El otoño de Sienna

Capítulo 11

El reloj marcaba las once cuando la enfermera volvió a entrar, esta vez con un pequeño formulario en la mano.

—Te tengo buenas noticias, Sienna —dijo con una sonrisa cálida—. La doctora ya firmó tu alta. Pueden irse después del almuerzo, si todo sigue estable.

Mi corazón dio un pequeño brinco. Lo habíamos hablado, lo esperábamos… pero escucharlo de forma oficial lo volvía real.

Mamá se puso de pie, ayudándome a recoger algunas de las cosas que estaban dispersas por la habitación: mi chaqueta, los libros que Erik había traído, mi cargador. Todo tenía ese aire de despedida, como si empacar fuera otra forma de sanar.

—¿Quieres que avise a alguien? —preguntó mi madre, sin mirarme del todo.

—Ya lo hice esta mañana —respondí mientras tomaba el celular—. Solo tengo que confirmarles.

Escribí primero a Erik:

Ya está confirmado. Me dan el alta después del almuerzo. Su respuesta llegó casi al instante:

Perfecto. Salgo en un rato, así no llegaré tarde.

Luego le escribí a Lucian:

Ya me dijeron que puedo salir después del almuerzo. ¿A qué hora crees que llegues?

Tardó unos minutos, pero su mensaje también llegó:

En una hora estoy allá. Quiero verte, Sienna.

Me quedé mirando esas últimas palabras. Quiero verte. Podía casi escuchar su voz al leerlas, como si estuviera susurrándomelas al oído con esa mezcla de ternura y ansiedad que lo rodeaba aveces.

Mientras tanto, mamá se sentó en el borde de la cama, organizando mi bolso con una calma meticulosa. Yo la observaba, con un nudo en la garganta.

—Mamá —dije, en voz baja—. ¿Estás bien?

Se quedó inmóvil por un segundo, como si no esperara la pregunta. Luego asintió con una sonrisa débil.

—Claro cielo. Solo... me cuesta creer que nos vamos.

Me acerqué para abrazarla. Estaba delgada. Más de lo que recordaba. Su piel olía a jabón de hospital y cansancio. Y aun así, se sentía como casa.

—Gracias —murmuré—. Por no irte en ningún momento.

Ella se rio suave.

—Como si pudiera.

El silencio que siguió fue cálido. Lleno de todo lo que no necesitábamos decir.

Cuando llegó el almuerzo —una sopa tibia, pan y más café con leche— el nudo en el estómago se volvió más presente. Era verdad. Me iba. Cruzaría esa puerta. ¿Y después?

A la media hora, el ruido del pasillo se volvió más intenso. Dos toques suaves sonaron en la puerta.

Erik entró primero, con su chaqueta azul arrugada bajo el brazo y una sonrisa que me alivió el alma.

—¿Lista para escapar? —bromeó, aunque sus ojos me buscaron con más preocupación de la que mostraba.

Asentí. Me puse de pie despacio, y él se acercó a ayudarme sin preguntar.

Mamá lo saludó con calidez, agradecida.

—Lucian también viene —dije, como si no fuera importante. Pero lo era.

Erik no dijo nada al principio. Solo me sostuvo la mirada unos segundos. Finalmente, murmuró:

—Claro.

Apenas unos minutos después, la puerta se volvió a abrir. Era Lucian. Alto, de negro, con el cabello revuelto y los ojos oscuros fijos en mí como si acabara de llegar de una pelea consigo mismo.

—Hola —dijo, sin quitarme los ojos de encima.

Mi corazón se tensó. Su presencia era un campo magnético. Me atraía, incluso cuando no sabía si quería acercarme.

—Ya está todo listo —dije, y no supe si hablaba del alta o de mi intento de no quebrarme.

Lucian asintió, y se acercó. Me abrazó sin pedir permiso, rodeándome con esos brazos que a veces eran refugio, y otras, jaula.

Erik desvió la mirada. Y yo, por un instante, no supe en qué parte me encontraba.

Entre ellos dos, me sentía dividida. Como si cada uno representara una elección.

—Vamos a casa —dijo mamá, con una sonrisa que sonaba a alivio… y a advertencia.

Caminé hacia la puerta. La sensación era rara, como si el hospital me dejara ir, pero no del todo. Como si algo de mí se hubiera quedado atrás, flotando entre esas sábanas blancas, todavía preguntándose si todo estaría realmente bien.




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