Al contacto con la piel, Flor soltó un gemido de dolor.
—Lo sé...— susurró Simón mientras pasaba el pañuelo por sus brazos y cuello.
El pañuelo estaba humedecido en una mezcla de agua y el perfume que él usaba. Una vez ya hubo pasado el pañuelo, dejándole la piel húmeda, se acercó y la olió.
—Mucho mejor. A ver quién se atreve ahora a hacer alguna estupidez.— dijo y la guío hasta sentarse en un sillón cercano a la puerta.
Una vez sentada, empezó a pasarle un paño seco por la piel. Flor seguía enrojecida, pero ahora parecía que no podría mantenerse en pie si se levantaba. Estaba casi derretida y sin fuerzas.
—¿Que pasó Flor? ¿Querías otra cosa? ¿O nunca habías hecho ésto?— dijo Simón con burla, mirándola con picardía. Flor negó con la cabeza.
—Nunca, Amo...— dijo en un hilo de voz y Simón dejó de burlarse. La miró con algo parecido a la compasión.
Acarició su cabello unos segundos y la cubrió con una sábana.
—Duerme un poco. En un rato te vengo a ver.— ordenó con una voz suave, ayudándola a tumbarse en el sofá.
Flor se quedó dormida de inmediato, con Simón mirándola fijamente. Una vez Flor estuvo dormida, él la miró con ojos fríos preguntándose qué acababa de hacer. Pero el pensamiento rápidamente fue reemplazado con su propia lógica.
“Lo necesita para estar tranquila. ¿Quería? No. Es ilegal marcar a un Omega sin contrato... Qué más da. El poder de la nación es mío, que no hago lo que me da la gana es cosa mía. Además, no estoy haciendo nada lo suficientemente malo como para opacar el hecho de que con ésto la puedo mantener a salvo, resguardada y en calma. Yo soy el héroe aquí.” pensó mirándola con interés. La encontraba bastante linda, mucho más que cualquier mujer antes. Y eso también le resultaba extraño. Con todas las solteras de los Alfa tras de él, precisamente se interesaba por una Omega. No le encontraba el sentido a eso. Sin embargo, tampoco le daba importancia. No representaba ningún problema. Todavía.
Poco después, Simón regresó a la oficina luciendo una mirada severa. Un rato más tarde regresó a la habitación, dónde Flor seguía totalmente dormida. Su mirada fría por un momento pareció sonreír. La despertó con brusquedad, ignorando por completo que ella se había despertado ya cuando él entró a la habitación.
—Levántate y regresa a la casa infantil. Y sobre ésto que pasó... Sabrás y entenderás que es por el bien de los niños ¿Verdad?— le dijo Simón con severidad, saliendo de la habitación segundos después.
“¿De los niños o de tú necesidad de que nadie te toque a la Florecita?” pensaba Simón caminando de regreso a la oficina.
Flor asintió, pero no tuvo tiempo de agradecerle. Le obedeció y regresó a la casa infantil lo más rápido que pudo. Constanza cuidaba de los niños en el patio de la casa mientras ellos reían y jugaban con alegría. Cuando la vió llegar, Constanza palideció. Sin embargo, se obligó a no mirarla demasiado y siguió vigilando a los niños. A leguas se notaba. Ahora estaba totalmente marcada por el Príncipe Regente, algo ilegal en su Imperio si no había un acuerdo de por medio. Ya era demasiado tarde. Su marca de Omega, cubierta apenas por la gargantilla que Simón le había colocado, ahora tenía dos listones que parecían colgar de la marca. Vívida seña de que ahora tenía un Amo. Y sin ningún un contrato de por medio, no podría escapar de él.
Cuando un Omega es forzado y marcado a la fuerza sin un contrato que establezca su esclavitud o su propósito para el Amo, podría exigir ante un tribunal su libertad. Pero Flor no tenía ninguna salvación. Era el Príncipe Regente quien le había marcado, el hombre que hasta el mismo Emperador temía. El poder político, militar y mágico de Simón lo convertía en, fácilmente, el ser más poderoso de todo el Imperio. Flor no podría escapar de él. No tenía cómo. Solo le quedaba rogar que realmente no tuviera interés alguno más allá. Y sí lo tenía, tendría que elegir entre su dignidad o su supervivencia. Y sin embargo, Simón se mantuvo muy lejos de ella los días siguientes.
Pasaron algunos días en calma en los que Simón estuvo en el Palacio, volviendo muy poco a la casa por periodos escasos. Varios días en el que los Alfas de Oro, la Familia Real, tuvo que guardarse sus ostentaciones para no molestar a un Simón peligroso y volátil. En esos días, el Emperador le pidió que lo visitara en su casita de descanso. Simón obedeció con solemnidad. Fueron al jardín de esa casa, quedando totalmente a solas. El Emperador tenía una ropa sencilla y ligera.
—Simón hijo, ¿Hace cuánto que no nos sentamos a conversar un poco?— le dijo el Emperador mientras Simón preparaba un tablero y fichas para jugar ajedrez.
—Hace varios meses ya. Le pido una disculpa, Padre Emperador. He estado demasiado ocupado.— respondió Simón bajando la mirada a las fichas.
—Pierde cuidado hijo mío, la verdad más bien me resulta sorprendente que hayas aceptado venir con todo lo que andas haciendo.—
—¿Ya se enteró?—
—Los Alfas de Plata y tus hermanos dicen muchas tonterías. Hablan de tantos delitos que sé que no cometerías. A éste paso, si cometes un delito real no les voy a creer.—
—Agradezco cómo me conoce, Padre Emperador, y la tranquilidad que pierde defendiendo mi nombre se la recompensaré.—
—Ay Simón, ¿Que voy a hacer contigo? Ya hemos hablado de ésto. Yo soy quién debe recompensarte. Después de haber desistido en la pelea por el Trono para que tu hermano pudiera heredar la Corona andas defendiendo una nación y un Trono que no quieres. No me alcanzará la vida para agradecerte.—
—No diga eso, Majestad. Recuerde que amo mi nación y como Príncipe debo protegerla. Además, usted y mis hermanos lo acordaron: una vez usted se recupere yo podré descansar de éstos asuntos.—
—Simón...— empezó a decir el Emperador, cuidando cada palabra y hablando con cautela. Simón detectó eso y supo de inmediato lo siguiente que diría el Emperador.— ¿Tú realmente le vas a ceder el Trono a tu hermano?—