La luz de la mañana entraba cálida por la ventana del hospital, filtrándose entre las cortinas delgadas y proyectando sombras suaves sobre el suelo. Me sentía distinta. No del todo bien, pero sí un poco más liviana. Tenía algo de esperanza. Hoy, si todo salía bien, me darían el alta.
Mamá seguía dormida en la silla al lado de mi cama, envuelta en una manta de hospital, con el ceño levemente fruncido, incluso en el sueño. Sus ojeras se marcaban con dureza bajo los ojos. Su presencia constante durante todos estos días había sido un gran apoyo para mí.
Me incorporé despacio, con cuidado de no hacer ruido. El cuerpo todavía dolía, pero no tanto como antes. Encendí el celular que había estado apagado.
Sienna: Me darán el alta hoy, si todo sigue bien.
Erik: ¡¿En serio?! Qué alivio, Sienna. Avísame cuando estés en tu casa para visitarte.
Sonreí, un gesto pequeño pero sincero. Erik siempre estaba ahí, sin importar el caos que me envolviera.
Luego, un segundo mensaje:
Sienna: Parece que hoy me dan el alta.
Este iba dirigido a Lucian.
Mi pecho se tensó al presionar “enviar”. Las cosas con él habían sido complicadas últimamente. Lo amaba, sí, pero había una distancia entre nosotros que se había hecho más evidente. Como si habláramos desde extremos distintos de un puente que ya no sabíamos cómo cruzar. Aun así, su presencia en el hospital me había conmovido.
Lucian: ¡Eso es increíble! Avísame apenas te confirmen, ¿sí? Paso por ti y por tu mamá.
Me quedé mirando su mensaje. Había algo reconfortante en esa disposición suya. A pesar de todo, no se alejaba. Y yo... tampoco podía alejarlo del todo.
Sienna: Está bien.
Justo en ese momento, la puerta del cuarto se abrió suavemente, dejando entrar a la enfermera con su carpeta habitual.
El leve chirrido hizo que mamá despertara con un sobresalto.
—Buenos días —dijo la enfermera con voz amable—. ¿Cómo te sientes, Sienna?
—Mucho mejor —respondí.
Mamá parpadeó, intentando volver a la realidad. Luego se incorporó, alisándose el cabello con una mano, alerta de inmediato.
—Anoche notamos una pequeña irregularidad en tus signos vitales —continuó la enfermera mientras revisaba el monitor—. Nada grave, pero lo registramos por precaución. Pudo ser un mal sueño, un sobresalto. Lo importante es que no se repitió.
Una ola de tensión recorrió mi cuerpo. ¿Habrían notado lo que me pasó? La parálisis momentánea, ese instante aterrador en el que todo se detuvo. Tragué saliva, forzando una expresión tranquila.
—¿Está todo bien entonces? —preguntó mamá, aun con voz ronca, por haber estado durmiendo.
La enfermera asintió.
—Sí, lo más probable es que recibas el alta después del mediodía. Te traerán el desayuno en unos minutos. Si tienes cualquier síntoma, por menor que sea, avísanos. Ya sabes que estos episodios deben controlarse con mucha atención.
Cuando se fue, mamá me miró con una mezcla de alivio y duda.
—¿Estás segura de que no sentiste nada anoche?
Negué con la cabeza.
—Solo tuve una pesadilla —mentí, o eso intenté.
El desayuno llegó poco después: una bandeja simple con pan, un pedazo de queso fresco y una taza de café con leche humeante. El aroma me reconectó con una parte de la normalidad. Comí en silencio mientras mamá me observaba.
Entonces se acordó.
—¿A quién le escribiste esta mañana?
—A Erik —respondí, sin dudar.
Sus ojos se suavizaron al oír su nombre. Siempre le había caído bien. Sabía lo importante que era para mí.
—Y a Lucian —añadí, más baja.
—¿Y...?
—Me dijo que vendría a buscarnos, apenas le avise que ya me dan el alta.
Ella asintió con un gesto neutro. Sabía, tanto como yo, que mi relación con Lucian no estaba en su mejor momento. Lo quería, claro que sí, pero la confianza entre nosotros tambaleaba. Había palabras no dichas, gestos que pesaban más que los silencios. Aun así, no me opondría a que me acompañara.
Me incliné hacia la taza de café y tomé un sorbo largo. El calor me calmó la garganta y me obligó a respirar hondo.
—Ya falta poco —murmuró mamá, como si se lo dijera a sí misma.