mataría y su sobrina volvería a un colegio de ineptos.
El auto continuó su camino mientras la mujer lanzaba plegarias a la nada; no quería morir, y la falta de visión por la venda y la bolsa de tela negra en su cabeza le impedía divisar cualquier cosa.
—Llegamos… bajémosla aquí. Si grita, la desmayas; no queremos que Melissa se despierte —indicó Maksim, estacionando en la enorme mansión.
—Llegamos, preciosa —le susurró Víktor al oído, su tono era burlón y menos grave que el de los demás. Así los diferenciaba, a pesar de no verlos.
Ella hizo un intento de soltarse, pero Víktor la detuvo. —Aquí hay una sola regla para que vivas sin berrinches ni groserías —la volvió a jalar, metiéndola a la mansión y llevándola a un ala muy alejada de donde estaba su pequeña sobrina.
La mujer tropezó varias veces con sus botines de tacón mientras subía por los escalones.
La guiaron a través de un corredor por algunos minutos y después oyó una puerta chirriar al abrirse y luego dejar un sonido seco al cerrarse.
—Por favor, no me hagan nada, ya suéltenme, carajo —sollozó, y una voz la hizo saltar de pronto.
—Carajo, es una mala palabra; no decimos eso aquí, ¿de acuerdo? —el tono de Román era oscuro y sin paciencia.
Ella asintió sin saber a quién y se quedó allí, retrocediendo poco a poco hasta llegar a una cama, y se asustó.
No quería ser vendida ni ultrajada, pero era lo más común en estos casos.
La joven se sentó en el suelo por un buen rato; ella no sabía si las horas pasaban o no, pero en realidad sí transcurrían bastante rápido.
La puerta se abrió de golpe y Mikhailo entró en todo su esplendor; observó a la criatura en el suelo, abrazándose a las piernas y buscando con su rostro, a pesar de estar cubierta.
—¿Quién está allí? ¿Es usted el monstruo que me secuestró? —¿Eres tú, Emiliano? —preguntó en italiano y, al no recibir respuesta, intentó en inglés.
—Emiliano es un nombre insignificante para mí —no elevó la voz, pero hizo estremecer hasta el último poro en el cuerpo de ella.
La mujer no hizo más preguntas; sea quien fuese, era alguien muy cruel y peligroso.
—Quitaré tu venda, porque de aquí no sales más a menos que lo diga… No me gusta que griten, y no te atrevas a decir insultos —se acercó a ella lento, hablando en inglés, aumentando el miedo en la joven.
Cuando levantó la funda negra, lo primero que detalló fue el cabello castaño claro; tenía ligeros reflejos rubios. Al soltar la venda, unos ojos azules saltaron, dejándolo perplejo. Bajó a sus labios rosados naturales y quitó la mirada al sentirse extraño.
Mikhailo dio pasos hacia atrás para mantener distancia y control de la situación.
La joven se puso de pie con dificultad y lo observó, elevando la barbilla. —¿Me va a matar?
—Eso depende de ti; si haces lo que necesito, no morirás —respondió tranquilo, y ella palideció.
—No voy a ser su puta, si es lo que quiere —respiraba agitada, y él la miró elevando una ceja.
—Si te agarro, de seguro te vas a partir; me gustan las mujeres más… grandes —se burló, haciéndola enojar.
—Y a mí no me gustan los hombres que se hacen trencitas —giró la cara hacia el otro lado.
—No estás aquí para eso; eres psicóloga infantil y maestra, o eso leí —le explicó, y ella se puso más nerviosa.
—No entiendo qué quiere de mí.
—Pronto lo sabrás; por ahora, no grites y te voy a soltar.