La noche todavía no había terminado de retirarse cuando Lao Ri abrió la puerta de su casa y descendió hacia el puerto por un camino que había recorrido miles de veces, mientras las pocas lámparas encendidas junto al muelle oscilaban con el viento y las tablas húmedas devolvían un brillo tenue bajo la escasa luz del amanecer; los pescadores aún no habían salido de sus hogares y las embarcaciones permanecían sujetas por gruesas amarras que crujían cada vez que una ola empujaba sus cascos contra los pilotes.
Lao Ri avanzó despacio, no porque dudara del camino sino porque hacía mucho que había dejado de tener prisa, y cuando alcanzó el extremo del embarcadero apoyó una mano sobre uno de los viejos pilares ennegrecidos por la sal, sonriendo al descubrir que, aunque la madera había sido reparada varias veces, aquel punto del puerto seguía exactamente donde lo recordaba.
—La primera vez que vine creí que esto no terminaba nunca.
El mar respondió golpeando suavemente la estructura y Lao Ri dejó escapar una risa baja, porque recordaba demasiado bien al muchacho que había llegado allí con una bolsa demasiado pequeña para un viaje demasiado grande, incapaz de distinguir el viento favorable del peligro y capaz de marearse incluso cuando las olas apenas levantaban la embarcación; aun así había subido al barco porque quedarse le producía más miedo que partir, convencido entonces de que conocer el mundo consistía únicamente en alejarse de casa.
—Qué necio era.
Se sentó con cuidado sobre el viejo muelle y contempló el horizonte mientras algunas gaviotas comenzaban a sobrevolar las embarcaciones, una de ellas posándose brevemente sobre un mástil antes de levantar otra vez el vuelo; el mar tenía la misma paciencia de siempre y Lao Ri, quizá por costumbre, quizá porque nunca había necesitado una respuesta, comenzó a hablarle como tantas otras mañanas.
—¿Te acuerdas de aquella tormenta?
Cerró los ojos y las imágenes regresaron con una claridad que los años no habían conseguido borrar: un capitán gritándole que sujetara una vela, las cuerdas abriéndole la piel de las manos, la lluvia, el miedo y después la calma. Cuando volvió a abrirlos el cielo comenzaba a adquirir un tono azulado
—Cuantas veces amigo mio he visto este mar...Negocios que jamas debi aceptar—suspiro—Promeses que no llege a cumplir, o si las cumpli era demasiado tarde
Aunque ninguno de aquellos recuerdos parecía acusarlo ya; no había culpa en su rostro, solamente la melancolía tranquila de alguien que había dejado de discutir con el hombre que fue. Respiró profundamente y encontró en el aire el mismo olor salado que conocía desde su juventud, entonces observó sus manos, la piel manchada por el tiempo, los nudillos deformados y las cicatrices que recordaban cuerdas rotas, cajas demasiado pesadas, vidrio quebrado y hasta la mordida de un perro en un puerto cuyo nombre apenas conservaba, comprendiendo con una pequeña sonrisa que su cuerpo había cambiado, su voz también y hasta la ciudad detrás de él era distinta, pero el mar seguía oliendo exactamente igual.
—No estuvo mal.
Permaneció algunos minutos contemplando cómo las primeras franjas doradas comenzaban a aparecer detrás del horizonte, sin pensar demasiado en el día siguiente ni intentar corregir el anterior, hasta que introdujo una mano dentro de la vieja chaqueta y sacó una pequeña bolsa de cuero donde todavía quedaban algunas hebras de tabaco.
—Todavía queda un poco.
Preparó el cigarro con movimientos lentos, torpes únicamente porque los dedos ya no conservaban la firmeza de antes, después buscó el pequeño encendedor de pedernal y necesitó tres intentos para conseguir que la llama sobreviviera al viento; aspiró despacio, observó el humo desaparecer sobre el mar y sonrió.
—Hace años esto encendía a la primera.
El cigarro se consumió lentamente mientras las primeras embarcaciones comenzaban a desprenderse del muelle y el puerto despertaba detrás de él; Lao Ri contempló el pequeño rescoldo anaranjado hasta que estuvo a punto de extinguirse, dejó entonces el cigarro sobre la madera en lugar de arrojarlo al agua, porque jamás había ensuciado el mar al que había dedicado casi toda su vida, y después apoyó las manos detrás de la espalda para recostarse lentamente sobre el embarcadero.
—Creo que hoy me quedaré un poco más.
Observó cómo el horizonte comenzaba a incendiarse con los primeros rayos del sol mientras una bandada de aves atravesaba la bahía y el viento recorría su rostro, entonces respiró una vez más, larga y profundamente, dejando que aquella pequeña sonrisa permaneciera en sus labios hasta que el aire dejó de regresar. Las olas continuaron golpeando los pilotes, los barcos comenzaron a abandonar el puerto y el sol terminó de levantarse sobre el hombre que durante toda una vida había llamado hogar a aquel mismo mar.
La mañana siguió avanzando sin advertir lo sucedido, los comerciantes levantaron las lonas de sus puestos, las primeras columnas de humo comenzaron a salir de las cocinas y un perro cruzó el embarcadero persiguiendo el olor de algún pescado olvidado, mientras Lao Ri permanecía inmóvil con algunos mechones de cabello blanco moviéndose suavemente bajo la brisa. Un pescador pasó cargando dos redes y levantó una mano al verlo.
—Lao Ri.
No obtuvo respuesta, aunque tampoco le pareció extraño y continuó caminando porque todos sabían que el viejo podía pasar largos ratos observando el horizonte; fue una niña quien terminó descubriéndolo minutos después, cuando descendió hasta el muelle acompañada por su padre y corrió hacia él sosteniendo una cesta de bambú demasiado grande para su cuerpo.
—¡Abuelo Lao!
El hombre dejó lentamente la carga sobre el suelo y se acercó sin apresurarse, colocó una mano sobre el hombro de Lao Ri y permaneció así varios segundos después de comprender, luego bajó la cabeza y la niña guardó silencio antes de que nadie tuviera que explicarle nada. El padre vio el pequeño cigarro consumido junto al cuerpo, lo tomó entre los dedos y dejó escapar una sonrisa triste.