Mikhailo observa desde la entrada de la boutique, manteniendo los brazos cruzados sobre su pecho ancho. El traje negro que viste, impecable y costoso, parece gritar peligro, pero allí está él, parado al lado de estantes llenos de tul y lentejuelas. Maksin y Viktor vigilan las puertas laterales, tratando de ignorar las miradas de las clientas que huyen al ver sus expresiones de pocos amigos.
—Ese vestido es demasiado corto —gruñe Mikhailo cuando ve a Angelina sostener una prenda de seda roja.
La joven se gira despacio. No hay rastro de sumisión en su rostro. Al contrario, sus ojos brillan con una picardía que lo irrita.
—¿Me hablaste a mí, don mechas? —pregunta ella, fingiendo que busca el origen de la voz—. Pensé que eras una estatua decorativa de la tienda.
—No me llames así enfrente de los demás —sisea el pakhan, dando un paso al frente.
—Oh, perdona. ¿Prefieres «dueño de la peluquería»? —Angelina suelta una risa cristalina—. El vestido es perfecto para el clima. Además, tú dijiste que comprara de todo tipo. Esto es para una cena donde no planeo andar en fachas.
Mikhailo aprieta la mandíbula. La idea de otros hombres admirando esa seda sobre la piel de la italiana le genera un nudo de molestia en el estómago que no sabe etiquetar, ni por qué carajos le molesta. Melissa sale del probador con un conjunto de flores y empieza a girar, ajena a la guerra silenciosa.
—¡Papi, mira! Angi dice que parezco una flor de campo. ¡Tú también tienes que elegir algo! —la niña corre hacia él y le entrega una percha con una camisa de seda color fucsia brillante—. Póntela. Combina con mis zapatos.
Los demás hombres estallan en toses falsas para ocultar las carcajadas. Mikhailo mira la prenda con horror.
—Melissa, no voy a usar eso. Soy el pakhan, no un flamenco —responde él con voz profunda.
—¿Un pan? —pregunta entre risas porque le ha parecido gracioso.
—Póntela —interviene Angelina, apoyada en el mostrador con una sonrisa triunfal—. La niña tiene razón. El fucsia resalta el tono de tu piel... y quizás te quite esa cara de pocos amigos que espanta a las vendedoras.
—No te atrevas, italiana —advierte Mikhailo, pero la pequeña Melissa empieza a inflar las mejillas, preparando un berrinche de proporciones épicas.
El gran mafioso ucraniano, el hombre que hace temblar ciudades enteras, suspira derrotado. Toma la camisa fucsia con dos dedos mientras Viktor se cubre la boca con la mano para no ser ejecutado en ese mismo instante.
Minutos después, la escena en la zona de probadores es digna de una comedia. Mikhailo sale vistiendo la camisa, la cual le queda tan ajustada en los hombros que los botones parecen a punto de salir disparados hacia los ojos de alguien.
—Te ves... radiante —se burla Angelina, caminando a su alrededor—. Un poco apretado, pero definitivamente alegre.
—Cállate —responde él, aunque su mirada se desvía hacia el vestidor de ella.
Un hombre joven, uno de los dependientes de la tienda, se acerca a Angelina con excesiva amabilidad. Le ofrece una copa de champán y le toca el hombro de forma casual para guiarla hacia unos espejos mejores.
—Señorita, este corte resalta su figura de una manera exquisita. Si me permite, puedo ajustarle el lazo de la espalda —dice el empleado con una sonrisa coqueta.
Mikhailo siente un calor repentino que recorre su columna. Ignora el hecho de que lleva una camisa rosa chillón y camina hacia ellos con pasos largos que hacen vibrar el suelo. Se interpone físicamente entre el joven y la maestra, usufructuando su altura para ensombrecer al muchacho.
—Ella no necesita ayuda con el lazo. Y tú no necesitas tus dedos para vender ropa, ¿verdad? —la voz de Mikhailo es un susurro letal.
El vendedor palidece, tartamudea una disculpa y desaparece tras unas cortinas en menos de un segundo. Angelina cruza los brazos, divertida por el despliegue de machismo.
—¿No sabe ser amable, Mikhailo? Solo estaba siendo servicial.
—Estaba siendo un idiota. No permito que extraños toquen lo que me pertenece —responde él, dándose cuenta demasiado tarde de sus palabras.
—Yo no te pertenezco —replica ella al instante, dando un paso hacia su espacio personal—. Soy tu empleada, no tu trofeo. Si quiero que alguien me ayude con un lazo, lo decidiré yo.
La tensión regresa, espesa y vibrante. Los ojos de Angelina no bajan la guardia; lo desafían con una valentía que lo descoloca. Nadie le habla así. Nadie lo mira sin temor. Y, sin embargo, ella está ahí, a centímetros de su pecho, recordándole que tiene voluntad propia.
—Y yo le mandaré lazos al cementerio a quien se atreva.
El grupo sale de la tienda cargado de bolsas. Melissa va de la mano de Angelina, contándole historias sobre su peluche favorito. Román se acerca a Mikhailo, quien ya se puso su saco negro encima de la camisa fucsia para ocultar el desastre.
—Pakhan, tenemos un problema —susurra Román—. El rastreo del italiano arrojó resultados. Está en la ciudad. O recibió un soplo del paradero de Angelina o vino a pasear un rato.
Mikhailo siente que la sangre le hierve. Mira a Angelina, quien ríe ante una ocurrencia de la niña. La idea de que el mafioso italiano ponga un pie en su territorio para reclamarla le resulta intolerable; ella es la maestra de su hija y le pertenece.
—Dile a los muchachos que cierren el perímetro del restaurante donde iremos a cenar. Nadie entra ni sale sin que yo lo autorice —ordena con frialdad—. Y, si ese tipo aparece, no lo maten de inmediato. Quiero hablar con él personalmente.
Llegan al restaurante, un lugar lujoso con vistas a la ciudad. La cena transcurre bajo una vigilancia extrema. Mikhailo no deja de observar las entradas, pero su atención vuelve constantemente a Angelina. Ella come con elegancia, demostrando esa crianza refinada que Román mencionó. No es solo una maestra; hay un aura de nobleza en sus gestos que no encaja con una fugitiva común.