Mientras el aire frío se colaba hacia los huesos de la italiana, ella se secaba su cabello con una toalla y se colocaba la ropa que le habían traído.
La mujer caminó hasta la ventana para observar sus posibilidades para escapar; su cabeza le gritaba que lo que ese gigante le había dicho era mentira. Su corazón palpitaba con un pum, pum disparejo; no podía llamar a nadie y tampoco le serviría de nada.
Huyó de casa para ir a trabajar por su cuenta, dejando lujos y poder atrás para no terminar casada con el hombre que ya le había puesto la mirada encima, pero este era alguien con el que no se podía jugar.
La joven decidió cortar la comunicación con su familia para no ponerlos en riesgo.
La familia le ha hecho creer que la han desterrado y que la odian; sin embargo, todo era por su bien.
En las noches se atormenta por no haberse quedado y enfrentarlo, pero su padre le pidió huir; sabía los alcances de ese ser poderoso, acostumbrado a no obtener una negativa jamás.
Desde entonces ha mantenido un perfil bajo, trabajando de psicóloga y maestra en una ciudad donde nadie sabe que es de familia adinerada; usa su segundo nombre y apellido.
A pesar de tener que vivir en soledad y sin redes sociales, ha sabido vivir en tranquilidad hasta que estos hombres la trajeron en contra de su voluntad.
La puerta se abrió y ella se giró para no solo ver al don mechas, como lo llamaba en su cabeza; con él entraron cinco hombres y entonces la garganta se le secó.
—¿Qué me van a hacer? —dio un paso más cerca de la ventana; si se le acercaban, ya tenía claro que iba a saltar sin importarle si se mataba. Prefería eso ante otro trauma, pero…
—Ya te dije que nada, deja de ser tan mente cochina —Mikhailo dio un paso hacia ella. Llevaba un traje negro y una camisa blanca sin corbata; los otros solo jeans y camisetas, a excepción de Román, que un traje gris le decoraba el cuerpo.
—¿Qué quiere que piense? Ustedes, los hombres, suelen buscar mujeres bonitas para ultrajarlas —soltó sin medir lo que decía.
Los cinco hombres detrás de Mikhailo se miraron entre sí y Mikhailo se aclaró la voz.
—Exacto, estamos los hombres; solo falta la mujer bonita —soltó el pakhan con arrogancia.
El rostro de la joven se enrojeció de inmediato; era hermosa y ella lo sabía perfectamente.
—Bueno, ya, ¿qué es lo que desea? —elevó una ceja, más segura de que no querían nada de índole sexual.
—Como dije, serás la maestra y psicóloga de mi hija —comenzó él.
—Y de nuestra sobrina —se escuchó desde atrás, a una sola voz.
Mikhailo los miró por encima del hombro y rodó los ojos.
—Tendrás paga, pero no te puedes ir de aquí, a menos que abandonemos este lugar, por si te quieres poner a hablar de más.
La joven parpadeó varias veces, sin poder creer que todo eso había sido para darle un trabajo aparentemente normal.
—¿Me estás diciendo que solo quieres que trabaje para ti…?
—Silencio y escucha —elevó su dedo para señalar—. Número uno, y la más importante: mi hija es intocable; no le gritas, regañas o golpeas, a menos que quieras morir con mucho dolor.
Él hablaba y ella hacía una mueca; en su vida haría nada de eso.
—Número dos: no se dicen malas palabras, no se bebe o se tienen armas visibles, a menos que ella las quiera decorar —continuó, y ella levanta un poco las cejas.
El entendimiento le llegó de repente; eso respondía a su duda de por qué en sus cinturas habían pistolas con mangos brillantes.
—Y por último, todo lo que quiere se le debe dar; si pide un elefante rosa con pintas rojas, me avisas —termina, y la mujer queda sin palabras, haciéndole una pequeña evaluación a él.
—Bien, pero yo también quiero decir algo —elevó su barbilla.
—No estás en posición de exigir nada, pero habla —contestó el pakhan.
—Quiero no estar aquí encerrada; si cumplen, no escaparé. Otra cosa: como psicóloga, lo que no me guste debe eliminarse.
Mikhailo eleva las cejas y los demás se ríen.
—¿Como qué cosa?
—No es bueno darle pistolas a ella si tiene un trauma, como dijo, y además tampoco darle todos sus caprichos.
—Las pistolas puede ser que lo consideres; lo otro no. Melissa tendrá lo que pida.
—¿Quién la ayuda a vestirse y bañarse, una niñera? —preguntó ella, pero él negó de inmediato.
—No, aquí la única mujer eres tú y mi hija, pero ella es una niña… No confío en niñeras, así que no te atrevas a lastimarla —la mirada se le oscureció, y era que él se volvía más peligroso si se trataba de protegerla—. Y a tu pregunta: ella lo hace sola, no muy bien, pero lo hace; por eso estás aquí.
La joven italiana asintió, maquinando su nuevo trabajo; si no la dañaban ni la ultrajaban, estaba en el lugar más seguro: aquí ese hombre no la encontraría.