El nido del Principe Regente

Capitulo 3: una chaqueta con perfume

Tras revisar a los niños, Simón salió con sus hombres hacia una ciudad cercana a la misma cuyos habitantes habían sido masacrados. Lejos de las miradas inocentes podía mostrar ese lado oscuro y perturbador de sí que tanto le extasiaba. La ciudad los recibió con los disparos de varios hombres armados que, como cerdos tercos, se habían arrojado directamente al matadero.

Simón poseía dos cosas claves por las cuales ahora era el Príncipe Regente: un sentido retorcido pero moralmente correcto de Justicia; y una habilidad espeluznante para la batalla. Por eso era el encargado de acabar con los Lambda. Por eso todo el Imperio le temía. El mismo que reía con los niños y se compadecía de ellos, era el mismo que en ese preciso instante sonreía, disfrutando de asestarles balas a sus enemigos como si de blancos de flechas se trataran. Simón apuntaba y disparaba directo a las sienes, al centro de la frente o a la nuca. Y nunca fallaba.

Cuando el grupo hubo caído, los soldados y Simón bajaron de la nave. Se dividieron y, efectivamente, encontraron más pruebas de influencia Lambda en la zona. Sin embargo, a diferencia del pueblo anterior, en ésta ciudad sí había gente inocente. Y sin embargo, una gran parte de ellos fueron masacrados ahí mismo. Otros contaron con la desgracia de ser traidores y caer en las manos de un Simón que quería respuestas por las buenas o por las malas.

Era ya casi medianoche cuando Flor vió las naves regresar, bajando de ellas los soldados llevando a rastras a nuevos prisioneros que se sabía no saldrían vivos de esa casa. Ahora comenzaba a entender porque incluso Nicolás, siendo hijo de años de Simón, también tenía prohibido pisar la casa principal sin permiso.

—Yo que tú no miraría demasiado, Flor.— advirtió uno de los soldados que custodiaban la casa infantil.

—Hola Rocke, yo sólo... Pensaba en algo.— respondió ella con cuidado.

—¿Qué piensas?—

—¿Porqué los Lambda toman vidas de sus propios seguidores y no se nutren de energía natural como ustedes los Delta?—

—Porque la magia que manejan los Lambda es impura y muy inestable. Necesita de energía constante y espiritual para funcionar correctamente sin controlar a su portador.—

—¿La magia de los Lambda los puede controlar?—

—Así es. De ahí la insistencia del Príncipe Simón de encontrar a los Lambda que faltan. Se habla de 4 grandes maestros. 2 ya fueron capturados. Al paso que va, para fin de año habrá acabado con ellos y sus seguidores.— indica y Flor asiente con calma.

Rocke se acerca un poco más y le olfatea el brazo.

—Qué raro, pensé que tendrías olor de tu dueño. ¿No que le perteneces a Su Alteza?— Flor retrocedió instintivamente.

—Que sí, solo que...—

—Yo sé. Él no deja que ninguna mujer se le acerque demasiado. No lo culpo. Después de las perras que tuvo por mujeres ya no se puede esperar que confíe en cualquier fémina.— Flor lo miró sin entender.— ¿Qué? ¿No te sabes ese cuento? Bueno, ya te enterarás.—

Rocke se acercó un poco más a Flor y ella retrocedió instintivamente.

—Deberías pedirle a Su Alteza que te dé un poco de su olor. Sino, cuando entres en celo nadie en toda la mansión podrá soportarlo. Podrías pasarlo muy mal. Sobretodo porque hueles delicioso.— susurró y se acercó a su cuello.

Flor retrocedió y le asestó una bofetada que lo dejó pasmado.

—¡Reacciona idiota! ¿Quieres perder la cabeza?— exclamó Flor ofendida y Rocke inmediatamente se recompuso.

—Lo necesitaba, gracias por eso.— dijo Rocke frotándose la mejilla. Luego la miró y bajó la cabeza con vergüenza, escondiendo las manos en la espalda.— Perdóname, Flor, te juro que no fue a propósito. Perdí la compostura por unos segundos. Realmente lo siento. Te juro que no volverá a pasar.—

Cuando sacó las manos, había hecho aparecer un pasador de cristal decorado con una pequeña flor. Lo extendió hacia ella. Flor suspiró y tomó el pasador.

—Disculpa aceptada, Rocke. Ni una palabra de ésto a nadie, ¿Entendido?—

—No me atrevería. Muchas gracias Flor. Yo... te juro que no soy así...—

—Tampoco te satanices, Rocke. Ha sido un desliz. Más cuidado la próxima y listo, ¿Si?—

Rocke asintió y se alejó de ella. Flor estaba ofendida por aquello, pero sabía que no le convenía tener enemigos dentro de esa casa. Mejor tener aliados, sobretodo éste que sentía deberle algo. No sabía cuando podría necesitar su ayuda. Cuando volvió a mirar a la ventana, Simón la miraba directamente y de brazos cruzados. “Ven” ordenó moviendo los labios y señalandola. Flor tragó saliva y salió de la casa infantil hasta donde él estaba. Cuando llegó, Simón le ordenó que la siguiera, caminado a paso decidido por toda la casa, en la que a lo lejos se escuchaban ayes ahogados. Simón llevó a Flor hasta su habitación en el segundo piso de la casa principal. Y cuando Flor entró, la puerta se cerró tras ella. Simón se dejó caer sobre el mismo sofá, quitándose las botas con los pies.

—Al menos una buena noticia hoy. No eres tan sumisa como creía. Lo que me lleva a pensar, ¿Te traes algo entre manos, Flor?—

Flor sintió que la garganta se le cerraba. La simple sospecha de traición podría costarle la vida. Su mente empezó a correr a mil por segundo. Se arrodilló e hizo una reverencia.

—Respondo a Su Alteza, si quiere que le sea sincera puedo responder con total franqueza.— Simón le hizo un ademán para que continuara mientras se desprendía de la chaqueta que traía y arrojaba al suelo la chaqueta y el chaleco antibalas que usaba bajo la ropa. Luego se aflojó la camisa que traía debajo.— Lo menos que deseo son problemas, Alteza. Ya tengo suficiente con mi condición natural, agregar problemas dentro de la casa infantil no me resulta viable.—

Simón levantó una ceja y se cubrió los ojos con un brazo.

—Resultas bastante interesante. En pocas palabras simplemente quieres sobrevivir a mí, ¿Cierto?—

—No es mi intención fallar a la confianza de Su Alteza. Me ha dejado cuidar del pequeño Nicolás y de los niños y eso es suficiente para sentirme en deuda. Lo menos que deseo es tener o causarle problemas.—




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