Melissa duerme plácida en su cama castillo; Angelina, en cambio, yace abrazada al pecho fornido de Mikhailo. En su subconsciente, ella percibe la calidez del aroma varonil que se cuela entre sus fosas nasales...
Debajo de ella, el pakhan tenía una sonrisa ladeada y sus ojos clavados en esa italiana que murmuraba cosas en italiano que él no entendía del todo.
Los dedos ásperos y gruesos del hombre acarician la cara de la joven, y ella levanta su cabeza con los ojos entreabiertos, la mirada adormilada y el rostro contraído por la confusión.
La mano del gigante va a su cintura y la aprieta de una forma dominante.
—¿Don mechas? —balbucea con el tono distorsionado.
La risa que brota de él hace temblar su pecho y ella se aleja, o al menos trata de hacerlo.
—No tan rápido... —la acerca más y ella aleja su cara—. Vas a despertar a la niña...
—¿Qué pretende y qué hago aquí? —ella frunce el ceño, ya que no puede cruzar los brazos.
—Aparte de babear mi camisa blanca favorita, no mucho... —otra risa, esta vez más ronca y con tintes seductores.
—¿Me hizo algo? —pregunta nerviosa, tratando de calmar su nerviosismo para ver si logra percibir algún cambio o dolor.
—Si lo hubiese hecho, no estarías tan tranquila, eso créelo —suelta con descaro, logrando que las mejillas de la joven se tornen de un tono carmesí.
—Déjeme salir, no quiero que Mel se despierte y crea cosas que no son.
—¿Ah, no? —eleva una de las cejas el hombre, que en este instante parece un cazador—. La otra noche no te disgustó que dijera que eras mi esposa —se ríe de medio lado, logrando que el corazón de la italiana asemeje a un ferrocarril veloz.
—Eh... Eso es otra cosa, era para alejar a ese demente —trata de acomodarse sin obtener un resultado satisfactorio para ella.
—Pues soy el pakhan de la mafia ucraniana, el hombre que maneja varios países y alguien con una reputación ganada —hace una pausa y, junto con su otra mano, la deja encima de él, con las piernas a cada lado.
—Y... yo... ¿qué culpa tengo yo? Suélteme... —grita en un susurro.
—Que no puedo quedar como mentiroso... Además, te están buscando y ya saben que estás aquí... ¿Quieres que te deje ir con él...?
El ceño de la mujer se acentúa y en sus ojos se refleja un pequeño temor... Ese hombre tiene razón en todo: es un ser poderoso y ella una hormiga a la que puede aplastar si lo desea.
—No me amenace y dígame a qué se refiere, qué trama... —sus palabras son torpes y apresuradas. Comienza a temblar ligero, pero él lo percibe y, aunque le molesta, no lo hace notar.
—Ya que quieres ser directa, pues... —no habla y la mira fijo, clavándola en su sitio y oliendo su miedo igual que un depredador frente a su víctima—. O te casas conmigo o te vas... Punto y final. Melissa necesita una madre y yo necesito que mi madre deje de joder... Todos ganamos... Porque a ti ya no te obligarán a casarte con el italianucho ese.
Ella palidece y sus labios se secan en un segundo; sus orbes se expanden y sus cejas llegan hasta el nacimiento de su frente.
—¿Qué?... O sea, el mismo infierno, pero con otro diablo —murmura con desagrado.
—Aquel idiota no llega ni a espanto... Tú decides: tic, tac... tac, tic... —la acerca y ella continúa evitando que su boca quede frente a su rostro.
—Bien, pero seré la madre de Mel; yo decido qué es bueno y qué no... También seremos esposos de papel; dormiremos igual que ahora...
—Exacto, quiero dormir en esta posición a diario —suelta de pronto, y ella pega un salto que lo sorprende y la suelta. Cae en la cama y, por suerte, la niña no se despierta.
—No, no, no... Hablé mal, dormiremos igual que hasta ahora, cada quien en su habitación...
—No... Necesito una esposa... O entonces te largas con el pito italiano —se sienta en la cama y lo que dijo era cierto: tiene la camisa húmeda...
Angelina duda y se sonroja por haberlo babeado... Irse sería condenarse a ser ultrajada y castigada, y también dejaría de ver a Melissa; quedarse es ser esposa de ese idiota.
—Dijiste que te gustaban más grandes y con silicona —ataca, tratando de disuadirlo.
La discusión que se lleva a cabo solo es un conjunto de susurros con molestia.
—No me gusta, pero un pakhan debe ser exclusivo de su esposa... Tenemos honor... —bromea el hombre, aunque se ve serio.
—Idiota... No me gustan los hombres que dejan crecer el cabello —cruza los brazos y él sonríe.
—Te he visto mirándome; además, lo tengo mejor que el tuyo... Tú decides: esposa o te vas con tu italiano...
—Imbécil...
—No digas palabrotas... Ahora dime, cariño, ¿serás mi esposa...? Con todo incluido.
—Acepto, pero dormiremos con la niña; quiere decir que no podemos hacer nada malo... —sonríe con superioridad, esa que tiene quien ha ganado.
—De acuerdo, nada malo se hará... —Mikhailo sostiene la risa y sus labios tiemblan apenas un poco—. Ahora descansa, que debes firmar nuestra acta de matrimonio... —se levanta de un salto y corre al baño antes de ser asesinado...
Angelina cae de espaldas a la cama y se tapa con la almohada, pegando un grito en silencio y pataleando sin perturbar el descanso de su niña.
—Idiota... pero si quieres que sea la señora de esta casa, empezaré a serlo y me vas a respetar.