El Peso de ser Uno

Lao Ri

La noche cedía lentamente sobre los caminos de piedra mientras una neblina delgada permanecía tendida entre los campos húmedos. Las primeras luces apenas alcanzaban a dibujar los contornos de los álamos que bordeaban la calzada; sus ramas, todavía cargadas por el rocío de la madrugada, dejaban caer gotas pesadas sobre las zanjas cubiertas de hierba.

Había aprendido a caminar antes de que los pueblos despertaran. A esa hora los únicos compañeros eran los carreteros que transportaban harina hacia las ciudades, algún pastor que conducía el rebaño buscando los primeros pastos y los monjes que atravesaban los caminos en silencio, con los hábitos todavía oscurecidos por la humedad de la noche.

Yo era uno más entre ellos y tenia la dicha que nadie preguntara demasiado, ahora entiendo a aquellos viajeros. El sonido de mis botas contra las piedras marcaba un ritmo constante que terminaba mezclándose con el canto distante de los cuervos. A veces levantaba la vista hacia el horizonte únicamente para comprobar que las montañas continuaban allí, inmóviles, observando desde la distancia el lento desfile de quienes todavía seguíamos creyendo que el mundo podía recorrerse paso a paso. No recordaba cuándo había comenzado a contar los días, en algún momento dejé de hacerlo. El viento descendió desde las colinas llevando consigo el aroma húmedo de los bosques y cerré por un instante los ojos, cada región tenía un aroma distinto. Había lugares donde predominaba la madera recién cortada y en los campos olían constantemente a trigo; en algunos pueblos el aire conservaba el humo de las herrerías desde el amanecer hasta entrada la noche. Me gustaba descubrir esas diferencias, siempre me habían gustado, pero ahora lo siento sin proposito

El camino descendía lentamente hacia un pequeño valle donde comenzaban a levantarse las primeras casas de piedra. Desde aquella distancia podían verse columnas delgadas de humo escapando por las chimeneas mientras algunos campesinos abrían lentamente las puertas de sus establos.

Aquella idea me perseguía desde hacía semanas, las batallas ocupaban mapas y siempre los hombres importantes hablaban de ellas durante horas, pero bastaba alejarse unos cientos de kilómetros para descubrir que una mujer seguía preparando pan antes del amanecer, que un anciano continuaba reparando el techo de su granero y que un niño seguía corriendo detrás de una gallina escapada como si ningún reino hubiese decidido destruir al otro. Durante años creí que la historia era el centro del mundo y ahora comenzaba a sospechar que el mundo jamás había dejado de girar alrededor de personas que nunca aparecerían en un libro; aquello me producía una tranquilidad extraña y al mismo tiempo...una vergüenza difícil de explicar. Seguí caminando sin detenerme. Una carreta me adelantó lentamente y el conductor levantó apenas dos dedos en señal de saludo y respondí con la cabeza; el silencio también podía ser una forma de cortesía.

Cuando el sol terminó de elevarse sobre las montañas, la neblina comenzó a retirarse poco a poco de los campos; la piedra húmeda adquirió un brillo tenue bajo la luz y las sombras de los árboles empezaron a acortarse lentamente sobre el camino. Inhalé hondo...había olvidado cuántos matices podía tener una mañana cuando no estaba acompañada por el olor de la pólvora. Continué descendiendo hacia el valle mientras el murmullo del pueblo crecía lentamente entre el sonido de campanas lejanas, ruedas de madera y voces todavía adormecidas. No tenía prisa, por primera vez en muchos años...no había nadie esperándome al final del camino.

En aquel pueblo apenas habia una calle principal de piedra irregular, que creo que era el Cardo Maximus, junto a algunas viviendas levantadas con madera ennegrecida por los inviernos y un pequeño mercado que comenzaba a tomar forma conforme los comerciantes desplegaban telas sobre improvisadas mesas de roble. Las campanas de una capilla cercana marcaron la hora mientras un grupo de mujeres cruzaba la plaza cargando canastos todavía cubiertos con paños de lino. Un muchacho, quizá de trece o catorce años, accionaba con esfuerzo el enorme fuelle mientras el anciano acercaba una barra de metal al fuego sin apartar la vista del color que adquiría.

Frente a una panadería, una mujer retiró varias hogazas del horno de piedra. El vapor escapó hacia la calle llevando consigo un aroma cálido que obligó incluso a los caballos detenidos junto a una carreta a levantar la cabeza. Dos niños esperaban impacientes al lado y aquella mujer rompió una pieza de pan aún humeante, entregandoles un pedazo a cada uno y los pequeños desaparecieron corriendo antes de terminar el primer bocado. No pude evitar sonreír, aquellos dos niños acababan de resolver el problema más importante de la mañana con un trozo de pan.

Los puestos comenzaban a llenarse lentamente, tiendas de frutas secas y al lado habia libros usados; mi paso disminuyó casi sin darme cuenta, mis ojos terminaban encontrándolos antes que cualquier otra cosa, alli mismo andaba un anciano acomodando cuidadosamente varios volúmenes sobre una mesa cubierta por una manta descolorida, conservando la encuadernacion de cuero gastado; otros habían sido reparados tantas veces que distintas generaciones de hilo convivían sobre el mismo lomo. Me acerqué despacio, apenas el viejo levantó apenas la vista. Tomé uno entre las manos; las hojas desprendían ese olor inconfundible de la tinta envejecida y del papel que había sobrevivido demasiados inviernos, siempre me he preguntando cuántas manos habría recorrido un libro antes de llegar hasta la mía. El anciano terminó de ordenar los últimos ejemplares antes de hablar.

—Le gustan los viejos.

Asentí.

—Los nuevos aún no han demostrado nada.

El comerciante soltó una risa breve. Saqué otro volumen de historia de Bizancio...que recuerdos cuando logre luchar alli, lamentablemente fue la ultima campana que libre junto a Leon y del libro, bueno, estaba en Griego y no llege aprenderlo.



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En el texto hay: superacion, absurdísmo

Editado: 02.10.2026

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