La joven italiana baja las escaleras con pasos lentos; delante de ella va Mikhailo y detrás los demás chicos.
Se toma un momento para observar a su alrededor: lámparas de cristal, cuadros de pintores famosos, sofás de cuero, una pequeña mesa de cristal con ocho sillitas.
—Bienvenida a casa, aquí tendrás tu propia habitación y puedes recorrer cada lugar que desees —explica Mikhailo recorriendo el lugar—. La ropa que traes no es de tu talla, por eso necesito una lista con tus medidas. Dejaron tu teléfono, pero se te dará otro —da la vuelta quedando frente a ella.
La joven se sobresalta y Mikhailo sonríe de lado.
—Otra cosa, no intentes comunicarte con nadie.
—No lo haré —declara de inmediato; su subconsciente sabe las graves consecuencias de contactar a su familia.
El hombre de cabello largo achica sus ojos; el tiempo que tiene tratando con toda clase de personas le ha dado la capacidad de saber leer esos mínimos detalles. Y algo en la forma en que ella contestó lo alerta.
—Bien... Ahora te voy a presentar a lo verdaderamente importante en toda la propiedad y sus alrededores.
Viktor corre escaleras arriba y, después de varios minutos, se oyen risas provenientes de las otras escaleras.
—Tío, ¿qué ocurre? Estaba decorando el saco de papá —suelta, causando la risa de los demás.
Viktor la tiene en sus brazos, haciéndole cosquillas a medida que regresa a la sala.
—Bájame, tío Viktor —murmura, logrando que él la deje en medio de todos.
—Papá, el tío Viktor no... —la vocecita distintiva de la niña se apaga cuando su vista recae en la mujer a los pasos de ella. Frunce el ceño y la señala, mirando a Mikhailo—. ¿Quién es ella, papá? ¿Otra de tus hijas? —pregunta; su inocencia y más risas bajas sacuden el silencio.
—No, mocosa, ella no es mi hija —da pasos hacia Melisa—. Solo tengo una y eres tú; ella es tu nueva maestra —trata de hablar pausado para que lo entienda.
—¿Ya no me llevarás a esa escuela mala? —se entristece su rostro y deja ver un puchero.
—No, mocosa, verás clases con ella; podrás hablar y jugar si quieres —hizo un gran esfuerzo para dejar salir una sonrisa que parecía más una mueca extraña.
La italiana se aclara la garganta y acorta la distancia para poder conocer a su nueva paciente.
—Hola, bonita, soy Angelina Bonanni y seré tu maestra, ¿te gustaría eso? —pregunta con una dulce sonrisa. Se le olvida y habla italiano.
Melissa observa a su padre y luego a sus tíos; después de ver la aprobación en sus caras, asiente.
—Sí, por supuesto, me llamo Melisa, ¿tú eres buena, verdad? —contesta en el mismo idioma y sus ojitos brillan, enterneciendo a la italiana.
—Hablas italiano... —murmura sonriente la joven.
—Mi mamá era de Italia y papá no —suelta una pequeña risa, dejando a todos los demás fuera de la conversación.
—Bueno, hablen en inglés; Melissa, tú también hablas inglés, podrías hacerlo, nosotros no entendemos italiano —le explica Mikhailo y Melissa asiente.
—Vamos a jugar, ayúdame a terminar de ponerle piedras a la ropa de papá —extiende su mano y la mujer la toma—. Te mostraré dónde duermo y mis juguetes... ¿Ya comiste? Dime... ¿Cuántos años tienes?
Ambas desaparecen escaleras arriba, mientras los demás asienten al mirarse.
—Ves, te dije que le gustaría, además no se ve cruel —murmura Román.
—Sí, lo que digas —Mikhailo saca su celular y comienza a observar la cámara de la habitación; no puede confiar en ella, todavía no.