El nido del Principe Regente

Capitulo 1: Del salón a la nave

La puerta del salón explotó de golpe, haciendo volar miles de astillas por los aires, haciendo gritar a los niños que segundos antes reían y cantaban. Un grupo de unos 20 soldados Delta armados y uniformados entraron, parándose a los lados del salón, rodeando por completo a los niños y su maestra. Un hombre alto y pelirrojo, de facciones duras y vestido de negro entró segundos después, abriéndose paso entre el polvo, con una presencia aterradora y una mirada glacial. Inmediatamente, los niños y la maestra se arrodillaron con sumisión frente a él. Era un Alfa de Oro y precisamente el más poderoso de todos.
—¡Saludamos con respeto a Su Alteza, Príncipe Regente!— dijeron al unisono, haciendo que los soldados, por segundos, quedaran confundidos.
El hombre de negro los miró unos segundos, casi confundido. Éstos niños vestían harapos, pero se habían arrodillado de manera correcta. No tenían sillas, se sentaban en rocas o bloques de madera alrededor de una mesa que parecía remendada. Y lo más raro era que todos pertenecían a ese pueblo, un pueblo de traidores aliados con los Lambda . Con una señal, el hombre ordeno que revisaran el salón. Dos soldados sujetaron a la maestra con magia, provocándole un dolor aplastante, mientras ella les sonreía a los niños aterrados diciéndoles que no tuvieran miedo y recordaran lo que les había enseñado, con sus ojos avellana tratando de no dejarse sucumbir. El hombre miró la interacción ocultando por completo su estupor. La maestra no podía pasar de los 20 años de edad, de hecho, parecía una adolescente más atrapada con los niños. Y sin embargo, seguía calmándolos con palabras suaves y una sonrisa, sin atreverse a levantar la mirada hacia los soldados o al hombre. Finalmente, él se sentó en la silla de la maestra y por señas les dijo a los soldados que la soltaran. Sin embargo, una vez suelta, ella clavó su frente en el piso.
—Buenos días niños.— dijo el hombre haciendo un esfuerzo por no sonar tan aterrador como se veía. No lo logró.
—Buenos días Su Alteza.— respondieron ellos sin levantar demasiado la voz, haciendo una reverencia que hizo al Príncipe levantar una ceja.
—¿Quién les ha enseñado a saludar así?— preguntó el Príncipe mientras sus ojos dorados examinaban a todos.
—La maestra nos enseñó a saludar a nuestros mayores.— respondió un niño pequeño que parecía de unos 4 años.
—¿Ah sí? ¿Que más les ha enseñado su maestra?—
Una niña levantó unas hojas que tenía en su asiento.
—La maestra nos enseñó a cantar el himno del Imperio.— dijo la niña levantando las hojas.
—Ayer también aprendimos sobre las Leyes Formales.— dijo uno de los niños sacando unas hojas y dejándolas a los pies del Príncipe.
El Príncipe paseó los ojos por todo el salón, examinando cada una de las carencias, buscando en vano alguna marca de rebeldía. Luego posó sus ojos en la maestra.
—¿Y tú? ¿Tienes siquiera edad para ser maestra?— preguntó y la muchacha tragó saliva.
—Respondo a Su Alteza: la verdad es que no, sólo cuido a los niños mientras sus padres trabajan, solo les he enseñado algunas cosas como leer, Leyes y normas, poquitas matemáticas. Sus padres no tienen tiempo para enseñarles nada, por eso me tomé el atrevimiento de hacerlo.—
—¿Me estás diciendo que éstos niños, de entre 10 y 5 años no sabían leer, no se sabían las normas y tampoco las Leyes?— preguntó el Príncipe, su voz oscureciéndose de golpe.
En eso, llegaron más soldados.
—La escuela está limpia Señor, pero el resto del pueblo resulta sospechoso.— indicó un soldado tras una reverencia.
—Explícate.—
—Pues, muchos vieron llegar las naves y escaparon. Revisamos algunas casas y encontramos armas escondidas, pero nadie da razones del porqué. Empezamos la recolección.— dice el soldado sacando un rifle envuelto en una manta y un niño levanta una manito. Los soldados y el Principe lo miraron con el ceño fruncido.
—En mi casa hay un cuarto entero de esas. Mi papá dice que son para cuando lleguen los “Hombres de amarillo”, para que no puedan llevarse a nadie.— dijo el niño y los adultos abrieron los ojos como platos. Los “Hombres de amarillo” era la policía anti-disturbios. En cambio, éstos hombres con el Príncipe Regente, eran la Guardia Real Carmesí, su escuadrón personal

.
—¿Ah sí?— preguntó el Príncipe con una sonrisa amigable, invitando al niño a seguir hablando.
—¡Si! Mi papá dijo que todos en el pueblo tienen una y que los niños no debíamos tocarlas.— dijo el mismo niño y el color abandonó la cara del soldado que sostenía el rifle.
—A mi mí mamá antes de irse dijo que cuando volviera me daría una de esas y me llevaría a conocer al Maestro Godoy.— dijo otro niño, de unos 10 años más o menos haciendo que la maestra palideciera.
—¿Alguno de ustedes ha visto a ese Maestro Godoy?— preguntó el Príncipe, su voz volviéndose más suave con cada frase. Ellos negaron con la cabeza, inclusive la maestra.— Entonces ¿Cuánto tiempo tienen aquí?—
Ellos se miraron las caras, respondiendo todos una respuesta diferente mientras la maestra sonreía temblando.
—Los niños tienen 10 días aquí conmigo, Alteza. Los padres de algunos dijeron que se iban de viaje. Otros simplemente no han regresado por ellos.— dijo ella haciéndose cada vez más pequeña con cada palabra. El Príncipe asintió. Luego miró a los soldados.
—¿Hay más niños en éste pueblo aparte de ellos?— preguntó el Príncipe y por alguna razón, la maestra sintió un escalofrío en sus brazos.
—No, Su Alteza. Ellos son los únicos niños que están.— respondió ella. La mirada del Príncipe se ensombreció. Miró a los soldados y éstos lo confirmaron.
Por primera vez la maestra levantó la mirada hacia el Príncipe y él le sostuvo la mirada. Ella movió los ojos hacia el lado derecho y luego lo volvió a mirar a los ojos, para bajar la mirada segundos después. Él lo entendió. Mostró una sonrisa y se dirigió a los niños.
—Oigan peques, ¿Alguna vez se han subido a una nave?— les dijo y los niños lo miraron confundidos, negando con la cabeza.— Bueno, entonces hoy van a subirse a una. Los voy a llevar a una nueva escuela y para llegar, debemos ir en nave ¿Les parece? Vamos, recojan su cosas, salimos en un rato.—
Ellos asintieron emocionados y tras hacer otra reverencia se levantaron a recoger.
—Ya escucharon. Recojan a los niños y llevénlos a la nave.— les dijo a sus soldados, su voz más seria y oscura que segundos antes.
La maestra palideció, pero se obligó a sonreírle a los niños y decirles que recordaran recoger las cosas del dormitorio. El Principe se paró delante de ella, haciéndola bajar la mirada. Con una señal sutil de su mano, le indicó que saliera con él al pasillo.
—¿Y?— le pregunta el Príncipe apenas salieron de los ojos de los niños, con severidad y oscuridad en la voz. Ella tragó saliva.
—Tengo sólo 6 meses en éste pueblo, Alteza. En éstos 6 meses he ayudado en 12 partos.— el Príncipe frunció el ceño. Ella suspiró y continuó.— Los niños desaparecen después de algunos días tras nacer. La gente dice que los llevan a presentar al Maestro Godoy, pero nunca regresan. Traté de levantar un informe y quemaron la carta antes de que saliera. Desde entonces me prohibieron salir de la escuela sola. En éstos 6 meses los he visto hacer cosas extrañas y todo parece girar alrededor de ese tal Maestro. Algunas personas tienen marcas violetas en el cuello que cubren con bufandas o cabello cuando la policía llega.—
—¿Marcas?— ella asintió, tomó un trozo de tiza del suelo y dibujó el símbolo en la pared. El Príncipe lo miró y lo borró segundos después. Luego la tomó de la mano que sostenía la tiza con brusquedad.— ¿A quién has visto con esa marca? Dímelo ahora mismo.—
Ella palideció y las palabras se atascaron en su garganta.
—Al padre de Lucy y al de Silas. También a la esposa del panadero y al señor mayor de la casa de los pescadores. Los niños me han dicho que hay más gente con esas marcas, pero yo tengo casi dos meses encerrada, no podría saberlo.— le dijo ella, casi suplicante y él miró la mano que sujetaba. Gracias a su agarre, la mano se estaba tornando de rojo a amarillo muy pálido. Inmediatamente aflojó el agarre.
El Príncipe le sostuvo la mano a la maestra y tanteó su muñeca. Luego intentó mirar en su cuello, apartando su cabello marrón suelto, pero ella se cubrió rápidamente con la otra mano, suplicando con la mirada y con los ojos llenos de miedo que no mirara. Pero él le volvió a apretar la muñeca y le apartó la otra mano con brusquedad, sujetándole ambas manos con fuerza mientras revisaba debajo de su cabello su marca de identidad. La miró e inmediatamente levantó una ceja, aflojando su agarre y mirándola fijamente. Ella empezó a llorar sin emitir ningún sonido.
—¿Alguna otra cosa que quieras añadir?— le dijo el Príncipe casi burlándose.
—Le ruego a Su Alteza que examine a los niños y vea la inocencia en ellos.—
—Considerando que tú los cuidas y lo que acabo de ver, ahora sí no me sorprende que éstos niños estén vivos pese a todo. Camina, te vas a la capital con ellos también.— le dijo empujándola con menos brusquedad de la esperada de regreso al salón. Luego levantó una radio y empezó a hablar.— Alerta naranja, capturen a todos, que no quede nadie suelto. Repito, alerta naranja, no dejen escapar a nadie.—
Afuera, muchísimos soldados bajaron de unas naves que permanecían cerradas y empezaron a invadir el pueblo, capturando a todos los habitantes en jaulas. La maestra veía la escena desarrollarse con el corazón en la boca. Los soldados revisaban las nucas de las personas. Algunos eran desmayados y encadenados con hechizos. Otros caían muertos ahí mismo. Mientras, en contraste, los niños recogían todas sus cosas con alegría y emoción infantil, ajenos por completo al genocidio que se desarrollaba fuera de la escuela, del que habían escapado por tan poquito que le helaba la sangre a la maestra.
Los niños guardaron sus juguetes y sus pocas prendas de ropa en dos baúles ante la mirada algo compasiva de los soldados. Minutos después, los niños fueron llevados al interior de una nave, todos en fila tomando las manos de los soldados, mientras otros fotografiaban el momento. Ellos con sonrisas y esperanza en los ojos y al fondo, sus familiares y vecinos enjaulados y algunos ya muertos por intentar escapar.
El Príncipe Regente examinó a los capturados antes de subir a la nave. Seleccionó a dos mujeres y tres hombres, 3 de ellos con las marcas que la maestra decía. Esos fueron los apresados. Los demás fueron víctimas del genocidio, quedando incinerados tras morir. Y mientras los niños entraban a las naves llenos de emoción y esperanza, su pueblo era reducido a cadáveres y cenizas.




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