El mafioso es mi nuevo papá.

Hablando

La joven italiana mantenía una respiración estable, no tenía idea de su destino y eso atraía imágenes a su cabeza de escenarios horribles; observaba la puerta esperando a que la manija de esta girara y le dijeran qué realmente querían de ella. No era tonta: su trabajo la había hecho escuchar infinidad de situaciones así y en ninguna acababa bien.

Un ruido de pasos acercándose a la puerta hizo que su corazón se sobresaltara y ella jadeó bajo, esperando la crueldad que se imaginaba.

—Clik, clack.

La puerta se abrió y el mismo gigante, de al menos dos metros, entraba por la puerta. Su mirada volvió a recorrer la habitación buscando una salida, algún arma para defenderse; sin embargo, su parte analítica le decía que debía mantenerse tranquila hasta llegar el momento.

—Ten, debes comer, no me sirves enferma —el vozarrón, en forma de trueno terrorífico, hizo que sus vellos se erizaran y su corazón compitiera con el galopar de un caballo en carrera.

La joven miró el plato frente a ella, observando la charola plateada que tenía su comida y un vaso de bebida al lado. Tenía hambre, pero no podía confiarse, o eso era lo que su mente le gritaba.

Mikhailo hizo una mueca de desdén, bufando de forma brusca al ver que ella no tomaba la comida que él depositó encima de una mesa cercana a la cama.

—O comes o la licuo y te obligo a beberla —murmuró ya sin la poca paciencia que se había mantenido presente.

—¿Para qué me das de comer si me vas a matar? ¿Eres caníbal o algo así? —ella elevó su mentón para ocultar el miedo espeso que le congelaba los músculos.

El pakhan pasó su mano por el rostro y miró al techo, murmurando con molestia—: si te quisiera muerta, tengo métodos divertidos; no te voy a envenenar, no me insultes así —no fue un grito, pero se sintió igual que uno.

—Bien, de acuerdo, lo haré —se acercó a la comida y comenzó a comer; su instinto de supervivencia le obligaba a comer, pero ese nudo en el pecho y ese frío en su garganta no la dejaban disfrutar de su comida.

—Ves que no era tan difícil… —él soltó un suspiro de alivio; ya no tendría que obligarla y arriesgarse a asustar a Melissa.

—Si no me va a vender ni a comer, ¿para qué? ¿Me quiere? —dijo la joven después de tomar un poco de jugo.

El aire se sentía extraño y el silencio era realmente una tortura; traía un aura.

Una risa ronca sacudió el pecho de Mikhailo, quien dio pasos hacia ella para poder mirarla bien. —No te confundas, ya te lo dije, no eres tú, y para comerte, créeme, que no lograrás saciarme el hambre —volvió a reírse.

—¡Imbécil! ¿Crees que eres muy guapo? —se cruzó de brazos refunfuñando.— Me gustan menos arrogantes y con menos esteroides —movió la cabeza de un lado a otro, igual a una cría inmadura.

Una risa se escuchó detrás de la puerta de madera, donde cinco hombres curiosos oían la conversación.

—Perfecto, ahora me quedó claro que te gustan los maricas con rostro de muñecos de pastel y a mí las mujeres de verdad —soltó con arrogancia, sin querer quedar mal delante de sus hombres.— Tengo una hija —se pone serio, eliminando todo rastro de broma del aire.— Es… la salvé y está algo afectada —no hay emociones cuando habla; trata de ocultar lo que siente.

—¿Una hija? ¿Qué quiere exactamente? —la conversación hizo que dejara de comer y le prestara atención.

—Necesito a una maestra para ella y que la estudies como psicóloga; ella llora cuando sueña con ese día…

Mikhailo se aleja a la puerta antes de decir:

—No puedes negarte porque de aquí no saldrás, y otra cosa: no puedes intentar lastimarla. Las reglas las diré luego.




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