—Puedes dejar de besarme cuando te dé la gana, no soy tu propiedad —Angelina lo empuja, pero eso es empujar a una pared de concreto.
—Eres mi futura esposa, solo falta la firma en el papel, pero ya lo eres —se aleja Mikhailo con una risa que le burbujea en el pecho.
—Pero esto es puro nombre, una madre para Meli, solo eso —Angelina cruza los brazos y su nariz se enrojece.
El pecho le sube y baja y el corazón es una locomotora a toda máquina; lo mira a los ojos, pero los labios que le acaban de robar el aire se han interpuesto en el camino, son el foco principal.
—Tú eres mi esposa, necesito que investigues lo que una esposa hace —sonríe, tirando de su mano para regresar a la sala donde Melissa no para de hacer como los delfines para que sus tíos entiendan.
—Si hago ese sonido parecerá que algo muy malo le ocurrió al delfín —comenta Román y Viktor se ríe.
—Claro, tal vez parezca que el delfín tiene problemas psicóticos —se burla Viktor.
—Pequeña, ¿por qué mejor no vamos a Disney?, te parece, te diviertes, saltas y... —interviene Dmytro, pero todo sale mal.
—Mis padres, que se durmieron, me llevaron allí, ellos... ellos me llevaron a... —la voz se le corta y Mikhailo mira mal a su amigo y levanta en brazos a la niña.
—Mocosa, no pienses en eso, vamos a buscar un vestido de novia para Angelina, ¿te parece?, y uno para ti —le acaricia la mejilla y Melissa asiente, sorbiendo su nariz.
—Bien, papi, podemos practicar, di el pequeño delfín que hacía “iiiiiiiiii”, “eeeeeeeeh” —dice Melissa en un chillido agudo que hace que varios cierren sus ojos.
En la sala lo que resalta es la carcajada de Angelina, es escandalosa y llena de efusividad.
—No olvides... no... —no olvides el movimiento de cadera —dice entre risas Angelina, quien se ríe junto a la pequeña porque los demás están demasiado preocupados por cómo será ese bendito baile.
Pero Mikhailo está dispuesto a darle mucha pelea a esa italiana tramposa. Se gira hacia ella y le susurra al oído:
—Créeme que no olvidaré el movimiento de cadera, futura esposa —amenaza, borrando la sonrisa del rostro de la mujer—. Ahora vamos, pequeña, hay un vestido que comprar.
Angelina queda pálida en su sitio y ahora son ellos los que se burlan de ella con disimulo.
—Estúp... —se acuerda de las malas palabras— mechudo —suelta el gran insulto que solo provoca que el mafioso se ría.
—Sin palabrotas, cariño —le guiña un ojo y se aleja.
Los hombres se adelantan mientras Melissa salta de alegría porque le emociona ir de compras. La italiana apenas da un paso, luego otro antes de seguirlos; quiere mandarlo muy lejos, pero sabe que no puede.
Al llegar a los autos algo cambia: el aire se vuelve extraño. Los seis hombres se quedan quietos y comparten una mirada que solo puede significar, según sus expresiones, graves problemas. La brisa vuela el cabello de la mujer; parece una película en cámara lenta. Un auto se acerca con dos más detrás, custodiándolo; los autos se mueven lento, o es así como el tiempo detenido lo hace ver.
Melissa abraza a Mikhailo y este la pone a su espalda de manera instintiva. Por la cabeza de Angelina se crean en instantes millones de teorías: espera un grupo de hombres disparando a diestra y siniestra, espera hombres trajeados, con zapatos costosos, bajando del auto principal, algún mafioso de gran autoridad para lograr que esas seis murallas traguen grueso queriendo desaparecer, porque, aunque nadie lo diga en voz alta, sus respiraciones y posturas lo dejan claro.
—Mierda —Maksim resopla, el callado, el que nada lo perturba, el que simplemente prefiere subir los hombros y apartarse.
—Problemas... genial —suelta Viktor, derrotado.
—¿Qué hacemos, Mikhailo?, ¿nos llevamos a las chicas?, ¿las subimos a la habitación? —la pregunta de Oleksandr hace que Angelina se tense, que de manera instintiva dé un paso hacia Mikhailo, que busque la seguridad de tenerlo cerca.
Nadie aborda las camionetas; Mikhailo parece recomponerse y endereza su espalda, listo para una batalla campal.
De pronto el auto se detiene y un hombre se baja: traje negro, mirada seria; rodea el auto y abre la puerta del copiloto; de esta baja alguien que no debería dar preocupación, pero lo hace.
—¿Así recibes a tu madre y a tu hermana? —resuena una voz pausada y con presencia; proviene de una mujer de más de cincuenta años; detrás, una rubia con el cabello ondulado, ojos antinaturales de un aguamarina que no se ve en la vida real.
—Madre... —es toda la respuesta del grandulón que sabe que han llegado dos dolores de cabeza más a su lista.
«Genial, no tenía suficiente con una hija y una esposa italiana que me detesta», Mikhailo.
Sus amigos quieren huir; sin embargo, allí se quedan.
—Mamá, bienvenida a casa —una sola voz resuena alta; los cinco amigos del pakhan saludan a quien los recibió como hijos propios.
—Mis otros hijos, debí imaginarme que estarían aquí —sonríe y no ha visto a las dos polizonas en esta ecuación.
Los ojos de la madre de Mikhailo van hacia la niña y de allí no se mueven; está escondida en la espalda de Mikhailo y aprieta su agarre en él.
La llegada de la matriarca transforma el aire del jardín en una escena digna de una función de teatro donde nadie conoce su guion. Oksana avanza con una elegancia que emana de sus años de manejar una familia de renombre, ignorando el despliegue de hombres armados para centrar su atención en el pequeño bulto que intenta mimetizarse con la chaqueta de Mikhailo.
El líder de la organización carraspea, sintiendo que su autoridad de hierro se evapora ante la mirada de la mujer que solía perseguirlo con una cuchara de madera cuando asustaba a alguno de sus hermanos. La hermana menor se quita las gafas de sol y deja ver una expresión de absoluta fascinación, lejos de cualquier rastro de malicia, pues la idea de ver al gran oso ucraniano sirviendo de escudo de lo que menos tolera, una niña, le resulta el evento más hilarante de la década.