—Papi, mira ese, está precioso —Melissa salta dando palmadas alegres; su mano señala a Angelina.
Los ojos de Mikhailo le dan toda la atención; ya no solo mira con la colilla del ojo, esta vez se gira por completo a mirarla.
El vestido es corte princesa, forrado de tul y con un escote sin mangas; el velo la hace mirar angelical.
Mikhailo detalla los hombros descubiertos y la transparencia en su cintura.
—No me gusta —dice certero y preciso.
—Angelina se ha probado media tienda y nada te gusta, deberías salir, tú no sabes de moda —su madre lo reprende.
—Ella se va a casar conmigo, el pakhan de toda Ucrania, y no la dejaré andar desnuda —suelta sin pensar las palabras.
Varias risas llenan el lugar; su madre niega y su hermana se burla.
—A mí tampoco me gusta —murmura Angelina.
Los ojos del pakhan se amplían y se acerca hasta donde ella está montada, un pedestal redondo en el centro de ellos.
—¿No te gusta? —sus ojos se iluminan y su tono es ronco.
—No me gusta el novio —suelta bajo y sin esperar nada la levanta en brazos sin importarle que pueda dañar el vestido.
Angelina busca con la vista a la niña para que no se asuste, pero ella está riéndose con su abuela y su tía.
Mientras Angelina es arrastrada a la habitación por un demonio enrojecido y fuera de sí.
—Bájame ahora —ordena la italiana y él lo hace.
—No te vas a poner un vestido que encante a otros, me tiene que gustar a mí.
—Esta boda es solo un mero trámite, jefe —comenta cruzando los brazos y Mikhailo se gira lentamente.
—Claro que es un trámite que solo conlleva que seas mi esposa y la madre de mi hija, una esposa, ¿entiendes? Averíguate el significado —su aliento golpea el rostro de ella y su mirada se oscurece provocando que a la joven se le ericen los vellos de la piel.
—Las esposas de ustedes son herramientas para adornar y sonreír en público y, en privado, soportar sus desahogos y golpes, eso lo sé —eleva el mentón con los ojos ya enrojecidos; eso era lo que quería su antiguo prometido o, más bien, captor.
El dedo grueso y áspero del hombre le acaricia el rostro a la joven; él no deja de clavar su vista en ella y hay destellos de suficiencia en sus orbes—. No sé qué concepto tengan los italianos para esposa, pero esto no es Italia —su mano va a la espalda de ella, baja el cierre de un tirón.
Pero Angelina no se inmuta, mantiene el mentón arriba, su postura de autodefensa.
—Aquí la esposa de un pakhan sonríe y es amable, pero con el pakhan y su familia —continúa y, a pesar de que el vestido ha caído, no aparta la vista de los ojos de ella; esas esferas preciosas llenas de embrujo que le nublan los pensamientos—. Es obediente con su esposo, es amorosa solo con él —se da la espalda y la deja allí parada.
El hombre recorre vestidos colgados en percheros; sus pasos hacen eco en la habitación blanca con luces de luz clara e intensa en el techo.
Solo se oyen el tac de sus zapatos y las respiraciones de ellos.
—Una esposa de un pakhan complace siempre a su esposo —su tono es menos demandante y más divertido; toma un vestido y lo trae de vuelta a ella.
Angelina no se ha cubierto, ella sigue allí frente a él, sin un ápice de miedo visible, pero en realidad está que sale corriendo.
—Para adorno, mis muebles, mi colección de autos; tú alguna vez serás mi madre y ella no se forjó siendo un adorno —los ojos del hombre lo traicionan y se pierden en la piel clara de su futura esposa; la ropa íntima no es nada provocadora, pero ella no necesita artilugios para serlo—. Se dobla en cuclillas y le dice que se adentre al vestido que él sostiene.
La joven tarda tres segundos antes de hacerlo; se sostiene de los anchos hombros de Mikhailo, su respiración sin un compás rítmico, es un desastre de aire que sale y entra de forma ruidosa.
Mikhailo sube las manos y, en el proceso, la acaricia, toca su piel y lo que cubre el sujetador.
—Date vuelta —susurra.
Ella se gira y aparta el cabello para que él suba el cierre, pero no es todo lo que sucede.
Labios húmedos se pegan a sus hombros y luego a su cuello.
—Mmm, se te siguen viendo los hombros, pero este me gusta más.
La lleva al enorme espejo que abarca toda una pared; Angelina se estremece al verse, realmente le encanta.
El vestido en corte princesa tiene varias capas de tela y tul bordado con flores que destellan reflejos plateados; la cinturilla posee cristales diminutos que se esparcen dando un toque delicado; el escote corazón hace que él no pueda apartar su mirada de allí; los hombros están descubiertos, pero hay una manga larga en encaje bordado que termina en las muñecas.
—Falta algo —murmura revisando la habitación con su vista y se detiene en un velo con incrustaciones de diamantes; lo toma y se lo coloca en la cabeza, no lo engancha en el pelo, solo lo deja encima para ver cómo se ve.
—Es precioso —murmura ella ante su reflejo; sus ojos quieren derramar lágrimas, pero no por miedo.
—Ya me lo han dicho antes, pero no creía —se burla él y ella entrecierra sus ojos.
—Me refiero al vestido, es hermoso; al menos tiene buen gusto —murmura con falsa molestia.
—Lo tengo, por eso me gustas tú.
Y eso es todo lo que responde antes de atraerla a su boca; él debe inclinarse hacia ella, pero esta vez no hay empujones ni nada que lo aleje; los dedos de ella se enredan en el cabello del pakhan y él solo puede sonreír en sus labios.
—Pensé que no te gustaban los mechudos —murmura jadeando.
—Y yo creí que te gustaban mujeres más grandes —se defiende, aunque no puede decir nada más.
Sus pies dejan de tocar el suelo cuando la vuelve a levantar para llevarla de regreso al pedestal donde estaba antes.
—Oh, qué bello —murmura la hermana de Mikhailo.
—Definitivamente este me encanta —esa es la matriarca.
—Mami, está precioso, pareces un hada —Melissa da pequeños saltitos y abraza a Angelina.